Al principio de mi carrera profesional, fui conocido como un “experto” en los medios, y aprendí una verdad evidente: cada experto exhibe un conocimiento delgado frente a una ignorancia masiva.

Sucedió de esta manera: Tomé un trabajo como portavoz de una asociación comercial de hospitales sin fines de lucro en California, y en ese tiempo una crisis en atención de salud comenzó a desarrollarse en la red de centros de salud estadounidense en su conjunto. De repente, la gente quería saber por qué no podían obtener los servicios de salud que necesitaban y por qué esos servicios se volvían tan caros, y si no podíamos simplemente reformar todo el sistema de prestación de servicios de salud. Poco a poco, porque estaba dispuesto a hablar públicamente sobre estos temas difíciles, y traté de decir la verdad, mi nombre se dio a conocer entre los medios de comunicación. Cuando los reporteros, periodistas y presentadores de noticias querían saber algo sobre el sistema de salud estadounidense, me entrevistaban y yo intentaba darles las mejores explicaciones que podía. Terminé haciendo literalmente miles de entrevistas en prensa, radio, televisión y en línea, y me convertí en un experto en medios, en gran medida de forma predeterminada.

Cuando eso sucedía, el refrán favorito de mi abuela a menudo me volvía a la mente: “Los nombres de los tontos y las caras de los tontos aparecen a menudo en lugares públicos”.

Y adivine qué… Siempre me sentía tonto, porque no tenía autoridad real, ningún título de maestría, ni profunda comprensión, ni larga educación en la materia. Así que una parte del tiempo, me replegaba como un estudiante desprevenido antes de la gran prueba, estudiaba el tema justo antes de una entrevista, patinaba al ras del borde de mi relativamente frágil conocimiento, e intentaba no mostrar mi enorme ignorancia. Aprendí que los llamados “expertos” o “autoridades en la materia” a menudo hacen lo mismo, y pronto me di cuenta de que la autoridad puede ser un espejismo. Aprendí que la gente cree lo que escuchan de los “expertos” designados, a pesar de que los expertos suelen ofrecer opiniones como hechos. Toda esta experiencia me hizo desconfiar de los expertos, y resoluto a permanecer decididamente escéptico sobre la información que obtuve de la mayoría de las fuentes que eran supuestas “autoridades”.

Sin embargo, si lo piensa durante un minuto, se dará cuenta de que la mayoría de lo que sabe procede de la experiencia de otra persona. Gran parte de nuestro conocimiento viene a nosotros de segunda o tercera mano, en lugar de ser de primera mano. No tenemos manera de verificar independientemente todo como verdadero, así que confiamos, cada día, en lo que otros nos dicen. Nos formamos juicios pragmáticos basados en la evidencia acerca de la verdad, porque la mayor parte de la verdad del mundo está muy lejos del alcance de nuestra comprensión directa, sea a través de los sentidos o del intelecto.

Por supuesto, la vida moderna requiere de una cantidad sustancial de confianza en los expertos. Dependemos del conocimiento de otros cuando se trata de nuestros medios de vida, nuestra alimentación, nuestra seguridad, nuestra salud, nuestra educación, incluso nuestra recreación. Por ejemplo: usted tiene un bebé, así que compra un asiento especial de automóvil exigido por la ley. ¿Quién lo hizo? ¿Quién lo probó? ¿Quién redactó, aprobó y firmó las leyes que crearon tales requisitos? ¿Cómo sabe que en realidad es seguro? La respuesta a cada una de estas preguntas involucra la autoridad de los demás, y aceptar que dicha autoridad se ha convertido en un requisito de vida en nuestra compleja era moderna.

Las personas con una experiencia significativa, calificaciones o formación, aquellos con muchos grados académicos, comparten su sabiduría y nosotros les creemos basados en su presunto conocimiento y experiencia. Confiamos con la vida en las personas que construyen nuestros asientos de automóviles, nuestras casas, nuestros aviones, nuestros puentes y nuestros gobiernos, pero resulta que no siempre tienen la razón. Los expertos, a veces, se equivocan. Las autoridades a menudo tienen puntos de vista contradictorios, por lo que nunca pueden ser vistas como un criterio infalible de la verdad.

En asuntos espirituales, este problema de autoridad a menudo ha entrado en conflicto con la verdad. A lo largo de la historia humana, las autoridades religiosas han citado sus propias tradiciones y su suprema sabiduría espiritual e intelectual, pero a menudo han estado en desacuerdo. Podría sorprenderles saber que las enseñanzas bahá’ís señalan esto, diciendo que la confianza en la autoridad y la tradición no necesariamente producen la verdad:

“El tercer método de comprensión lo proporciona la tradición sagrada, es decir, los textos de las Santas Escrituras, como cuando la gente arguye: “Así dice Dios en la Torah o así se expresa en el Evangelio”. Este método tampoco es perfecto pues las tradiciones se comprenden por medio de la razón. Y como la razón en sí misma es propensa al error es perfectamente posible que cometa errores y que no alcance la certidumbre, por lo que no cabe afirmar que no pueda equivocarse cuando se aplica a la interpretación de las tradiciones. Es el método empleado por las autoridades religiosas, de ahí que cuanto entienden y comprenden de los textos es lo que su razón les dicta, y no necesariamente la auténtica verdad. Pues la razón es como una balanza, y los significados encerrados en el texto de los Libros Sagrados son los elementos sopesados. Si la balanza no fuera exacta, ¿cómo podría acertarse con la pesada?” – ‘Abdu’l-Bahá, Contestación a unas preguntas, páginas 358-359.

Así que, si la tradición y la autoridad tampoco funcionan, ¿qué queda? Ya hemos conseguido, antes en esta serie de ensayos, tachar a los sentidos y al intelecto de la lista de facultades fiables que determinan la verdad. ¿Qué nos deja eso?

“Has de saber, entonces, que lo que creen las personas y cuanto está a su alcance, es susceptible de error. Tal como se ha visto, cuando se prueba o refuta algo, el que la prueba proceda de la evidencia de los sentidos, no la hace infalible, ya que el método como tal es imperfecto. Lo mismo vale para los argumentos racionales y tradicionales, cuya fuerza probatoria dista de ser perfecta. Por tanto, no existe una norma al alcance de las personas en la que podamos confiar”. – Ibíd., página 359.

Pero ¿qué pasa con la revelación, la inspiración o la gracia del Espíritu Santo? En el ensayo final de esta serie, veremos esa fuente de verdad y si es que podemos confiar en ella.

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

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