Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Las enseñanzas bahá’ís nos brindan una hermosa visión centrada en la naturaleza humana, no como una inherentemente mala o pecaminosa, sino noble, amable y bondadosa.

Abdu’l-Bahá dijo: “La existencia es como un árbol y el hombre es su fruto”.- Divine Philosophy, p. 109.

Una semilla, una vez plantada, germina y brota, se nutre del suelo y del sol, y eventualmente desarrolla estructuras como raíces, tallos y brotes. Una vez que esto se logra, el brote se forma, se abre y se revelan las propiedades más bellas y complejas de la flor: su color y su fragancia. ¿Cómo es que con la interacción de la tierra, el aire y la luz aquella planta llega a crear esos rojos aterciopelados y emite ese perfume embriagador? ¿Cómo puede una pequeña semilla convertirse en un árbol que produce las frutas más deliciosas?

Este maravilloso misterio esconde la realidad sobre nuestro desarrollo humano, tanto como individuos como especie.

Como individuos, todos crecemos, nos desarrollamos y maduramos. Al igual que todas las plantas, nuestro crecimiento se desarrolla por etapas, y, como la naturaleza misma, la especie humana en su conjunto evoluciona con el pasar tiempo. Las enseñanzas bahá’ís dicen que en esta era, los seres humanos se están acercando colectivamente a la etapa de madurez. Nos hemos movido a través de las distintas etapas colectivas y ahora, a medida que avanzamos en nuestra turbulenta adolescencia, podemos ya esperar con impaciencia producir el fruto de nuestra evolución:

“El mundo de la humanidad ha transcurrido su etapa infantil; ahora se aproxima a la madurez. Del mismo modo que el organismo individual humano, tras alcanzar la madurez, logar la plenitud de su fortaleza física y cabales facultades intelectuales, como se observan en determinado año de su desarrollo, así también la humanidad, en este ciclo de su realización y consumación, logrará un progreso ascendente e inconmensurable. Y tal capacidad de realización, por la cual cada ser humano es el depositario de Dios – el Espíritu Universal – se revelará a sí misma en infinitos grados de perfección, como la lealtad intelectual aludida”. – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, p. 60.

Al emerger de milenios de evolución, compartimos muchas de nuestras cualidades físicas con los animales, cualidades esenciales para nuestro crecimiento y desarrollo. Pero la nueva oportunidad que tenemos ante nosotros es la expresión de cualidades hermosas y complejas nunca antes expresadas. Después de todo, las cualidades más bellas y complejas de una planta con flores pueden estar latentes durante la mayor parte de su existencia y luego florecer de un momento a otro. El árbol tarda mucho tiempo en crecer y desarrollarse antes de producir su fruto.

Conocer el potencial de la planta nos ayuda a estar expectantes a su desarrollo y prestar atención a la etapa de su eflorescencia. ¿Cuál es la belleza de nuestro espíritu? ¿Qué cualidades maravillosas vamos a manifestar, exclusivas de este punto en el desarrollo humano? Mirar con expectativa estas cualidades es una fuente de esperanza y motivación, una expresión de la atracción hacia la belleza con la que fuimos dotados por un Creador amoroso:

“…la realidad humana puede compararse a la semilla. Si sembramos la semilla, surge, un árbol poderoso. Las virtudes de la semilla se revelan en el árbol, éste da ramas, hojas, capullos y produce frutos. Todas estas virtudes estaban ocultas y en potencia en la semilla. Por medio de la bendición y bondad del cultivo estas virtudes se hicieron manifiestas. Análogamente Dios misericordioso, nuestro Creador, ha depositado dentro de las realidades humanas ciertas virtudes latentes y potenciales…” – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, p. 107.

La educación que la humanidad recibe guía nuestra evolución. Las enseñanzas bahá’ís explican que recibimos la guía de educadores divinos que han tenido muchos nombres diferentes, como Jesús, Mahoma y Bahá’u’lláh. Simbólicamente, ellos son como el sol para toda la vida vegetal: la educación que transmiten es la luz que hace que nos volvamos hacia ellos, ayunemos, estudiemos, recemos, sirvamos a los demás y crezcamos.

Estamos heliotrópicamente atraídos por el calor y la luz de su amor. También podemos tratar de comprender qué es lo más bello dentro de nosotros, cómo podemos ser como ellos, para que nosotros y los demás podamos florecer y expresar nuestras cualidades espirituales más íntimas. Es parte de nuestro propósito revelar esas cualidades potenciales y la excelencia dentro de nosotros, no por nuestro propio bien, sino para que la belleza que se encuentra en cada uno de nosotros pueda revelarse y manifestarse a la humanidad:

“…he perfeccionado mi corazón en cada uno de vosotros, para que la excelencia de mi obra pueda ser completamente revelada a los hombres. Por consiguiente, cada ser humano ha sido, y continuará siendo, capaz de apreciar por sí mismo la Belleza de Dios, el Glorificado”. – Bahá’u’lláh, Pasaje de los Escritos de Bahá’u’lláh, p. 75.

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