"Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í."

Crecí en los Estados Unidos, pero ahora vivo en Sudáfrica, lo cual ha sido una bendición en muchos sentidos.

La belleza del pueblo sudafricano, su resiliencia y corazones abiertos, a pesar de las constantes dificultades que afligen a la mayoría, me ha enseñado mucho acerca de la paciencia, el sufrimiento y la fortaleza. A pesar de las grandes bendiciones de vivir en esta nación, tan llena de potencial, ser testigo de los extremos de riqueza y pobreza me aflige diariamente.

Tengo la bendición de vivir en un vecindario con una hermosa propiedad verde, limpia y bien servida. Sin embargo, cinco minutos más allá, junto a la carretera, se encuentra un asentamiento informal, construido de hierro corrugado, parchado con plásticos, pedazos de madera y cualquier otra cosa que aquellas personas desesperadas por una vivienda podrían utilizar. Nadie se ocupa de recoger los desechos que se acumulan, el aroma vuela por las brisas hasta que finalmente la lluvia se los lleva por los canales; la misma lluvia que amenaza la integridad de aquellas descuidadas viviendas que generalmente se llenan de barro, goteras o colapsan completamente luego de una gran tormenta.

Mientras estoy sentada sana y salva tras las paredes de mi casa bien construida, sufro para poder acurrucarme con un buen libro y una taza de té. Mi mente generalmente divaga hacia aquellas personas que seguramente están tratando frenéticamente de asegurar su techo, reforzar sus paredes y temen por su seguridad y de la habilidad de poder mantener a sus hijos sanos y salvos.

Las enseñanzas Bahá’ís llaman a aquellos que tienen la bendición de tener comodidad material:

“¡Oh ricos de la Tierra! Los pobres son mi depósito en medio de vosotros, cuidad mi depósito, y no estéis empeñados solamente en vuestro propio bienestar”. Bahá’u’lláh, Las Palabras Ocultas, p. 128.

Sí, algunos de los que cuentan comodidad material no se consideran ricos. Pero, si no tienes que preocuparte por cómo alimentar a tus hijos o cómo los mantendrás seguros; y si es que estás planificando reunirte en algún Café con algún amigo; o si hace poco remodelaste tu casa, eres rico comparado a la mayoría de las personas alrededor tuyo quienes no tienen tiempo ni recursos para esos lujos en sus vidas en su lucha diaria por la sobrevivencia.

Entonces la pregunta es ¿qué es lo que nosotros “los ricos” podemos hacer?

En Sudáfrica la tasa de desempleo es de 40% y alrededor del 50% de las personas con empleo siguen viviendo bajo la línea de pobreza, entonces es claro que los empleadores y las personas en posiciones de poder deben comenzar a realizar cambios. Si es que tú le das empleo a alguien, pregúntate: ¿el salario de que le doy a mi empleado está perpetuando su pobreza?

Recientemente, he comenzado a ayudar a mucamas a encontrar empleos. He estado evaluando a posibles empleadores. Me he avergonzado de encontrar a personas esperando pagar tan poco como R 1800 (cerca de $153 dólares americanos) al mes por un trabajo de tiempo completo. Estas mismas personas que reciben salarios de alrededor de R 15-70, 000 (aproximadamente $6000) al mes.

Así que alguien debe de decirlo: si es que estás ofreciendo salario de esclavo, ¡estás perpetuando la pobreza epidémica y estás comprometiendo su integridad espiritual!

Es muy simple, si es que no puedes costear pagarle a alguien un salario justo, entonces págale un salario justo solo por los días que sí puedas costear pagarles. ¡Esto les permitirá encontrar otro trabajo durante los otros días! Por ejemplo, si tu presupuesto es de R 1800 por una mucama, eso significa que puedes costear pagarle a alguien por 10 días de trabajo al mes, no de lunes a viernes. Pagarle a alguien menos de R 20 ($1.70) por hora en Sudáfrica es solo aprovecharse de las personas que están en una situación desesperada.

Cuidar de los más desafortunados es el trabajo de todo el que quiera conservar buenos valores y bienestar espiritual, emocional y mental.

Solo debemos preguntarnos a nosotros mismo, ¿qué podemos hacer para empoderar a aquellos que están pasando por tiempo difíciles? ¿Cómo podemos darles representación, hacerles saber que sus opiniones, sus habilidades y su trabajo duro son valorados y respetados? ¿Cómo podríamos hacerlo mejor?

Sabemos que cuando las personas se sienten respetadas y son tratadas de manera justa, la pobreza se disipa. Cuando las personas no son honoradas y son remuneradas de manera injusta por su trabajo, no solo continúan viviendo en la pobreza y están siendo agravados y menospreciados, sino que aquellos que los tratan injustamente se vuelven espiritualmente pobres también.

Aun cuando aquel empleador tenga todas las posesiones terrenales, él en verdad no posee nada. La verdadera riqueza viene al compartir, al ser amables, generosos y felices. Cada vez que visito la comuna, me siento conmovida de ver cómo las personas comparten lo que tienen, aun teniendo muy poco. Podemos aprender mucho de aquellas personas que están acostumbrados a las limitaciones. Principalmente, podemos aprender a practicar la compasión y la generosidad:

¡Oh hijo del Polvo! Hablad a los ricos de los suspiros que profieren los pobres a la medianoche; no sea que la negligencia los lleve al camino de la destrucción y los prive del Árbol de la Riqueza. Dar y ser generosos son atributos míos; dichoso aquel que se adorna con mis virtudes. -Ibid, p. 123.

La regla de oro, que todos conocemos muy bien, también nos hace recordar este mensaje crucial, sin importar qué tradición religiosa sigamos.

Así que si sientes que mereces vacaciones pagadas, ausencia por enfermedad, un razonable aumento de sueldo anual y un salario digno, asegúrate de ofrecer lo mismo a los demás. Si es que no puedes costear pagarle un salario justo a alguien, entonces haz el trabajo tú mismo.

Si elegimos ignorar esta decencia mutua, nos degradamos a nosotros mismos y a otros y nos convertimos en personas consentidas. Esto jamás conducirá a la felicidad verdadera. Solo la igualdad, el respeto mutuo y ayudar a levantar a los oprimidos puede liberarnos de la degradación generada por la codicia y el egoísmo.

Si es que podemos establecer estas prácticas éticas, todos nos enriqueceremos; los extremos de riqueza y pobreza comenzarán a desvanecerse, porque entonces no desearemos tener tanto cuando otros tienen tan poco.

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