Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Estoy sentada en una sala de hospital, mi hijo de un año ha estado en la sala de operaciones por horas. Estar ansiosa es decir lo menos.

Todavía le faltan cuatro horas más de cirugía a mi bebé, si es que las estimaciones de la enfermera son correctas, y esta es su tercera cirugía este año. Su único año de vida. Si es que alguien hoy me dice que las personas tan solo son probadas a la medida de su capacidad, estallaría. Hoy me siento abandonada por todas las versiones de Dios.

Miro a mi alrededor en aquella sala de espera llena de gente. Parejas en silencio, madres, padres, hermanos, abrazados juntos en círculos callados. Bebiendo café, mirando por la ventana, con ojos llorosos. Sé que no estoy sola en mis pensamientos, ni en esta habitación y tampoco en el mundo.

Las personas hablan sobre aquellos momentos en la vida en la que dudamos de todo lo que creemos. Cuando nos preguntamos por qué, cuando no entendemos, cuando nuestro dolor o el dolor que atestiguamos en el mundo nos hace llorar de frustración, enojo, incluso de rabia. Este es uno de mis momentos. No es una duda pasiva o proceso hipotético de pensamiento. Es real, es personal y es difícil. Esta palabra “fe” no es para tomarse a la ligera.

Miro hacia una madre sentada en un sillón a un par de metros de mí, al costado de un cochecito de bebé vacío. Tiene la cabeza agachada, su cabello colgando, pienso que tal vez se siente vencida, pero luego alza el rostro y veo sus ojos cerrados, sus manos unidas y sus labios se mueven en silencio. Está orando.

¿Qué hace que esta madre solitaria pida ayuda a Dios? ¿Qué hace que alce su rostro en silenciosa esperanza? ¿Dónde ha encontrado fe?

 “El signo del amor es la fortaleza ante Mi decreto y la paciencia ante mis pruebas” -Bahá’u’lláh,  Las Palabras Ocultas, p. 70.

“El primer signo de fe es el amor” ‘Abdu’l-Bahá, Promulgación a la Paz Universal, p. 429.

¿Su fe ha incrementado su capacidad de lidiar con las penas, o tener paciencia durante pruebas difíciles? ¿Acaso le permite sentarse al costado de su cochecito vacío con calma interior?

Sus oraciones, aunque silenciosas, me envolvían como una aflicción propia. Dentro de mí, yo también quería tener aquella sólida fe, quería confiar en Dios para que guíe a los cirujanos, para que mi hijo esté seguro, para que su sufrimiento sea mínimo, para que su recuperación sea rápida.  Quería que la fe me acompañe durante todo ese momento, para ayudar a mi hijo a que supere esta y todas sus pruebas.

“Ahora os doy un mandato que será para un convenio entre vosotros y Yo, que tengáis fe; que vuestra fe sea firme como una roca que ninguna tormenta puede mover, que nada puede inquietar y que perdure a través de todo, hasta el fin…Según hasta donde tengáis fe así serán vuestros poderes y bendiciones.”- ‘Abdu’l-Bahá, Lecturas Bahá’ís, p. 313.

Sí, entiendo. Las oraciones silenciosas de esta madre son oraciones silenciosas para mantener su fe, y al hacerlo tener fortaleza, poder y bendiciones.

Pienso en la persona que solía ser hace un año. Dichosamente inconsciente del oscuro desorden genético que tiene capturado a mi hijo. ¿Cómo me ha cambiado? Miro a extraños en la sala de espera con los que me siento inexplicablemente conectada, la madre que recita su oración silenciosamente con quien tan solo en una mirada ya estoy vinculada, el mundo desconocido en la cual soy ahora una cómplice, una habitante ferozmente leal. Se siente como bendiciones. Extraños y terribles, pero hermosas bendiciones. ¿Hubiese sido igual si es que mi fe no hubiese sido probada? ¿Se hubiesen abierto de esa manera mis ojos? ¿Sería capaz de sentir océanos de sensibilidad e intensa compasión?

“…el espíritu humano, a menos que esté asistido por el espíritu de la fe, no conoce los Secretos divinos y las Realidades celestiales. Es como un espejo al que, aunque nítido, pulido y brillante, le falta aún la luz.  Hasta que un rayo de luz no se refleje en él, no puede descubrir los Secretos celestiales” – ‘Abdu’l-Bahá, Contestación a algunas preguntas, p. 277.

Es así que, si el “primer signo de la fe es el amor”, y el signo del amor es “la paciencia ante mis pruebas” empezaré desde ahí.

Miro mi reloj. Mi corazón aún duele. Tal vez, siempre dolerá durante estos días. Tal vez, se supone que sea así. El dolor me informa de “los misterios divinos” y “realidades celestiales”, me hace entender que es fácil pensar que tienes fe cuando esta nunca ha sido probada.

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