Los profetas y fundadores de todas las religiones reveladas nos han dicho repetidamente que vivir en unidad con nuestros semejantes es un sello de fe.

En los dos últimos párrafos de la primera parte de su declaración sobre La Visión de la Unidad Racial: el problema más desafiante de América, la Asamblea Espiritual Nacional de los Bahá’ís de los Estados Unidos escribió:

“Por mucho tiempo de su historia y en tantos lugares, la raza humana ha desperdiciado su energía y recursos en esfuerzos inútiles por probar lo improbable: que una porción de sí misma, debido a la separación geográfica, la diferencia en el color de la piel o la diversidad de la expresión cultural, es intrínsecamente distinta de otra porción. La ignorancia y el prejuicio en que se fundan tales esfuerzos han conducido a interminables conflictos en nombre de la santidad de la tribu, la raza, la clase, la nación, la religión. Por paradójico que parezca, en la consistencia de estos esfuerzos negativos en el espectro de la raza, la humanidad ha demostrado exactamente lo contrario: ha afirmado su unidad. La prueba está en el hecho de que, dadas las mismas circunstancias, todas las personas, independientemente de su variedad étnica o cultural, se comportan esencialmente de la misma manera. En la futilidad de sus esfuerzos por clasificar y separar sus diversos elementos, la humanidad se ha desorientado y confundido. Sin ayuda de la influencia divina de la religión, las personas son incapaces de lograr una orientación adecuada a su realidad más íntima y propósito, y por lo tanto son incapaces de lograr una visión coherente de su destino. Es en este sentido que los bahá’ís encuentran pertinencia, guía y cumplimiento en las enseñanzas de Bahá’u’lláh, el Fundador de su Fe.

La unidad de la humanidad es una verdad espiritual abundantemente confirmada por la ciencia. El reconocimiento de esta verdad obliga al abandono de todos los prejuicios de raza, color, credo, nación y clase, de “todo lo que hace que la gente se considere superior a los demás”. El principio de unidad de la humanidad “no es un simple estallido de ignorante sentimentalismo o una expresión de vaga y piadosa esperanza…. No constituye la mera enunciación de un ideal…. Esto implica un cambio orgánico en la estructura de la sociedad actual, un cambio tal como el que el mundo aún no ha experimentado”. [Traducción de Cortesía]

Desde el ideal judío de tratar al extraño como a uno de los propios, hasta el llamado de Cristo a cuidar incluso de las personas cuyas diferencias creemos deben hacer que las despreciemos, a la insistencia de Mahoma de que fuimos puestos sobre esta tierra en toda nuestra diversidad humana para conocernos y no para despreciarnos, a la contundente afirmación de Bahá’u’lláh de que “la tierra es un solo país y la humanidad de sus ciudadanos”, estos fundadores de las grandes religiones del mundo nos han ofrecido el mismo mensaje esencial.

La unidad orgánica de la humanidad ha sido un principio religioso desde edades incontables, luchando incesantemente con nuestro tribalismo humano. En 1996, la ciencia confirmó el principio incorporado en La Visión de la Unidad Racial a través de los resultados del Proyecto Genoma Humano. Desde entonces, una serie de estudios científicos nos han acercado a comprender la realidad de la unidad humana -de hecho, de la unidad subyacente de toda vida.

Los bahá’ís creemos -y no estamos solos en esto- en que la humanidad está llegando a un punto de inflexión. Estamos saliendo de los tempestuosos, rebeldes años adolescentes de nuestra existencia colectiva en un camino hacia la madurez. Al final, cuando comprendamos la realidad de la unidad la humanidad, nuestra especie vestirá pantalones de adulto.

Una de las declaraciones más sucintas y enérgicas de este proceso proviene del bisnieto de Bahá’u’lláh, Shoghi Effendi, que sirvió como el Guardián de la Fe Bahá’í:

“Que no haya malentendidos. El principio de la Unicidad de la Humanidad –eje en torno al cual giran todas las enseñanzas de Bahá’u’lláh– no es un mero brote de sentimentalismo ignorante o una expresión de esperanzas vagas y piadosas. Su llamamiento no ha de identificarse meramente con el renacer del espíritu de hermandad y buena voluntad entre los hombres, ni tampoco aspira tan sólo a fomentar la colaboración armoniosa entre los pueblos y naciones. Sus implicaciones son más profundas, sus postulados mayores que cualquiera de los que se Les permitió presentar a los Profetas de antaño. Su mensaje se aplica no sólo a la persona, sino que se refiere primordialmente a la naturaleza de las relaciones esenciales que deben vincular a todos los Estados y naciones como miembros de una sola familia humana. No constituye simplemente el enunciado de un ideal, sino que está inseparablemente vinculado a una institución capaz de encarnar su verdad, demostrar su validez y perpetuar su influencia. Implica un cambio orgánico en la estructura de la sociedad actual, un cambio tal como el mundo jamás ha experimentado. Constituye un desafío, audaz y universal a la vez, a las gastadas consignas de los credos nacionales, credos que han vivido su día y que, en el transcurso normal de los sucesos, según lo forma y controla la Providencia, deben abrir paso a un nuevo evangelio, fundamentalmente diferente de lo que el mundo ha concebido hasta ahora e infinitamente superior a ello. Requiere nada menos que la reconstrucción y la desmilitarización del conjunto del mundo civilizado, un mundo orgánicamente unificado en todos los aspectos esenciales de su existencia, maquinaria política, aspiraciones espirituales, comercio y finanzas, escritura e idioma, y con todo, infinito en la diversidad de las características nacionales de sus unidades federadas.

Representa la consumación de la evolución humana, evolución que ha tenido sus primeros inicios en el nacimiento de la vida familiar, su posterior desarrollo en la consecución de la solidaridad tribal, la cual condujo a su vez a la constitución de la ciudad-estado y después se extendió para convertirse en la institución de las naciones independientes y soberanas.

El principio de Unicidad de la Humanidad, según lo proclamó Bahá’u’lláh, lleva consigo ni más ni menos que la solemne afirmación de que el logro de esa etapa final en esta evolución formidable no sólo es necesario sino inevitable, que su realización se aproxima rápidamente y que nada que no sea un poder originado en Dios conseguirá establecerlo”. – Shoghi Effendi, La meta de un nuevo orden mundial, páginas 8-9.

La unidad racial, entonces, no es sólo algo que afecta a las familias, barrios, comunidades, estados, regiones o incluso, en última instancia, sólo a los Estados Unidos. Es parte de un panorama global mucho más amplio que ahora sólo percibimos débilmente.

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

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