Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

El otro día, en un lugar público con muchos niños presentes, escuché a un hombre pronunciar algunas de las groserías más vulgares que he escuchado.

La calidad de la libertad y de su expresión -de hecho, la capacidad misma de mantener la libertad en una sociedad- depende indudablemente del conocimiento y la capacitación de los individuos y de su capacidad para enfrentar los desafíos de la vida con ecuanimidad. En otras palabras, para poder tener una sociedad civil, las personas de esa sociedad deben saber cómo ser civiles.

Las enseñanzas Bahá’ís dicen:

“Sé digno de la confianza de tu prójimo, y mírale con rostro resplandeciente y amistoso. Sé para el pobre un tesoro, para el rico, un amonestador; sé uno que responde al llamado del menesteroso, y guarda la santidad de tu promesa. Sé recto en tu juicio y moderado en tu palabra”. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, p. 149.

Aquel hombre de palabras sucias que oí y que todos esos niños escucharon, definitivamente no estaba siendo cuidadoso con sus palabras.

Algunas personas piensan que el uso de groserías es la máxima libertad de expresión, pero el uso de estas es una forma de expresión socialmente ofensivo. ¿Las groserías producen algún bien social?

Las groserías son un subconjunto del léxico de un idioma que generalmente se considera altamente descortés, grosero u ofensivo. Puede denigrar a alguien o algo, o mostrar una emoción intensa. Lingüísticamente, en su sentido más antiguo y más literal, las groserías se traducen como la falta de respeto por las cosas que se consideran sagradas, algo inspirador o digno de reverencia.

¿Realmente necesitamos las groserías?

Supuestamente estas palabras profanas añaden énfasis, pero cuando se usan para describir a las personas o sus acciones, las palabras son típicamente degradantes, no solo para el oyente sino también para el hablante. A menudo se usan para describir a alguien que no nos simpatiza, sin tener en cuenta sus propias limitaciones. El uso de tales palabras para describir a alguien les roba su humanidad, los convierte en objetos y los relega al estado de “cosa” en lugar de un ser humano con pensamientos y sentimientos como nosotros.

Ciertas palabras culturalmente despectivas hacen lo mismo, especialmente cuando una raza las usa para describir a otra. Aprendemos estas palabras y expresiones al crecer, escuchándolas en la conversación diaria. Es por eso que ser un modelo a seguir frente a los niños es tan importante para los padres y adultos. Si escuchamos que nuestros hijos usan tales palabras, es nuestra obligación hacerles saber lo ofensivas que son. Tampoco deberíamos aceptar ese lenguaje nosotros mismos.

Mi experiencia es que las groserías se usan tan a menudo entre algunos adultos que ha perdido su impacto y valor original. A menudo escucho conversaciones en las que se usan ciertas palabras profanas como si fuesen signos de puntuación, en medio de casi cualquier palabra. Estas palabras se usan automáticamente, sin pensar, sin consideración, sin diferencia del uso de palabras como “el” o “y” a una oración. ¿Qué está tratando de enfatizar el orador? ¿acaso no comprende que su constante flujo verbal de lenguaje grosero degrada su propio discurso?

En pocas palabras: creo que, como alguien que alguna vez maldijo durante su adolescencia y juventud, usar esas palabras es autodestructivo. Esto mostraba una actitud indiferente de mi parte, revelaba que no estaba pensando consciente o cortésmente sobre los sentimientos de los demás y degradaba mi propia posición cuando los demás me escuchaban usar esas palabras.

No necesitamos degradarnos a nosotros mismos ni a los demás. De hecho, deberíamos levantarnos unos a otros con palabras corteses.

Bahá’u’lláh sintió una fuerte inclinación por la cortesía:

¡Oh pueblo de Dios! Os exhorto a practicar la cortesía, pues por encima de todo es la primera de las virtudes. Bienaventurado quien sea iluminado con la luz de la cortesía y esté ataviado con la vestidura de la rectitud. Quienquiera esté dotado de cortesía, ha logrado, por cierto, una sublime posición. – Bahá’u’lláh, Las Tablas de Bahá’u’lláh, p. 88.

Ser cortés y no usar palabras profanas muestra nuestra consideración por cada persona y la nobleza de sus propias almas.

Persevera, por lo tanto, con diligencia y firmeza a lo largo de este camino de esfuerzo. Al hacerlo, esfuércese por percibir la nobleza en cada ser humano: rico o pobre, hombre o mujer, viejo o joven, habitante de la ciudad o aldeano, trabajador o empleador, independientemente de su origen étnico o religión. – La Casa Universal de Justicia, 28 de julio de 2008.

Pienso en los mensajeros de Dios, Abdu’l-Bahá y otros buenos ejemplos de cómo expresarse en un lenguaje considerado y cortés en todo momento. Sus palabras más fuertes, usadas para enfatizar, pueden ser las expresiones “Dios no lo permita” o “El cielo no lo permita”.

No puedo pensar en palabras más contundentes para describir cómo debemos sentirnos sobre el uso de lenguaje obsceno.

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