Mark Twain dijo que “la ira es un ácido que puede hacer más daño al recipiente en el que se almacena que a cualquier cosa sobre la que se vierte”. ¿Guardas tu ira como ácido?

Piénsalo de esta manera: ¿cuándo fue la última vez que te enojaste realmente? Reflexione sobre esa pregunta por un minuto y trate de recordar. Mientras recuerdas, examinemos cómo funciona el mecanismo de la ira humana.

Originalmente, la palabra “ira” provenía de la rabia latina, que significa “rabia y furia”. Si alguna vez has visto un animal rabioso, entenderás inmediatamente el origen del término. Las enseñanzas bahá’ís nos advierten sobre la ira, e incluso dicen que simbólicamente “quema” el hígado de la misma manera que el ácido corroe su contenedor:

Los celos consumen el cuerpo y la ira quema el hígado. Evítalas, como evitarías a un león. Bahá’u’lláh y la Nueva Era, pág. 112

Al igual que los animales, cada ser humano puede enfurecerse. Nos pasa a todos. Nos enojamos tanto, que la ira toma el control de nuestros cuerpos, nuestros cerebros y nuestras acciones.

Entonces, ¿de dónde viene esa ira? Los bioquímicos y los neurocientíficos han estudiado la ira y han descubierto que se origina en el hipotálamo, del tamaño de una almendra y la parte más interna (junto con la amígdala) del cerebro primitivo de cada vertebrado. El hipotálamo, lo que algunos científicos llaman nuestro cerebro “primitivo”, controla la temperatura de nuestro cuerpo, nuestro hambre, nuestros ciclos de sueño, nuestros impulsos sexuales y nuestras respuestas de lucha o huida basadas en el miedo.

Estas respuestas funcionan de manera sorprendente. Por ejemplo: incluso en ratones que nunca antes habían visto un gato, el hipotálamo produce instantáneamente una hormona que hace que el ratón huya aterrorizado a la primera vista de un depredador felino. Este mecanismo central, que funciona inmediatamente cada vez que un mamífero se enfrenta a una situación amenazante, inunda nuestro cerebro con adrenalina y corticosteroides. Esas hormonas nos hacen desear huir del peligro o, a la inversa, enfrentarlo y luchar contra él.

Cuando el hipotálamo toma la decisión instantánea de enfrentar las amenazas percibidas o el peligro, varias cosas ocurren a la vez. El cerebro inmediatamente bombea hormonas como la vasopresina y la oxitocina al sistema límbico; la glándula pituitaria libera cantidades masivas de hormona adrenocorticotrópica; que luego hace que la corteza suprarrenal bombee rápidamente adrenalina a nuestro sistema nervioso. Cuando todo eso sucede, esas poderosas hormonas aumentan temporalmente nuestra fortaleza física. La adrenalina amortigua las sensaciones de dolor y ralentiza nuestras percepciones de tiempo, razón por la cual las personas con furia violenta informan haber experimentado cosas a cámara lenta.

Sin embargo, esas mismas hormonas también reducen drásticamente nuestra capacidad de pensar racionalmente. Perdemos temporalmente nuestra capacidad de razonar, nuestra prudencia y nuestra moderación. Nuestra visión se reduce y nuestra audición disminuye. “Vemos rojo”: algunas personas realmente experimentan un tinte rosado en su visión cuando la ira les alcanza. Los brazos y las piernas pueden temblar y temblar por la repentina inundación de adrenalina y oxígeno en el torrente sanguíneo. La frecuencia cardíaca aumenta rápidamente e hiperventilamos. Todos estos efectos hormonales pueden hacernos atacar violentamente, enfrentando a la fuente de nuestra ira.

Como todos saben, este tipo de furia puede tener consecuencias terribles, permanentes y destructivas. Puede destruir las relaciones, dañar a todos los que lo presencian y lesionar o matar a otros. La cólera también tiene un impacto negativo en la salud de la persona enojada: los estudios han demostrado que conlleva un riesgo mucho mayor de ataque cardíaco y accidente cerebrovascular.

Ahora que hemos aprendido un poco sobre la ciencia de la ira, ¿recordó la última vez que se enojó? Si es así, piense en ese momento y recuerde lo que realmente hizo con su enojo. ¿Cedió ante  la furia y se desquitó con otra persona? O ¿endureció su resolución de hacer algo positivo, de tratar de lidiar con la causa raíz de su ira? ¿Resultó algo destructivo o fue capaz de convertirlo en algo constructivo?

Sí, la ira a veces puede servir para un propósito positivo, si encontramos formas de enfocarla en las causas de la injusticia, la tiranía y el sufrimiento humano. Dirigida contra la confusión mundial que produce opresión injusta, la ira justa puede estimular a las personas a tomar medidas positivas y crear cambios. La mayoría de los movimientos y programas de reforma social comenzaron cuando alguien se enojó justificadamente y determinó hacer algo acerca de una situación fundamentalmente injusta.

Entonces, cuando sentimos que está empezando, ¿cómo lidiamos con nuestra ira destructiva? Dado que todos nosotros tenemos la capacidad de enojarnos e incluso de sentir ira dentro de nosotros, ¿qué práctica interior podemos adoptar que calmará y se hará cargo de esa bestia adormecida? ¿Qué puede hacer una persona, moral, intelectual y espiritualmente para sofocar y controlar la cólera y la ira, y convertirlas en propósitos mejores y más constructivos?

En primer lugar, en vez de considerar su propio enojo interno como una fuerza “malvada”, los estudiosos de las enseñanzas bahá’ís  recomiendan pensar la ira humana de esta manera:

En la creación no existe el mal, todo es bueno. Ciertas cualidades y rasgos naturales innatos de algunas personas que en apariencia son censurables, en realidad no lo son. Por ejemplo, desde el comienzo de su vida al lactar el niño de pecho da muestras de codicia, enojo e irritación. Según eso, podría aducirse que la bondad y la maldad son inherentes a la realidad humana, y que ello es contrario a la bondad absoluta de la naturaleza y de la creación. La respuesta es que la ambición, consistente en desear más y más, es una característica loable siempre que sea ejercida convenientemente. Si un hombre ambiciona adquirir ciencia y conocimiento, llegar a ser compasivo, generoso y justo, sus esfuerzos son dignos de alabanza. Si dirige su enojo y su ira hacia los sangrientos tiranos que se asemejan a las bestias feroces, ese empeño es muy loable. Por el contrario, si no emplea dichas cualidades de manera apropiada, se hace acreedor a la censura.

Es evidente, entonces, que en la creación la maldad no existe en absoluto. Cuando las cualidades naturales del hombre se ejercen ilegítimamente, resultan censurables. ‘Abdu’l-Bahá , Contestación a algunas preguntas, pág. 262.

Entonces, veamos si podemos descubrir, en los siguientes ensayos de esta serie, algunas formas constructivas de canalizar nuestra ira, frustración y cólera, potencialmente destructivas, y transformarlas en una fuerza espiritual.

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

1 Comentario

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  • Camila Martinez
    May 27, 2018
    Loved it! Can't wait to read the next part!