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A medida que el liderazgo de Bahá’u’lláh sobre los babis aumentaba en efectividad y alcance, la fe creció en Irak y Persia, pero este crecimiento solo sirvió para enfurecer aún más a sus enemigos fundamentalistas.

En Bagdad, asesinos a sueldo amenazaron y, en repetidas ocasiones, trataron de quitarle la vida a Bahá’u’lláh; sin embargo, él se mostraba notablemente imperturbable ante estos intentos.

En una ocasión, un miembro del consulado persa contrató a un asesino para acabar con la vida de Bahá’u’lláh. El asesino, llamado Reza Turk, se acercó a Bahá’u’lláh mientras caminaba a lo largo de las orillas del Tigris. Cuando se encontró cara a cara con Bahá’u’lláh, buscó torpemente y soltó su arma. Bahá’u’lláh se volvió hacia uno de sus compañeros y le dijo que recogiera la pistola del hombre, se la devolviera y lo señalara hacia su casa, observando: “Parece que se ha extraviado”.

Bahá’u’lláh solía pasear diariamente visitando una de las cafeterías locales en Bagdad, donde los hombres generalmente se juntaban. Cualquiera que sea la cafetería a la que visitaba, esta prosperaba debido a que clérigos locales, funcionarios del gobierno, comerciantes y otros se apiñaban a su alrededor él. Amado y admirado, las multitudes alrededor de Bahá’u’lláh a donde quiera que fuera crecían en tamaño e influencia, lo que enfureció aún más a sus enemigos. Abdu’l-Bahá explicó:

“…fue exiliado con la esperanza de que Persia volviera a estar en paz. Su destierro, sin embargo, produjo el efecto contrario. Hubo un nuevo tumulto, y la mención de Su grandeza e influencia se difundió en todas partes a través el país. La proclamación de Su manifestación y misión se realizó en Baghdád. Allí Él reunió a Sus amigos y les habló de Dios… [los gobernantes] se dieron cuenta de que se esparcía más rápidamente. Su prestigio aumentaba; Sus enseñanzas se propagaban más ampliamente”. – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, p. 50.

A medida que aumentaba la admiración por Bahá’u’lláh tanto entre la gente del pueblo como entre la gente que llegaba de Persia, el cónsul general persa en Bagdad y el clero chiíta se agitaban cada vez más. Pensaron que el movimiento babi había sido aplastado, pero su resurgimiento bajo la guía de Bahá’u’lláh se había vuelto obvio. Además, el clero se quejaba de la gran angustia de tener a Bahá’u’lláh viviendo tan cerca de los lugares sagrados de los chiíes situados cerca de Bagdad.

Los mulás trataron de persuadir al sultán otomano para que extraditara Bahá’u’lláh a Persia, donde podrían hacer con él lo que quisieran. Muchos pedían su ejecución. Sin embargo, el Sultán del Imperio Otomano había escuchado numerosos informes a lo largo de los años sobre el carácter noble de Bahá’u’lláh, y se negó a extraditarlo. Sin embargo, transmitió un mensaje que decía que a Bahá’u’lláh, como huésped del gobierno otomano y exiliado, se le pediría que se alejara de Persia a Constantinopla, ahora conocida como Estambul.

Cuando el dictado de otro exilio llegó al Gobernador de Bagdad, un admirador de Bahá’u’lláh, el Gobernador ignoró la orden durante tres meses. Se sintió avergonzado de dar ese mensaje a un hombre al que admiraba tan profundamente. Finalmente, después de recibir cinco órdenes sucesivas de destierro, envió a su representante a encontrarse con Bahá’u’lláh y darle la noticia de que iba a ser exiliado a Constantinopla.

Bahá’u’lláh aceptó la orden de destierro sin protestar. Tomó la suma de dinero que el gobierno le dio para pagar su transporte y la distribuyó entre los pobres. Luego preparó a familiares y seguidores para otro largo viaje hacia lo desconocido. Pero antes de su partida, Bahá’u’lláh declaró su misión y así nació la Fe bahá’í.

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