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¿Puedo tener un matrimonio feliz? ¿Cómo elegir a la pareja adecuada? Para responder estas interrogantes cada persona necesita hacer su lista de prioridades en la vida. Contemplar el aspecto físico, intelectual y espiritual antes de escoger a la pareja para el matrimonio. ¿Qué es lo que nos importa? Hay personas que dicen, “busco un esposo o esposa hermoso/a”. “Quiero casarme con un hombre rico, o de buena familia”, “busco una persona amable”, “alguien de mucho conocimiento”, “quisiera casarme con alguien de otra cultura y viajar”. Cada uno está en su derecho de escoger lo que le parece más importante en su vida. Todo ser humano nace con ese derecho de ser feliz y construir su destino de acuerdo con sus sueños y proyectos. La felicidad es la ambición de cada uno en esta vida. Sin embargo, debemos tener una actitud responsable sobre esa felicidad.

Luego comienzan a surgir preguntas como: ¿qué pasa si elijo mal a mi pareja y no me siento feliz? ¿Debo prepararme para una buena elección? Si usted quiere comprar un automóvil, una casa, seguro se tomaría su tiempo, averiguaría y tomaría la mejor opción. Esa es la idea también al momento de elegir una pareja para toda la vida, lo cual es más importante y trascendental. Porque la relación no es sólo en el aspecto material, sino la compatibilidad intelectual, y por encima de lo intelectual, lo espiritual.

Cuando nos casamos creamos una nueva unidad, un nuevo organismo, es el matrimonio que tiene que crecer y madurar. El doctor Danesh, psiquiatra canadiense, en una charla sobre el matrimonio dice: “el matrimonio pasa por una etapa de infancia, adolescencia, madurez. El matrimonio es como si fuese el primer bebé de aquella unión. Este primer bebé que da a luz el matrimonio es muy frágil, necesita atención, nutrición, protección, cuidado y ayuda para poder crecer y fortalecerse”. La psicología dice que el matrimonio es la época en que se gesta la personalidad, mucha gente no comprende este fenómeno. Tan pronto se casan, esperan que el matrimonio “recién nacido” cuide de todas sus necesidades. Obviamente este matrimonio “bebé” no puede hacerlo, y esto es lo primero que debemos entender, porque a menudo se derrumba bajo el estrés y la presión. No solo es un contrato, sino una unión que crea una nueva vida, un nuevo organismo viviente, una empresa nueva que tiene que crecer. Muchos piensan que, “si mis sueños no se realizan, entonces, chau me voy”, y vuelven a intentar nuevamente y nuevamente. No es así, si las relaciones no maduran, están condenadas al fracaso. Como dice el doctor Danesh, “uno tiene que reflexionar en que debemos atender y cuidar a ese nuevo bebé. Y qué cosas debemos hacer para nutrir ese matrimonio”. En la edad de la niñez, hay características inocentes.

Cuando el matrimonio crece, como en todo proceso de crecimiento, tiene que pasar por la adolescencia. Una etapa de rebeldía, discusiones, lucha por el poder, competencia del uno con el otro. Cada uno se preocupa por lo suyo. Si hay problemas en este período es algo que no se puede evitar. Los psicólogos afirman que es una etapa cruzada de conflictos. Las personas se dan cuenta que sus padres no son la imagen que idealizaron en la infancia, además tienen el desafío de conocerse mejor a sí mismos, y probar sus capacidades. Es una etapa de inseguridad, crisis de identidad en cuanto cada quién se esfuerza por su independencia. Uno tiene que meditar, (cómo en la adolescencia) cómo se refleja esta etapa en el matrimonio y, buscar su identidad, para encontrar seguridad, estabilidad. Este proceso es natural, no debemos asustarnos si observamos que luego de tres o cuatro años empiezan las discusiones. Uno debe entender que, con tolerancia y amor, tienen que encontrar la forma madura y sabia de superar la próxima etapa. El matrimonio es una unión que debe tener cualidades especiales, pero mucha gente no tiene ni idea de cuáles deben ser esas características fundamentales. No saben cómo y hacia dónde conducirse, ni en qué van a terminar. Imaginan que el matrimonio son solo dos individuos que se aman y por amarse, están mutuamente atraídos, tienen buenas vibraciones, satisfacen sus necesidades, ríen juntos, se consuelan y lloran mutuamente uno en el hombro del otro. Piensan que esto es el logro fundamental de la pareja. Cuando la condición primordial que debe buscarse es la unidad. La mayoría de los matrimonios no crea esas condiciones, porque no comprenden qué significa la unidad. ¿Qué es esto? No quiere decir que van a estar de acuerdo siempre. No significa que piensen igual, que tengan los mismos apetitos, orientación, el mismo impulso sexual, los mismos niveles de comodidad o incomodidad. Eso es como la cereza sobre la torta, si es que lo tienen bien, pero lo que debe buscarse son elementos de unidad.

Para establecer la unidad se requiere de justicia. Bahá’u’lláh dice:

El propósito de la justicia es el surgimiento de la unión entre los hombres. Ningún resplandor puede compararse con aquel de la justicia. La organización del mundo y la tranquilidad de la humanidad dependen de ella. – Citado por Shogui Effendi en Advenimiento de la Justicia Divina, pág. 44

El ingrediente más importante que crea unidad en el matrimonio es que la relación sea equitativa. Un matrimonio basado en la unidad debe crear las condiciones para que el esposo y la esposa tengan las mismas oportunidades. Se necesita de alguien que anime al otro a cambiar lo que le disgusta. Sería hermoso si alguien dijera: “amado mío, tu eres magnífico para esto, pero, para esto otro…”. Nos daría ánimo y valentía para cambiar poco a poco. Es un proceso en el cual uno da aliento a otro para que tenga el coraje de cambiar. Para animar se requiere coraje, la mayoría de la gente no lo hace. Siempre es más fácil encontrar los defectos de otros, que sus cualidades. Se necesita coraje para trascender sobre uno mismo y resaltar las cualidades de la pareja, sin ser hipócrita. El estímulo es el alimento del crecimiento, sin ese alimento, no crecemos. La planta no desarrolla sin ser nutrida. El alimento del crecimiento es el aliento, y eso nos ayuda a crear la condición de justicia. Tenemos que crear un matrimonio de iguales, para lograrlo necesitamos ser menos egocéntricos y más enfocados en las necesidades de la pareja. No es fácil, puesto que vivimos en una sociedad que nos dice: “cuide del número uno”, y el número uno es el “yo”. Una sociedad que fomenta el individualismo. Criamos a nuestros hijos demasiado mimados, egoístas, para que piensen solo en sí mismos. ¿Cómo pueden entonces pensar en igualdad? No lo harán. Cuando hablamos de amor, es para crear condiciones que nos hagan menos egoístas. Que el amor se traduzca en hábitos de justicia, de creación de unidad, que nos permitan desarrollar un matrimonio maduro, dinámico y paciente. El resultado será un matrimonio feliz y eterno en los mundos de Dios.

Luego de la adolescencia, viene la etapa de la madurez. La relación es distinta. Hay armonía en los quehaceres de la casa, la educación de los hijos, el tiempo de la pareja. Un amor de iguales es un matrimonio que alcanzó la madurez. La psicología define esta etapa cuando el hombre adquiere su equilibrio. En la pareja, cuando se logra una dependencia recíproca. Casi no tenemos historias de amor de iguales. Por el contrario, la literatura del mundo escribe historias de amor como una relación de desiguales. Tenemos que escribir esa nueva literatura. Por primera vez en la historia de la humanidad, Dios ha dicho:

 “Ámame para que yo te ame, si tú no me amas mi amor jamás llegará a ti”. – Bahá’u’lláh, Las Palabras Ocultas, p. 3.

Con esto Dios dice a la humanidad “maduren”. Esta es la edad de la madurez de la humanidad. Hay que dejar de lado los modos antiguos e infantiles de definir y practicar el amor. En nuestra relación con Dios se tiene que amar al nivel de un ser maduro. Es un honor que Dios otorgó a esta generación. La gente joven (y no tan joven), tiene que escribir esas historias de amor sobre relaciones de iguales. Es fundamental reflexionar en qué etapa está su matrimonio, si es en la niñez, adolescencia o madurez y, cuestionarse, si alentó lo suficiente a su pareja a crecer. Si creó las condiciones de igualdad y justicia en su matrimonio. Necesariamente hay que hacer esta evaluación y asumir nuestra parte.

Ciertamente, Dios creó a las mujeres para los hombres y a los hombres para las mujeres. Ante Dios, los más amados de entre las gentes son los más constantes y aquellos que han superado a otros en su amor a Dios, exaltada sea Su gloria… – (De una Tabla traducida del árabe y del persa).

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