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“…Y cuando Él deseó manifestar gracia y beneficencia a los hombres y poner orden en el mundo, reveló prácticas y creó leyes. Entre ellas estableció la ley del matrimonio, haciendo de ella una fortaleza para el bienestar…”- Bahá’u’lláh, Oraciones Bahá’ís.

La ley del matrimonio siempre existió y la humanidad fue guiada y aconsejada a cumplirla dentro de la sociedad. Las escrituras sagradas de la Fe Bahá’í dicen:

 “Deben saber que el mandamiento del matrimonio es eterno, nunca será cambiado ni alterado. Es una creación divina y no hay la más ligera posibilidad de cambios y variaciones que afecten esta creación”.-‘Abdu’l-Bahá, Tablas de Abdu’l-Bahá, vol. II, p. 474.

Así como hay leyes físicas que nuestro cuerpo está obligado a obedecer de manera natural, como respirar, comer, dormir, el matrimonio es una ley espiritual. Las leyes físicas las cumplimos y punto. La ley del matrimonio es recomendable, más no obligatoria. La hermosa cita anterior nos dice que esa ley fue hecha para crear orden en el mundo. Uno podría pensar que siempre existió ese orden. Pero no, hubo épocas en que la gente no distinguía la diferencia entre quién era su esposa, hija, madre, hermana. Nuestro Creador dio esta ley del matrimonio para establecer una vida social organizada y disciplinada para la humanidad, que nos distinguiera de los reinos inferiores para establecer una sociedad cada vez más civilizada y con mayor conciencia.

Se dice que el matrimonio es una fortaleza para el bienestar del mundo. Una fortaleza nos trae la imagen de una construcción firme e impenetrable, sin rajaduras. Cuando hablamos de fortaleza espiritual, nos referimos a lo mismo. Las rocas de esta fortaleza son las virtudes. Cualidades espirituales que si están más desarrolladas le dan mayor fortaleza a la unión matrimonial. En un hogar bien establecido con bases firmes, los esposos y los hijos se sienten felices, en paz, seguros y protegidos. La ausencia de estas virtudes afecta directamente al éxito o al fracaso del matrimonio.

Cuando hablamos de leyes espirituales queremos decir que son eternas y no cambian. Pero las leyes sociales evolucionan con el avance de la civilización. Antiguamente, en el matrimonio las reglas eran diferentes, no se reconocía las capacidades intelectuales de la mujer. El rol de la pareja estaba marcado y establecido por costumbres y leyes ancestrales. La mujer era considerada débil, sumisa, inmadura, dócil, emocional, pasiva y tímida. El hombre, fuerte, inteligente, agresivo, racional, activo y valiente. En esos tiempos, como el mundo se dominaba por la fuerza física, el hombre era considerado superior y casi un héroe. Actualmente la antropología, así como la psicología, demuestran que los roles fueron determinados por la sociedad y no por las diferencias de sexo. Las diferencias anatómicas entre el hombre y la mujer son insignificantes en comparación con lo que los dos sexos tienen en común: el aspecto espiritual, emocional, cognitivo y creativo. Lo poco que conocemos hoy sobre el matrimonio lo aprendimos de nuestros padres, abuelos, amigos, el cine, los libros y también de nuestra imaginación. En la televisión, por ejemplo, las mujeres tienen el papel de sumisas, dominadas por el hombre, objetos de placer, admiradas por el aspecto físico (la belleza), rara vez vemos mujeres con grandes aspiraciones, con planes o proyectos, sino que son presentadas casi siempre bajo la sombra de un hombre.

El matrimonio es una ley divina y una institución sagrada que moralmente estamos exhortados a cumplir, “en circunstancias normales está claro que toda persona deberá considerar el contraer matrimonio como un deber moral”. Es la voluntad de Dios, con ese propósito creó al hombre y la mujer de diferente sexo. De no ser así, no habría necesidad del hombre y la mujer, los niños nacerían como frutos de un árbol o saldrían debajo del agua. O de cualquier otra forma que el Creador podría haber dispuesto. Él nos creó con este propósito eterno. No podemos cambiar nuestra naturaleza y el orden que existe en la creación. Cada ser humano es libre de dar ese paso, de decidir formar una familia o vivir en celibato. Ser responsable en llevar adelante esa “institución divina” con la dignidad y honor que debe prevalecer en toda relación. En relación a la pareja:

“Un matrimonio, debe ser la unión de mente y cuerpo, el compromiso es hacer feliz a la otra persona y vivir en camaradería. Ser una sola alma, unida e inseparable, conscientes de ese compromiso eterno, vivir en amistad, armonía, buscando siempre el bienestar del otro”- Selección de los escritos de Abdu’l-Bahá, p. 88.

Ese bienestar del corazón y la mente atrae las bendiciones, el favor divino y es lo que agrada al padre celestial. Es lo que deseamos para nuestros hijos. Verlos amorosos, unidos, felices y que se atiendan el uno al otro. Dios quiere que tengamos relaciones armoniosas, de amor, consideración y que vivamos en paz. Es a causa del ego y, por no cumplir con nuestras responsabilidades, que amargamos nuestra vida y la de otros. El matrimonio es para sentirse realizados y formar una familia donde se pueda encontrar un nido de amor. Es una fortaleza para el bienestar de la pareja, para desarrollar sus capacidades intelectuales y una oportunidad de crecimiento y progreso espiritual. Ese tipo de familia iluminará el mundo, irradiará luz y armonía, y se constituirá en una célula de la sociedad.

‘Abdu’l -Bahá dice que el matrimonio, “es una atracción mutua de la mente y el corazón”. Y luego dice: “es un lazo que durará, eternamente”. Uno puede participar de este lazo eterno, tal como lo recomendó el maestro, “podemos llegar a ser compañeros y consortes enamorados”. También dice: “al unísono los dos por toda la eternidad”. Todas las escrituras sagradas nos animan a casarnos y formar una familia que adore y alabe a Dios. Mucha gente se confunde y toma el matrimonio solo como un lazo físico, lo físico es temporal. El ser humano está compuesto de elementos materiales y, como todo lo material, está destinado a descomponerse. Lo eterno del ser humano es el lazo espiritual que se establece cuando el amor, veracidad, honestidad, respeto, bondad, justicia, igualdad, unión se desarrollan y fortalece a la pareja. No es un lazo condenado en este mundo a una separación física, sino un lazo eterno entre dos personas en los mundos venideros, porque es unión de los espíritus.

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