Ciertamente, ningún ser humano puede dudar de que Jesús nos amó; renunció a su cuerpo, espíritu y vida para ser fiel a su misión y a su Padre, Dios. Se deduce de esto que Él no nos engañaría.

Jesús fue un mensajero de Dios, un hombre y un educador divino, es así que tuvo una doble estación. Era como el Sol mismo, descendiendo a la tierra y caminando sobre dos piernas, hablando a la multitud, haciendo milagros, pero siempre siendo humilde ante su Padre “que está en los cielos”. Cristo les pidió a sus seguidores que se amaran unos a otros, incluso que sacrificaran sus vidas el uno para el otro.

A medida que la luz del cristianismo comenzó a oscurecerse, con poderosos intereses que controlaban su difusión e influencia, la corrupción comenzó a asentarse. Al mismo tiempo, Muhammad aparecía en el desierto de la península arábiga, donde enseñó la Palabra de Dios. Pidió a las tribus que cesaran de alabar a ídolos antes que a Dios, aun cuando muchos cristianos adoraban a Cristo como a un Dios hecho carne. Muhammad enseñó la sumisión a la voluntad de Dios y mucho más, también estableció leyes sociales. Su principal enseñanza era que solo había un Dios. Muhammad evitó cualquier pretensión de ser Dios mismo, Dios llegado a la Tierra o Dios en carne.

Los hechos que rodearon las disputas de sangre, las guerras y el odio posteriores en la historia de estas dos grandes religiones muestran la incapacidad humana para interpretar la voluntad de Dios. Las enseñanzas de los bahá’ís, que reverencian a todos los fundadores de las grandes religiones del mundo, incluyendo a Cristo y Muhammad, dicen que solo el educador divino puede hacer eso, está facultado para hacerlo, está imbuído del espíritu santo y es capaz de hacerlo:

…en los reinos de la tierra y del cielo debe manifestarse necesariamente un Ser, una Esencia, quien actúe como Manifestación y Vehículo para la transmisión de la gracia de la Divinidad misma, el Soberano Señor de todo… Es con este mismo objetivo que en cada edad y dispensación los profetas de Dios y sus escogidos han aparecido entre los hombres y han mostrado tal fuerza como la que nace de Dios, y tal poder como sólo el Eterno puede revelar. – Bahá’u’lláh, Pasaje de los Escritos de Bahá’u’lláh, p. 35.

Los profetas nos enseñan que Dios le da a cada ser humano la capacidad de amarlo y conocerlo. Como seres imperfectos, debemos desechar la escoria y el polvo de este mundo para encontrar ese amor. Nuestro amor se oscurece, como lo hace un espejo si es que este no se limpia. Esa limpieza significa sumergirnos en las enseñanzas del educador divino para el día y la época en que vivimos. En este día, los bahá’ís creen que ese mensajero es Bahá’u’lláh. El escribió:

¡OH HIJO DEL SER! Ámame para que Yo te ame. Si tú no Me amas, Mi amor jamás llegará a ti. Sábelo Oh siervo. – Bahá’u’lláh, Las Palabras Ocultas, p. 4.

En pocas palabras, ama a Dios y su amor te llegará.

Pero ¿qué es el amor? ¿Un cariño profundo? Es la necesidad de estar cerca de esa persona al menos. Desde que Bahá’u’lláh partió de este mundo, los bahá’ís se acercan a Bahá’u’lláh leyendo sus voluminosas escrituras y siguiendo sus enseñanzas, todo lo cual nos conduce al amor de Dios.

Sin embargo, las enseñanzas Bahá’ís nos advierten que no confundamos nuestro amor por la luz con un errado amor por la lámpara misma.

‘Abdu’l-Bahá explicó esto en una charla que se encuentra en su libro “Contestaciones a unas preguntas”:

[Estas Almas Santas] Son como el globo de cristal que recibe luz de la lámpara. Aunque la luz parezca emanar del cristal, en realidad su brillantez proviene de la lámpara. Lo mismo sucede con los Profetas de Dios, los centros de la manifestación: su movimiento y reposo dependen de la inspiración divina, no de las pasiones humanas. Si no fuera así ¿cómo podría el Profeta ser digno de confianza, y cómo podría ser Mensajero de Dios y Portador de los mandatos y prohibiciones de Dios? – p. 192.

Del mismo modo, concebimos a Dios de una manera y le atribuimos características de nuestra propia creación, cuando en realidad Él está por encima de todos los atributos, así como el Sol existe independientemente de sus rayos. En lugar de esto, debemos estudiar y emular los atributos de Dios descritos y enseñados por profetas como Buda, Cristo, Mahoma y Bahá’u’lláh si deseamos encontrar amor, recibir amor y emanar amor:

¡Unámonos todos en este divino poder del amor! Esforcémonos por crecer bajo la luz del Sol de la Verdad, y, al reflejar este amor luminoso sobre todos los seres humanos, que lleguen a unirse sus corazones de un modo tal, que les permita morar por siempre en el resplandor de este amor sin límites. – ‘Abdu’l-Bahá, Las Charlas de París, p. 37.

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

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