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La Fe bahá’í tuvo origen en Persia en 1844, cuando surgió una revolucionaria fe nacida del Islam llamada la Fe Babí.

Surgida de las tradiciones sufíes místicas, la Fe Babí, la cual fue nombrada por su fundador, conocido como el Bab, título que significa La Puerta. El Bab, un joven comerciante y místico cuyo nombre era Siyyid Ali Muhammad, promulgó una religión recién revelada que desafió el estatus quo en la Persia del siglo XIX y sirvió como el precursor y progenitor de la Fe Bahá’í.

Desde sus inicios en 1844, la religión Babí amenazó y enfureció al clero musulmán y al gobierno persa, esto debido a que proclamaba que la religión debe ser regenerada de tiempo en tiempo y que el momento de su renovación había llegado. Las estaciones deben cambiar; nuestras vidas dependen de ello. El Bab enseñó que nuestras vidas espirituales también dependen del cambio y el crecimiento. Eventualmente, el invierno termina y una nueva vida despierta y hace avanzar la tierra estancada, especialmente la religión:

“Los Profetas divinos son como la llegada de la primavera, cada Uno renovando y vivificando las Enseñanzas del Profetas que Le precedió. Del mismo modo que las estaciones de la primavera son esencialmente una en cuanto a la renovación de la vida, las lluvias vernales y la belleza, así también la esencia de la misión y realización de todos los Profetas es una sola. Ahora los religiosos han perdido de vista a la realidad esencial de la primavera espiritual. Se han aferrado tenazmente a formas o imitaciones ancestrales, y debido a esto es que hay diferencias, contienda y altercado entre ellos”. – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, p. 142.

Los Babis creían que había llegado el momento de un despertar espiritual, que las nuevas ideas religiosas progresistas debían reemplazar a los dogmas obsoletos. En una sociedad sumida en la creencia de que Muhammad era el último de todos los profetas y que el Islam era la última y más grande de todas las religiones, estas creencias eran consideradas como una blasfemia, apostasía y un crimen atroz. En Persia a mediados del siglo XIX, no existía la libertad religiosa.

Durante este período tumultuoso en Persia, decenas de miles de personas se convirtieron en seguidores del Bab. Pero la dura reacción del poderoso sistema clerical y el gobierno ocasionó la tortura, prisión y muerte de aproximadamente veinte mil babis. A pesar de esto, Bahá’u’lláh y sus compañeros proclamaron sin temor su fe y voluntariamente fueron a prisión por ello, a pesar de que no habían cometido ningún delito.

Navvab, la esposa de Bahá’u’lláh, supo del primer arresto de su esposo cuando repentinamente un sirviente se precipitó a su presencia y con gran angustia dijo: “¡Lo arrestaron! ¡Lo he visto!”, gritó el criado. “¡Él ha caminado muchas millas! ¡O ellos lo han golpeado! … ¡Sus pies están sangrando! … Hay cadenas en su cuello”.– como fue relatado por Lady Blomfield en “The Chosen Highway”, pp. 40-41.

Pronto, todos supieron del arresto de Bahá’u’lláh y la casa de la familia fue saqueada por turbas. Navvab reunió todo lo que pudo y escapó con sus hijos para esconderse. Ella sabía muy bien que en muchas ocasiones las mujeres y niños babís habían sido asesinados por turbas similares.

Durante muchos años ella y su esposo habían trabajado codo a codo para ayudar a los pobres y personas sin hogar; de hecho, Bahá’u’lláh era conocido en Persia desde hacía mucho tiempo como el “Padre de los pobres”. Ahora, de un momento a otro, ella misma y sus hijos se habían quedado sin hogar. Luego de esto, tuvo que vender algunos botones de oro de su propia ropa para comprar comida para sus hijos. En ocasiones, Navvab no tenía nada que ofrecer a sus hijos para comer más que un poco de harina seca que vertía en las palmas de sus manos. Sin embargo, a pesar de su propia terrible situación, la mayor preocupación de la familia se centraba en Bahá’u’lláh: ¿estaba vivo? ¿Estaba siendo torturado?

Después de unos días, la familia se enteró de que las autoridades habían encarcelado a Bahá’u’lláh en la infame prisión conocida como Siyah-Chal, el “Pozo Negro” de Teherán:

“Aquí fue encarcelado en una mazmorra subterránea, donde nunca llegaba la luz del día. Se Le colocó al cuello una pesada cadena por medio de la cual fue encadenado a otros cinco bábís; estos grilletes fueron asegurados con fuertes y pesados cerrojos y candados. Su ropa fue hecha jirones, lo mismo que su taj. Y en esta terrible condición permaneció durante cuatro meses”. – Abdu’l-Bahá, La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, p. 99.

El hijo mayor de Bahá’u’lláh, Abbas, más tarde conocido como Abdu’l-Bahá, que entonces tenía ocho años, no podía ser retenido. Él amaba a su padre intensamente y tenía que verlo. Entonces, persuadió a un criado que trabajaba para la familia para que lo llevara a ver a su padre. El criado llevó al niño a la prisión y lo llevó sobre sus hombros por las escaleras hacia el pozo. No podían ver nada mientras descendían en medio de aquella oscuridad. Entonces, repentinamente, escucharon la imponente voz de Bahá’u’lláh: “¡No lo traigas!”

Inmediatamente, dieron media vuelta y salieron. Entonces, Abdu’l-Bahá supo por los guardias que los prisioneros saldrían brevemente al mediodía por su comida. Esperó hasta el mediodía cuando, sucios y harapientos, los guardias sacaron a los hombres del pozo. Luego vio a su padre: inclinado sobre las cadenas, con el cuello magullado e hinchado por un pesado cuello de acero, la ropa hecha jirones, el pelo y la barba despeinados, el rostro pálido y demacrado. En algún momento durante su encarcelamiento, Bahá’u’lláh había sido envenenado y su apariencia mostraba sus dramáticos efectos. El niño se desmayó del shock y tuvo que ser llevado cargado.

Las propias palabras de Abdu’l-Bahá sobre el cruel cautiverio de Bahá’u’lláh, que más tarde se convirtió en una odisea de cuarenta años de exilio y confinamiento continuo, describen lo que comenzó a entender en ese terrible día:

“Debido a que Él sufrió encarcelamiento nosotros somos libres para proclamar la unidad de la humanidad que defendió fielmente tanto tiempo. Fue encadenado en mazmorras, sin alimentos, sus compañeros eran ladrones y criminales; fue sometido a toda clase de abusos y castigos; sin embargo, durante este proceso jamás dejó de proclamar la realidad de la Palabra de Dios y la unidad de la humanidad”. – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, p. 32.

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