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Si una Fe pudiese resumirse en una sola oración, estas trece palabras de las enseñanzas bahá’ís lo harían bastante bien:

La religión de Dios es tan solo una, mas debe ser siempre renovada. – Abdu’l-BahaSelección de los Escritos de ‘Abdu’l-Bahá, p. 51.

La mayoría de nosotros piensa en religión como un objeto fijo, inamovible, con ritos y rituales inflexibles y ancestrales, vestiduras sacerdotales y templos antiguos. Sin embargo, la Fe bahá’í nos ha traído un nuevo concepto – de que la religión se mueve, progresa y evoluciona, y de que cada nueva revelación toma como base la anterior.

Esta idea sorprendente y verdaderamente revolucionaria considera a todas las religiones no como creencias diferentes y separadas, sino como un sistema único y orgánicamente vinculado.

Si usted desea experimentar esta realidad a manera de una metáfora de la naturaleza, vaya de paseo por un bosque de árboles antiguos y majestuosos. En aquel bosque, usted verá árboles gigantescos y florecientes tocando el cielo, pero también verá árboles viejos y caídos – los cuales proporcionan la matriz, los nutrientes y el cuidado a los árboles vivos.

Las enseñanzas bahá’ís afirman que todas las religiones brotan del mismo suelo y se vivifican con la misma lluvia y la misma luz. Cuando un árbol de ese antiguo bosque muere, otro se levanta para tomar su lugar:

El significado es este: la religión de Dios es solo una, y es la educadora de la humanidad, mas, no obstante, necesita ser renovada. Cuando plantas un árbol, su altura aumenta día tras día. Produce flores, y hojas, y sabrosos frutos. Pero después de un largo tiempo, se vuelve viejo y ya no produce ningún fruto. Entonces, el Labrador de la Verdad recoge la semilla de ese mismo árbol y la siembra en un suelo virgen; y he aquí el primer árbol, tal como era antes. – Abdu’l-BahaSelección de los Escritos de ‘Abdu’l-Bahá, p. 52.

Mi esposa y yo nos casamos en un bosque antiguo de ese tipo. En los terrenos arbolados de la Escuela Bahá’í Bosch; en las montañas cerca de Santa Cruz, California, nos reunimos con nuestros amigos y familiares en una arboleda circular de enormes secuoyas rojas costeras y dijimos nuestros votos matrimoniales.

Si alguna vez tiene la oportunidad, tal vez quiera visitar aquel increíble y hermoso lugar, conocido como la arboleda de Leroy Ioas en nombre de uno de los primeros bahá’ís americanos. Tiene una cualidad casi mágica. Un anillo de enormes árboles de 200 pies rodea un amplio y abierto espacio circular, y cuando se está allí se siente como si se estuviera en uno de los lugares más majestuosos de la Tierra. Los ricos aromas del suelo del bosque llenan los pulmones. La luz se filtra a través de los abuelos – que es como los antiguos pobladores llamaban a los árboles más grandes – y motea la tierra. Los pájaros cantan, las ardillas parlotean y las brisas revuelven gentilmente las ramas y sus acículas.

En ese escenario natural, uno se siente transportado, como si hubiera llegado a su verdadero hogar, como si nada que haya sido hecho por el hombre pudiese jamás comparase con la grandeza de esos enormes y antiguos seres vivientes.

Por lo que cuando escogimos esa arboleda para nuestra boda, me pregunté cómo es que esta llegó a crecer de esa manera: en un círculo tan perfectamente simétrico. Investigué un poco y aprendí que la variedad costera de secuoya roja del género Sequoia Sempivirens a veces se reproduce germinando del tocón de la corona de la raíz – o incluso de las ramas – de un árbol “madre”. De cualquier manera, ese gigantesco árbol madre/padre/abuelo original – el cual, en algún momento hace miles de años, se erigía en el centro de ese mismo círculo en el que nosotros nos casamos – dejó caer sus piñas y semillas en forma de círculo alrededor del mismo, y animó a los retoños dormidos bajo su propia corteza cuando su tronco adulto sufrió daños, o durante un incendio o cuando comenzó a morir.

Esto quiere decir que el árbol original, durante su vida, desarrolla la capacidad de continuar viviendo.

Cuando se acerca el final de la vida de ese primer árbol, este usualmente muere, se descompone y cae. Los nuevos retoños germinan espontáneamente y comienzan a crecer alrededor de su circunferencia. Algunos biólogos llaman a esa formación circular de árboles resultante: “anillos de hadas” – pero en realidad son una concentración que rinde homenaje biológico al árbol madre, rodeándolo y protegiendo su terreno original.

Esto quiere decir que, de alguna manera, uno puede ver estos árboles, no solo como los descendientes de sus progenitores, sino también como los brotes de un solo árbol continuo e inmortal. De hecho, debido a que el árbol se reproduce y comienza a rebrotar incluso a medida que muere y se descompone, en cierto sentido, nunca muere en realidad. Así que, en cierto modo, cuando vea un enorme árbol como la secuoya roja costera, estará viendo a sus antepasados también – exactamente como sucede cuando se ve a los ojos de cualquier miembro de la familia humana.

Tal como el ciclo vital de todos los seres vivos surge a partir de sus antepasados y requiere una infusión nueva de energía y poderes creativos para volver a comenzar, las enseñanzas bahá’ís afirman que la religión también requiere renovación. La verdadera religión, creen los bahá’ís, es progresiva y no estática; activa en vez de pasiva; y creciente y evolutiva en vez de fosilizada e inerte:

La religión es la expresión exterior de la Realidad divina. Por tanto, debe ser viviente, vital, dinámica y progresiva. Si no tuviese movimiento y no progresase, estaría sin la vida divina; estaría muerta. – Abdu’l-BahaLa Promulgación de la Paz Universal, p. 140.

Teniendo presente esta idea, la religión en sí misma se vuelve algo completamente distinto de aquello en lo que probablemente estamos acostumbrados a pensar. En vez de un conjunto de dogmas y rituales fijos e inalterables o un campo de batalla en el que se enfrentan distintas e irreconciliables creencias unas con otras, podemos comenzar a conceptualizar la religión como un sistema evolutivo que nos permite entender nuestro yo espiritual, como una fuerza que crece y cambia naturalmente, como una realidad universal:

De la semilla de la Realidad, la religión ha crecido y se ha convertido en un árbol que ha dado hojas y ramas, capullos y frutos. Después de un tiempo este árbol ha caído en un estado de descomposición. Las hojas y capullos se marchitaron y perecieron; el árbol enfermó y se volvió improductivo. No es razonable que el hombre se aferre al viejo árbol pretendiendo que sus fuerzas vitales no han disminuido, que su fruto es inigualable, su existencia eterna. La semilla de la Realidad debe ser nuevamente sembrada en los corazones humanos para que un nuevo árbol pueda crecer y nuevos frutos divinos refresquen el mundo. De este modo, las naciones y pueblos ahora divergentes en religión serán unidos, las imitaciones serán desechadas, y la hermandad universal en su Realidad misma será establecida. La guerra y la contienda entre las razas humanas cesarán; todos serán reconciliados como siervos de Dios. Pues todos están amparados bajo el árbol de Su providencia y merced. Dios es bondadoso con todos; Él es el Otorgador de munificencia a todos por igual, así como Jesucristo ha declarado que Dios “envía la lluvia sobre justos y pecadores” – es decir, la merced de Dios es universal. Toda la humanidad se halla bajo la protección de Su amor y favor, y Él ha señalado a todos el sendero de la guía y el progreso. –Ibid., p. 141.

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