Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Desde el momento de nuestro nacimiento, todos participamos en el interminable proceso de aprender sobre nosotros mismos y sobre quiénes queremos ser.

Generalmente, esta búsqueda por nuestra verdadera identidad alcanza su punto máximo durante la infancia y la juventud, pero en realidad nunca se detiene. Buscamos el autoconocimiento constantemente, parece algo incorporado a nuestra humanidad básica. Como dijo Aristóteles, “conocerse a uno mismo es el comienzo de toda sabiduría”.

Ralph Ellison escribió: “Cuando descubra quién soy, seré libre”. En Alicia en el país de las maravillas, el autor Lewis Carroll preguntó “¿Quién soy yo en el mundo? Ah, ese es el gran acertijo”.

Entonces, cuando tratamos de descubrirnos a nosotros mismos, ¿a quién esperamos encontrar? Por lo general, nos encontramos al comenzar a comprender nuestro tipo particular de personalidad, nuestros intereses, nuestra ocupación, nuestra orientación sexual, nuestras relaciones, incluido el matrimonio y los hijos, nuestras opiniones políticas, nuestras actividades religiosas y espirituales, y muchas más.

Pero de alguna manera, estas son todas etiquetas, no nuestras verdaderas identidades. En los momentos cruciales de la vida, y en la hora de la muerte, todas estas etiquetas dan paso a algo más profundo.

Entonces, ¿quiénes somos realmente? Todas las religiones dicen que somos espíritu en cuerpos.

Para descubrir nuestra identidad espiritual, todos emprendemos uno de dos tipos de búsquedas: encontrar ese significado interno, ese núcleo, en nosotros mismos y en nuestras vidas, y luego, encontrar una realidad física que nos permita encajar en la sociedad.

Ese núcleo interno es nuestro espíritu humano:

Ciertamente espíritu hay en el hombre y el soplo del Omnipotente le hace que entienda. – Job 32:8

Lámpara del Señor es el espíritu del hombre que escudriña lo más profundo de su ser. – Proverbios 20:27.

Debido a la doble naturaleza espiritual y animal de los humanos, tanto buenas como muy buenas, malas o muy malas, existen posibilidades en los humanos. Dios es conocido a través de Sus atributos que son todos luz sobre luz; son virtudes como Todo Misericordioso, Omnisciente y ningún defecto. – Corán 51:56.

Las enseñanzas bahá’ís dicen esto, y mucho más, sobre el espíritu humano:

En el mundo de la existencia no hay nada tan importante como el espíritu, nada tan esencial como el espíritu del hombre. El espíritu del hombre es el más noble de los fenómenos. El espíritu del hombre es el encuentro entre Dios y el hombre. El espíritu es el aliento de la vida humana y el centro colectivo de todas las virtudes humanas. El espíritu del hombre es la causa de la iluminación de este mundo. El mundo puede ser comparado con el cuerpo; el hombre es el espíritu del cuerpo, porque la luz del mundo es el espíritu humano. El hombre es la vida del mundo y la vida del hombre es el espíritu. La felicidad del mundo depende del hombre y la felicidad del hombre depende del espíritu. El mundo puede compararse con la chimenea de la lámpara, en tanto que el hombre es la luz. El hombre mismo puede compararse con la lámpara; su espíritu es la luz dentro de la lámpara. – ‘Abdu’l-Bahá, La Promulgación de la Paz Universal, p. 251.

Los escritos bahá’ís también describen el espíritu humano como “el alma racional”. Abdu’l-Bahá dijo esto al describir las estaciones de los profetas y mensajeros divinos:

La segunda es la estación del alma racional, esto es, la realidad humana. También ésta es una condición fenoménica que las Santas Manifestaciones comparten con todo el género humano. – ‘Abdu’l-Bahá, Contestaciones a unas preguntas, p. 172.

Cada uno de nosotros trata de descubrir su alma, esa parte única de nosotros que define quiénes somos, ese “espíritu dentro de nosotros” que nos hace diferentes a todos los demás en el planeta, a pesar de la innumerables cosas en común.

Todos tenemos un alma y el espíritu humano en común.

Esa es una razón por la cual los bahá’ís intentan mantenerse alejados de las controversias sobre la identidad. La identidad de cada persona es la suma de muchas decisiones individuales y muy personales. Nuestras identidades tienen profundas implicaciones sociales, y las leyes y políticas pueden ya sea unificarnos o dividirnos. No es fácil encontrar la propia identidad como ser humano, por lo que todos debemos ir más allá de la simple tolerancia: la mera tolerancia de la diversidad fue relegada a la polvareda de la historia hace años. Ahora a lo que se llama es a la aceptación, la cooperación y la unidad.

Los bahá’ís ven a cada ser humano como un alma única y preciosa. Esa visión significa que debemos extender una mano, buscar entender y brindar ayuda, y ofrecer nuestro servicio desinteresado a la humanidad, sin importar el color, el género o el punto de vista:

En la medida en que todos fuimos creados a la imagen de Dios, debemos comprender que todos encarnamos posibilidades divinas. Si vas a un jardín y encuentras todas las flores iguales en forma, especie y color, el efecto es fatigoso para el ojo. El jardín es más hermoso cuando las flores son multicolores y diferentes; la variedad brinda encanto y adorno. En una bandada de aves, algunas son blancas, otras negras, rojas, azules; sin embargo, no hacen distinción entre ellas. Todas son aves sin importar el color.

Esta variedad de formas y coloración que se hace manifiesta en todos los reinos está de acuerdo con la sabiduría creativa y tiene un propósito divino. No obstante, que las criaturas sean todas iguales o todas diferentes no debería ser causa de lucha y altercados entre ellas… Entonces, el mundo se convertirá en un gran jardín de humanidad floreciente, jaspeada y multicolor, rivalizando mutuamente sólo en virtudes y gracias espirituales. – ‘Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, p. 129.

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