Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

¿Qué tan seguido escuchamos a padres decirle a sus hijos? : “Estoy orgulloso de ti” o “debes estar orgulloso de ti”.

Incluso en la escuela, se les enseña a los niños a sentirse orgullosos de su escuela, orgullosos de su equipo deportivo, orgullosos de sus atletas, orgullosos de su bandera, orgullosos de su país, etc., esta lista puede seguir y seguir. Si vives en Estados Unidos, seguramente has visto los anuncios de reclutamiento militar en la TV que dice: “Los orgullosos, los selectos, los Marinos”. En muchas de las sociedades del mundo, especialmente las llamadas naciones “desarrolladas” del occidente, siempre damos énfasis en estar orgullosos de prácticamente todo. Estamos orgullosos de nuestras posesiones materiales, nuestra educación, incluso de nuestra cultura.

El hecho de resaltar exageradamente el orgullo es un poco desconcertante,  ya que Norte América y Europa están compuestos primordialmente de naciones cristianas, así que las enseñanzas espirituales de la Biblia deberían presuntamente tener importancia en la vida de gran parte de la población. Por ejemplo, la Biblia dice claramente que “Tras el orgullo viene el fracaso; tras la altanería, la caída” -Proverbio, 16:18.

Por supuesto, que un moderado nivel de orgullo puede ser saludable, pero esto llevado al extremo acarrea grandes peligros, no solo para los individuos en sí, sino para la sociedad entera. ¿A dónde nos lleva todo este orgullo? Si somos personas orgullosas, por ejemplo, ¿podría este sentimiento de orgullo llevarnos a un sentido inherente de aparente superioridad sobre otros?

Cuando esto ocurre, este inherente sentido de superioridad puede fácilmente producir pensamientos, actitudes y acciones prejuiciosas contras otros que son diferentes a nosotros, incluyendo a los que son de otra religión, raza, partido político, nacionalidad, posición económica, idioma, nivel educativo, etc. En resumen, nuestro orgullo genera divisiones en la sociedad al involucrarse ese constante sentimiento negativo en contra de personas distintas a nosotros.

Podríamos preguntarnos, ¿a dónde nos conduce el prejuicio? Si pensamos detenidamente sobre este asunto, podremos concluir que son nuestros prejuicios los que crean las raíces del conflicto en la sociedad, lo cual eventualmente conducen a guerras de destrucción indiscriminada. Tan solo miren las noticias sobre lo que está sucediendo actualmente en el Medio Oriente, incluso en nuestras propias calles.

Cuando ‘Abdu’l-Bahá visitó los Estados Unidos en 1912, enfatizó en toda la destrucción que puede causar el prejuicio. En una de sus charlas dijo:

“Cuando repasamos la historia desde el comienzo de la existencia humana hasta la época presente en la cual vivimos, es evidente que todas las guerras y conflictos, derramamiento de sangre y batallas y toda forma de sedición, se debieron a alguna forma de prejuicio religioso, racial o nacional o desviación partidaria y prejuicio egoísta de algún tipo.  Incluso hoy vemos un levantamiento en los Balcanes, una guerra de prejuicio religioso.  Algunos años antes, cuando vivía en Rumelia, estalló la guerra entre pueblos religiosos. No existía actitud alguna de justicia o equidad entre ellos.  Se saqueaban las propiedades mutuamente, quemando los hogares y casas unos a otros, degollando a los hombres, mujeres y niños, imaginándose que tal guerra y derramamiento de sangre era el medio para estar más cerca de Dios.  Esto demuestra claramente que el prejuicio destruye las bases del mundo de la humanidad, en tanto la religión tiene por objeto ser la causa del compañerismo y la concordia” –Promulgación a la Paz Universal, p. 396-397.

En este sentido, si el prejuicio destruye los fundamentos del ser humano, ¿qué debemos hacer entonces? Bahá’u’lláh, el fundador de la Fe Bahá’í, nos da la respuesta. Él reveló las siguientes palabras a finales del siglo XIX.

¡Oh vosotros, hombres de sabiduría entre las naciones! Cerrad vuestros ojos a la separación, y después fijad vuestra mirada en la unidad. Asíos firmemente a lo que conducirá al bienestar y tranquilidad de toda la humanidad. Este palmo de tierra no es sino una sola patria y una única morada.  Os incumbe abandonar la vanagloria que provoca alineación y dirigir vuestros corazones hacia todo lo que asegure la armonía. A juicio del pueblo de Bahá, la gloria del hombre se halla en su conocimiento, en su conducta recta, en su carácter encomiable, en su sabiduría, y no en su nacionalidad ni en su rango. ¡Oh, gentes de la tierra! Apreciad el valor de esta palabra celestial.  De hecho, puede asemejarse a un navío para el océano del conocimiento y a una brillante luminaria para el reino de la percepción. Tablas de Bahá’u’lláh, p.p. 85-86.

Si existe la posibilidad de tener un mundo pacífico, entonces esta depende de nosotros. Si abandonamos el orgullo y el prejuicio, nos concentramos en ser mejores seres humanos, como lo dice Bahá’u’lláh, y encontramos formas de construir puentes con personas distintas a nosotros, entonces sí podremos lograrlo. En la publicación “Promesa a la Paz Mundial”, la Casa Universal de Justicia, el cuerpo internacional gobernante de la Fe Bahá’í , le dio a la humanidad un plan práctico para eliminar las guerras de la faz de la tierra y establecer una paz verdadera y segura en el mundo. En la parte introductoria, ellos se dirigen “A los pueblos del mundo”:

La Gran Paz, hacia la cual a lo largo de los siglos la gente de buena voluntad ha dirigido su corazón, de la que durante incontables generaciones videntes y poetas han expresado su visión, y de la cual, de edad en edad, las Sagradas Escrituras de la humanidad han mantenido constante la promesa, está ahora, por fin, al alcance de las naciones. Por primera vez en la historia es posible, para todos, contemplar el planeta entero con toda su miríada de diversificados pueblos desde una única perspectiva. La paz mundial no solo es posible, sino inevitable. Constituye la próxima etapa en la evolución de este planeta; según las palabras de un gran pensador, “la planetización de la humanidad”. – La Promesa de la Paz Mundial, octubre 1985, p.1.

Si estás interesado en la paz y te gustaría estudiar el plan Bahá’í para construir aquel escenario que permitirá que se desenvuelva la paz mundial, puedes leer y descargar “La Promesa a la Paz Mundial” en www.bahai.org. El orgullo y el prejuicio deben ser abandonados para dejar probar el amargo sabor de destrucción que estos generan. En lugar de esto, enseñémonos, y enseñemos a nuestros niños, que la humanidad es, en realidad, una sola familia y la Tierra una sola nación.

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