"Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í."

Esta mañana, preparándome para ir en bicicleta a algunas tiendas locales, me puse el casco y verifiqué a ver si tenía mi cerradura y mi llave.

Mientras me protegía a mí misma y a mi bicicleta con estos artículos, comencé a pensar en otros equipos de protección, en otras formas en que protejo mi cuerpo y mis pertenencias. Cuando manejo mi automóvil, por ejemplo, me pongo el cinturón de seguridad alrededor de mi cintura y mi hombro. Cuando salgo de mi casa, apago las luces y luego cierro la puerta. Cuando voy a la playa, me pongo un sombrero y protector solar. Hago una copia de seguridad en mi computadora cada cierto tiempo y así sucesivamente.

Entonces comencé a preguntarme: ¿Cómo me protejo a mí misma? ¿cómo protejo esa parte de mí que define quién soy y que es esencial para mi existencia? Ya que tengo una naturaleza espiritual y un cuerpo físico, ¿cuáles son los peligros a los que estoy expuesta y qué debo hacer con ellos?

Como bahá’í, me guío por las enseñanzas de Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la Fe bahá’í. Esta fuente de fe y confianza me ayuda a interpretar y enfrentar los problemas. En lugar de estar deprimida por las noticias matutinas, puedo vislumbrar a dónde nos llevan estas tragedias. Esto me ayuda a orientar mis propias acciones hacia soluciones y proteger mi mente, mi corazón y mi alma, que son realmente mis posesiones más valiosas. Este extracto de una oración de protección de los escritos bahá’ís nos ayuda a mantener esta visión:

¡Oh Tú, el Misericordioso! ¡Oh mi Señor! Haz de Tu protección mi armadu­ra, de Tu preservación mi escudo, de la humildad ante la puerta de Tu unicidad mi resguardo; y de Tu cuidado y defensa, mi fortaleza y mi morada. Presérvame de las insinuaciones de mi yo y del deseo y guárdame de toda enfermedad, prueba, dificultad y trance. – Abdul-Bahá, Oraciones Bahá’ís, pp. 136.

La oración, la contemplación y el estudio como parte de mi día protegen a mi alma, similar a lo que hace el ejercicio físico diario a mi cuerpo. Conectarme con mi naturaleza superior y contemplar la realidad me ayuda a restaurar el equilibrio y me protege de estar sumida en la confusión y la negatividad.

Estamos rodeados de negatividad, así que debo permanecer vigilante. A veces es difícil de evitar, por ejemplo, las quejas y los chismes en el lugar de trabajo que actualmente son parte de la cultura cotidiana. Puedo tratar de desviar la conversación hacia otras direcciones o puedo salir de la habitación. Si hago esto constantemente, entonces estoy ayudando a proteger a mis colegas también.

Ya sea tenga o no un lugar de trabajo, tener un propósito diario me protege de la holgazanería y el aburrimiento. Esto puede ser un lugar a donde ir, una tarea que hacer o personas que ver. Cualesquiera que sean los detalles, el punto es tener algo que ofrezca satisfacción y que haga que el día valga la pena.

Ofrecer ayuda a otros beneficia a los demás y también nos brinda protección a nosotros mismos. Cambia el enfoque de estar centrado en mis propias necesidades por las necesidades de los demás, protegiéndome así de ser excesivamente autoindulgente. Los proyectos grupales tienen la ventaja adicional de reunir a personas de ideas afines, lo que eleva el espíritu y evita los sentimientos de aislamiento.

Confiar en mis amigos y ofrecer apoyo mutuo es una protección contra la auto absorción. En lugar de detenerme en mis propios problemas, estoy genuinamente preocupado por los demás.

Obviamente, no todas las relaciones son iguales y no todos los encuentros son iguales, pero algunos de mis momentos favoritos son cuando nos reímos juntos. La conocida frase “la risa es la mejor medicina” tiene sus orígenes en la Biblia: “El corazón alegre constituye buen remedio”- Proverbios 17:22.

La mayoría de nosotros hemos tenido la experiencia de sentirnos mejor después de una risa abundante, y la ciencia ha investigado la razón de esto. El primer libro que leí de un bahá’í fue el libro de William Sears “A Dios le gusta la risa”, este me ayudó a superar grandes dificultades personales y me acompañó en mi propio camino con el humor del autor y su refrescante honestidad.

Un casco de bicicleta no garantiza que no me caiga; nada puede garantizar que no surja algún infortunio a nuestros cuerpos y posesiones. Por otro lado, la protección del yo interno en última instancia proviene de lo que hacemos y no solo de lo que decimos, especialmente si lo que hacemos es guiado por principios que nos elevan. Vivir de la mejor que podamos teniendo consideración por los demás es la mejor forma de proteger lo que realmente importa.

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