Siempre he estado interesada en la genealogía, es así que recientemente me hice un análisis de ADN para ver cuáles son mis orígenes.

Antes, siempre me identifiqué  de origen inglés. Mi abuela solía contarme historias muy intrigantes sobre su familia inglesa, antes de que se vean forzados a abandonar aquella tierra que por generaciones habían llamado hogar y viajar al otro lado del mundo, en los duros confines de un barco de vela, hacia la pequeña y poco conocida colonia de Nueva Zelanda. Antes de esto, habían sido un familia de agricultores y terratenientes relativamente adinerados viviendo cómodamente en una casa señorial, al menos hasta que su abuelo se convirtiera en padre de siete hijas.

Ahora se encontraba en un desafortunado dilema: evitar ser ensillado en el continuo mantenimiento de aquella gran familia dependiente, tenía que reunir dinero para siete considerables dotes de la venta de las tierras de herencia familiar para poder asegurar que las hijas puedan tener matrimonios que aseguren el estilo de vida a la que estaban acostumbrados.

Estas eran las presiones económicas que contribuyeron a moldear la historia de la humanidad.

Este podría ser un sermón que alguna vez podría haber sido leído a la congregación de una pequeña iglesia rodeada por tumbas de nuestros ancestros de cientos de años, un sermón tomado del primer capítulo de Job:

Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo estaré cuando me vaya. El Señor me dio lo que tenía, y el Señor me lo ha quitado. ¡Alabado sea el nombre del Señor!  Job, 1:21.

Las enseñanzas Bahá’ís resaltan exactamente lo mismo:

“Aun la felicidad en esta tierra no depende de la riqueza. Encontrareís a muchos acaudalados expuestos a peligros y afligidos por dificultades, y en sus últimos momentos sobre el lecho de muerte les queda el remordimiento de que deben separarse de aquello a lo cual sus corazones se hallan apegados. Vienen a este mundo desnudos y deben irse desnudos. Todo lo que poseen deben dejarlo atrás y fallecer solos, solitarios”. ‘Abdu’l-Bahá, Promulgación a la Paz Universal, p. 38.

Fue así que a partir de esos desafortunados inicios que mi bisabuela llegó a una tierra desconocida, dio a luz a mi abuela en una cabaña de piso de tierra construida a partir de cañas y lino, y con una pequeña fogata, la cual servía como única y poco efectiva fuente de calor y luz.

Sin embargo, no todo estaba perdido. La suerte de mi abuela cambiaría luego al casarse fortuitamente con el hijo de constructores ingleses de muchas generaciones. A partir de ese momento él, en cooperación con su cuñado, le construyó una casa inspirada en un estilo victoriano ubicado en un futuro suburbio, seguido por una habitación de billar, una casa de playa y un yate, antes de sucumbir a la ceguera como parte de una enfermedad hereditaria, llevando así su parte del trabajo de la tradición familiar de constructores a su fin; “El Señor dio, el Señor lo quita…”

Las demandas económicas y la búsqueda de prosperidad son generalmente la causa de que la humanidad sea aspirada en el gran vórtice de una civilización en desarrollo.

Todos tenemos nuestras historias familiares, pero los resultados de mi reciente examen de ADN conspiran contra mi historia ancestral como lo hizo la Conquista normanda de Inglaterra, los vikingos, la persecución de judíos y, lo que más me sorprendió, la posibilidad de una desconocida herencia mexicana, tal vez conectándome con la antigua civilización de los Mayas y los Aztecas. Hasta ese momento, todas las generaciones de mi familia habían sido cristianas; sin embargo, esta continuidad casi termina con el primer amor no correspondido de mi madre, de cuando ella se fijó en un encantador hombre judío.

Actualmente, aun cuando mi familia ha tenido cambios, primero por mi aceptación hace casi más de cuatro década de la Fe de Bahá’u’lláh,  y luego por este descubrimiento en retrospectiva de mis ancestros y sus sistemas de creencias judías, árabes y posiblemente Maya o Azteca.

Según tuve conocimiento recientemente, mi historia familiar hace eco de la historia de toda la humanidad, y, en este sentido, seguramente la tuya también. Nuestro desarrollo colectivo involucra un largo, lento y esporádico proceso de mezcla con otras tribus, culturas y pueblos. Nuestras distintas circunstancias materiales eran desiguales e inequitativas. Fue difícil.

Sin embargo, cuando consideramos el lento despliegue de la unificación física del planeta durante los últimos dos siglos, como lo pueden ver reflejado en mi propia historia familiar cuyo viaje por barco tomó tres meses comparado a mi viaje aéreo de un día, podemos ver la historia de la humanidad como un solo pueblo gradualmente emergiendo. Sin importar quiénes fueron nuestros ancestros y así como lo predijeron las enseñanzas Bahá’ís, estamos convirtiéndonos en ciudadanos globales, una humanidad unificada.

Este proceso se ve reflejado en el alcance global del internet y la creciente interdependencia humana, así como lo demuestran también los últimos descubrimientos genéticos comprobando la verdad de esta realidad.

Esta unidad ha liberado una nueva riqueza genética y diversidad cultural, la cual representa tanto un desafío como una responsabilidad compartida por nuestro futuro colectivo. Ahora trabajamos juntos para proteger especies, culturas y hábitats en peligro. Mientras este nivel de colaboración e interdependencia se desarrolla hace que emerja una nueva forma y substancia a lo que antes era un mero ideal de paz mundial. Los obstáculos y conflictos que antes eran aparentemente irreconciliables ahora han comenzado a responder a nuestros distintos procesos de consulta y soluciones. Podemos ver la creciente disposición de contrarrestar la agresión militar con acción internacional unificada. Sabemos ahora que nuestra herencia proviene de todo el mundo y de cada persona:

“El único Todoamoroso Dios otorga Su Divina Gracia y Su Favor a toda la humanidad; todos y cada uno son siervos del Altísimo, y Su benevolencia, Su misericordia y Su amorosa bondad se derraman sobre todas Sus criaturas. La gloria de la humanidad es la herencia de cada una de ellas.

Todos los seres humanos son las hojas y los frutos de un mismo árbol; todos ellos son ramas del árbol de Adán, todos tienen el mismo origen”.  La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, p. 156.

Aquel sentido de esperanza por nuestro futuro colectivo, que se había casi extinguido, ahora se está comenzando a despertar.

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

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