Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

La historia bíblica de la creación nos dice que Dios creó a la humanidad a partir de los elementos de la Tierra, completamente uno con la naturaleza:

Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente. – Génesis 1:7.

Leído literalmente, esto simplemente nos da a entender que Dios le dio RCP (reanimación cardiopulmonar) a Adán. Sin embargo, al leer este pasaje en un sentido más profundo, consideramos que la respiración simboliza la vida interior del espíritu.

Esta historia simbólica nos dice que algo del espíritu de Dios vive dentro de todos nosotros. En este sentido, cada ser humano es creado a imagen de Dios, porque Dios es espíritu.

Bahá’u’lláh enseñó que el propósito de esta vida se centra en desarrollar ese espíritu.

Los escritos bahá’ís comparan esta idea de desarrollo espiritual con el feto que vive dentro del vientre de su madre. En ese breve intervalo de nueve meses, el feto se desarrolla físicamente, preparándose para este mundo. Estando el feto en el útero, este no necesita ojos, piernas, pulmones o las facultades del habla. Sin embargo, todas estas capacidades físicas deben desarrollarse en el útero para que el niño alcance todo su potencial en este mundo. Del mismo modo, en este mundo físico, nuestro propósito implica desarrollar los atributos espirituales que necesitaremos en el próximo mundo.

Estas cualidades espirituales internas tienen un origen místico. Como escribió Bahá’u’lláh:

Aún más, considera cómo el fruto antes de formarse, yace potencialmente dentro del árbol. Si se cortara el árbol en pedazos, no podría encontrarse ningún signo o partícula del fruto, por pequeña que fuera. Sin embargo, como has observado, cuando el fruto aparece, se manifiesta con su maravillosa hermosura y gloriosa perfección. Ciertos frutos, realmente, alcanzan su pleno desarrollo sólo después que han sido separados del árbol. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pp. 81-82.

Usando la misma metáfora natural, en otro pasaje Bahá’u’lláh explicó:

El hombre es como un árbol. Si está adornado con frutos, es digno de alabanza y encomio y siempre lo será. Por el contrario, un árbol sin frutos sólo sirve para el fuego. Los frutos del árbol humano son exquisitos, altamente deseados y muy apreciados. Entre ellos se encuentran el carácter recto, las acciones virtuosas y las palabras agradables. – Bahá’u’lláh, Las Tablas de Bahá’u’lláh, p. 167.

Entonces, ¿cómo comenzamos a desarrollar nuestros “frutos espirituales”?

Primero, así como un árbol depende del sol, el suelo y el agua para su vida, nuestras vidas espirituales necesitan inspiración, base y sustento. Principalmente, necesitamos el amor de Dios. Como escribió Bahá’u’lláh:

Para cada uno de vosotros es deber supremo escoger para sí lo que nadie pueda violar ni usurpar. Esto es -y ello me lo atestigua el Todopoderoso- el amor a Dios, si sólo pudierais comprenderlo. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, p. 137.

Segundo, necesitamos una base en educación espiritual. Bahá’u’lláh describió a los fundadores y profetas de las grandes religiones como “Raíces de conocimiento”. Estas manifestaciones de Dios y sus enseñanzas espirituales esenciales le dan a las personas el conocimiento, la fuerza y la base necesarios para el desarrollo del carácter y la maduración espiritual.

Finalmente, el árbol de nuestro ser necesita el agua vivificante de la palabra de Dios. Los escritos de Bahá’u’lláh dicen:

El Agua para estos árboles es el agua viva de las Palabras sagradas pronunciadas por el Bienamado del mundo. En un instante esos árboles son plantados, y en el siguiente sus ramas habrán alcanzado los cielos mediante las efusiones de las lluvias de la merced divina. – Bahá’u’lláh, Las Tablas de Bahá’u’lláh, pp. 168-169.

Bahá’u’lláh dio el “agua viva” de las enseñanzas bahá’ís a toda la humanidad, así como a cada individuo. Los escritos bahá’ís se enfocan en el crecimiento espiritual individual, pero también en la protección, guía, paz y unidad de la sociedad como un todo. En este día, las enseñanzas bahá’ís dicen que no es solo el alma individual la que busca la salvación, es toda la raza humana.

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