PREGUNTA: ¿Qué hay de verdad en las creencias que algunas personas comparten en torno a la reencarnación?

RESPUESTA: El objetivo de lo que vamos a decir es el de explicar la realidad, no el de menospreciar las creencias de otras personas; pretendemos tan sólo explicar los hechos, nada más. No nos oponemos a las ideas de nadie, ni aprobamos la crítica.

Has de saber, entonces, que los creyentes en la reencarnación pertenecen a dos categorías: una categoría no cree en los castigos y recompensas espirituales del otro mundo. Son los que suponen que el hombre, mediante su reencarnación y retorno a este mundo, obtiene premios y recompensas; consideran que el cielo y el infierno están restringidos a este mundo, por lo que no hablan de la existencia del otro mundo. Dentro de esta categoría hay dos divisiones más. Una de ellas piensa que en algunos casos la persona regresa a este mundo en forma de animal, al objeto de sobrellevar castigos severos y que, luego de padecer tan doloroso tormento, será liberada del mundo animal para nuevamente retornar al mundo humano: dicha creencia recibe el nombre de transmigración. La otra división piensa que del mundo humano se vuelve al mundo humano, y que mediante ese retorno se obtienen los premios y castigos de la vida anterior; dicha creencia se denomina reencarnación. Ninguna de las dos divisiones hace mención de otro mundo fuera del presente.

La segunda categoría de creyentes en la reencarnación afirma la existencia del otro mundo y cree que la reencarnación es el medio de alcanzar la perfección. Es decir, cree que el hombre, al irse de este mundo y volver nuevamente a él, adquiere perfecciones gradualmente, así hasta alcanzar la más completa perfección. En otras palabras, sostiene que los hombres están compuestos de materia y energía. En un principio, -o sea, en su primer ciclo- la materia es imperfecta; pero al volver repetidamente a este mundo, progresa, se refina y gana en delicadeza, hasta llegar a ser como un espejo bruñido. Por su lado, la energía, la cual no es sino el espíritu, se despliega en ella con todas las perfecciones.

Tal es la presentación del tema por parte de quienes creen en la reencarnación y en la transmigración. Se trata de un resumen, suficiente en cuanto tal, en el que eludimos detalles que sería prolijo enumerar. Nótese que los partidarios de esta creencia no aportan argumentos ni pruebas lógicas sobre la cuestión, sino solamente suposiciones e inferencias basadas en conjeturas y no en argumentos concluyentes. A los creyentes en la reencarnación debe pedírseles pruebas y no conjeturas, suposiciones e imaginaciones.

Pero tú me has pedido argumentos acerca de la imposibilidad de la reencarnación. Eso es lo que debemos explicar ahora. El primer argumento sobre su imposibilidad es que lo exterior es la expresión de lo interior. La tierra es el espejo del Reino; el mundo material se corresponde con el mundo espiritual. Ahora bien, observa que en el mundo perceptible las formas no se repiten, pues ningún ser, es idéntico o igual a otro ser en su aspecto externo. El signo de la singularidad es visible y aparente en todas las cosas. Si todos los graneros del mundo estuviesen repletos de granos, no podrían encontrarse dos granos absolutamente idénticos e indistintos. Con seguridad habría diferencias y distinciones entre ellos. Ya que la prueba de la unicidad existe en todas las cosas, y la Singularidad y Unidad de Dios son evidentes en la realidad de todas las cosas, la repetición de una misma forma es absolutamente imposible. Por tanto, la reencarnación, que es la aparición repetida del mismo espíritu con la esencia y condición anteriores, es imposible e irrealizable en este mismo mundo de formas. Tal y como la repetición de una misma forma es imposible y está vedada en todos y cada uno de los seres materiales, así también está vedado y resulta imposible que los seres espirituales experimenten un retorno a la misma condición. Ello incluye (puesto que lo material se corresponde con lo espiritual) tanto el arco de descenso como el arco de ascenso.

Sin embargo, el retorno de los seres materiales con respecto a las especies es evidente. Valga el ejemplo, los árboles que en años anteriores produjeron hojas, flores y frutos, producirán, en los años venideros exactamente las mismas hojas, flores y frutos. A esto es a lo que se denomina “repetición de las especies”. Si alguien objetase alegando que la hoja, la flor y el fruto se han descompuesto para descender del reino vegetal al reino mineral, y de ahí regresar a los reinos mineral y vegetal, y que, por tanto, ha existido una repetición, cabría responder que la flor, la hoja y el fruto del año pasado, se descompusieron, que dichos elementos combinados se desintegraron y se dispersaron en el espacio, y que las partículas de la hoja y el fruto del año pasado, tras la descomposición, ni se han vuelto a combinar ni han regresado. Por el contrario, mediante la composición de nuevos elementos, la especie ha retornado. Sucede lo mismo con el cuerpo humano, cuyos elementos, tras la descomposición y desintegración consiguiente, acaban dispersándose. Si, de igual manera, este cuerpo volviera nuevamente del reino mineral al reino vegetal, no tendría exactamente la misma composición de elementos que el hombre anterior. Aquellos elementos se habrían descompuesto y dispersado, disipándose en el vasto espacio. Otras partículas elementales habrían venido a combinarse dando lugar a la formación de un segundo cuerpo. Sería posible que alguna partícula elemental del individuo anterior entrase a formar parte de la composición del siguiente individuo. Ahora bien, las partículas no se han conservado ni han permanecido tan exacta y completamente iguales, sin sufrir aumento o disminución, como para que puedan combinarse de nuevo y que de esa composición y mezcla otro individuo sea llamado a existir. Por ende, no cabe probar que el primer cuerpo haya regresado dotado de todas sus partículas elementales, que el hombre anterior se haya transformado en el siguiente, y que, en consecuencia, haya habido una repetición; como tampoco cabe probar que el espíritu haya vuelto al igual que lo habría hecho el cuerpo; o que, tras morir, su esencia haya regresado a este mundo.

‘Abdu’l-Bahá, Contestación a unas preguntas, páginas 340-343

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