Considere esto: ¿alguna vez a amado lo suficiente a alguien para dar su vida por él o ella?

La mayoría de nosotros suele responder que sí, y probablemente incluimos a nuestra familia inmediata en esa respuesta. Yo sé, yo estaría listo a dar mi vida por mi esposa y mis hijos.

Pero ¿qué pasaría sí – preguntó ‘Abdu’l-Bahá a toda la congregación en la Iglesia Unitaria de Brooklyn, en la mañana de un domingo en junio de 1912 – se sienten tan unidos con toda la humanidad que daría su vida por uno de ellos? ¿No seguiría esto el ejemplo de Cristo, y el resto de los Profetas de Dios?

Otra unidad es la espiritual, que emana de los hálitos del Espíritu Santo. Ésta es superior a la unidad de la humanidad. La unidad humana o solidaridad puede compararse con el cuerpo, mientras que la unidad proveniente de los hálitos del Espíritu Santo es el espíritu que anima al cuerpo. Esta es una unidad perfecta. Crea una condición tal en la humanidad que cada uno hará sacrificios por el otro y el mayor anhelo será ofrecer la vida y todo lo que a ella pertenece por el bien de otros. Esa es la unidad que existía entre los discípulos de Jesucristo y que unió a los Profetas y santos del pasado. Es la unidad que a través de la influencia del Espíritu Divino penetra en los bahá’ís de modo que cada uno ofrece su vida por la del otro y se esfuerza con toda sinceridad para lograr su beneplácito. Esta es la unidad que hizo que veinte mil personas en Persia dieran sus vidas por amor y devoción a ella. Que hizo del Báb la víctima de mil dardos y que Bahá’u’lláh sufriera exilio y encarcelamiento durante cuarenta años. Esta unidad es el verdadero espíritu del cuerpo del mundo. Sin su vivificación es imposible dar vida a ese cuerpo. Jesucristo – ¡que mi vida sea sacrificada por Él! – promulgó esta unidad entre la humanidad. Toda alma que creía en Jesucristo era revivificada y resucitada mediante este Espíritu, lograba el cenit de la gloria eterna, experimentaba un segundo nacimiento y se elevaba hasta el pináculo de la buena fortuna. – ‘Abdu’l-Bahá, La promulgación de la paz universal, página 199

En el curso normal de nuestra vida diaria, usualmente llamamos héroes a las personas cuando dan sus vidas por otros. Pero ¿quién ha sido el más heroico de los seres humanos? Ciertamente, han sido los Profetas de Dios – las Manifestaciones y Mensajeros quienes sacrificaron todo para traer enseñanzas de paz, amor y unidad a todos nosotros. Desde una perspectiva bahá’í, cada uno de estos heroicos Mensajeros representa una misma realidad – el amanecer del Sol de la verdad en épocas sucesivas:

En la Palabra de Dios aún existe otra unidad – la unidad de las Manifestaciones de Dios: Abraham, Moisés, Jesucristo, Muhammad, el Báb y Bahá’u’lláh. Esta es una Unidad divina, celestial, radiante, misericordiosa – la Realidad única apareciendo en Sus sucesivas Manifestaciones. Por ejemplo, el sol es uno y el mismo, pero sus puntos de alborada son varios. Durante el verano asoma por el punto septentrional de la eclíptica; en el invierno aparece por el punto austral de alborada. Cada mes, aparece en cierta posición zodiacal. Aunque estos puntos de alborada son diferentes, el sol aparecido en todos ellos es el mismo. El significado es la Realidad de la posición profética la cual está simbolizada por el sol, y las santas Manifestaciones son los puntos de alborada o puntos zodiacales. – Ibid.

Así como explicaba ‘Abdu’l-Bahá este concepto bahá’í a los unitarios, Él describió una escalera de unidad, elevándose a través de varias unidades humanas, atravesando la unidad de las Manifestaciones de Dios, hacia la unidad divina:

También existe la Unidad o Entidad divina, santificada por encima de todo concepto humano. Ella no puede ser comprendida ni concebida porque es una Realidad infinita que no puede hacerse finita. Las mentes humanas son incapaces de abarcar esa Realidad porque todos sus pensamientos y conceptos son finitos, son creaciones intelectuales y no la Realidad del Divino Ser que sólo puede ser conocido por Sí Mismo. Por ejemplo, si nos imaginamos a la Divinidad como a un Ser viviente, Todopoderoso, que subsiste por Sí Mismo y es Eterno, ello es sólo un concepto percibido por una realidad intelectual humana. No sería la Realidad eterna, invisible, la cual está más allá del poder de la mente humana para concebirla o abarcarla. Nosotros mismos tenemos un concepto de una Entidad eterna, invisible, pero incluso nuestro concepto de Ella es el producto de nuestro propio cerebro y limitada comprensión. La Realidad de la Divinidad está santificada por encima de este grado de conocimiento y comprensión. Siempre ha estado oculta y recluida en Su propia Santidad, más allá de nuestra comprensión. Aunque trasciende nuestro entendimiento, Sus luces, dones, señales y virtudes se han manifestado en las Realidades de los Profetas, así como el sol se vuelve resplandeciente en varios espejos. Estas santas Realidades son como Espejos, y la Realidad de la Divinidad es como el Sol, que, aunque Se releja en Ellos y Sus virtudes y perfecciones se vuelven allí resplandecientes, no desciende de Su posición de majestad y gloria para habitar en los Espejos; permanece en el Cielo de Santidad. A lo sumo, Sus luces Se hacen manifiestas y evidentes en Sus espejos o manifestaciones. Por tanto, la Munificencia proveniente de Ello es Una, pero Aquellos que reciben esa Munificencia son muchos. Ésta es la Unidad de Dios, ésta es la Unidad – la Unidad de la Divinidad, santificada por encima del ascenso o descenso, la personificación, comprensión o idealización: la Unidad Divina. Los Profetas son Sus espejos; el Sol aparecido en Ellos es El Mismo. En Ellos Sus virtudes Se vuelven resplandecientes, pero el Sol de la Realidad nunca desciende de Su altísimo punto y posición. Esto es Unidad, Unicidad, Santidad; ésta es la glorificación mediante la cual alabamos y adoramos a Dios. – Ibid.

La verdadera unidad, entonces, engloba todo lo que podemos ver y todo lo que no. Incluye a todos los Mensajeros y todos Sus mensajes. Habla a través de estos Mensajeros en una mística voz sempiterna. Abarca la realidad de la humanidad y la realidad de la Unidad Invisible que llamamos Dios.

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

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