Supongamos que vivimos en un mundo donde el sufrimiento siempre ocurre de una manera justa y proporcional. El sufrimiento nunca sería brutal o al azar o aparentemente injusto; siempre sería proporcionado, justo y justificadamente merecido, y siempre tendría un propósito.

En tal mundo, cuando nos enfrentamos a una calamidad o un simple accidente, sería un evento bien merecido, una recompensa o un castigo.

suffering-young-manSi supiéramos que nuestras acciones causarían una consecuencia inmediata, ¿Quién se atrevería a cometer actos malvados? ¿No se sentirían todos obligados a cometer sólo buenas obras? Si ese tipo de recompensa o castigo robótico y automático ocurre en este mundo, ¿Podríamos realmente sentirnos libres para tomar decisiones morales? ¿Cómo podríamos desarrollar nuestro carácter moral – nuestras virtudes – si no fuéramos libres de intentar una decisión inmoral de vez en cuando, entonces ver y aprender de sus consecuencias?

En tal mundo, la moral sería reemplazada pronto por una prudencia calculadora y egoísta, y nuestra naturaleza espiritual no tendría espacio para desarrollarse. Si las recompensas y los castigos se convirtieran en una consecuencia inmediata, proporcional y visible de nuestros actos, nunca seríamos capaces de tener opciones morales ni hacer un uso constructivo de la adversidad. Así como los músculos de nuestros cuerpos requieren trabajo y esfuerzo para desarrollar su capacidad física, también nuestras mentes y almas requieren las pruebas morales y espirituales que el sufrimiento trae.

Dios creó el universo con esta capacidad de auto-regulación, con autonomía y libre albedrío, dotándolo de leyes y estructuras naturales estables, con eventos y accidentes tanto buenos como malos. Sólo en un mundo con tales características podemos realmente desarrollar el estatus moral de un ser humano maduro.

Las contingencias del mundo juegan su parte en este proceso creativo divino, cuyo propósito nos permite a todos los que vivimos en este mundo autónomo, desarrollar libremente nuestros atributos morales y espirituales. En este mundo real, tenemos que tomar decisiones reales que implican riesgos y oportunidades; tenemos la libertad de hacer buenas o malas acciones; tenemos una posibilidad real de éxito o fracaso.

Si Dios constantemente nos protege del dolor y del sufrimiento, necesitaría constantemente interferir en las leyes naturales y cambiar el curso de los acontecimientos. Sería un mundo defectuoso. Si vivimos en un mundo paradisíaco libre de dolor, tensión y sufrimiento, nadie podría ayudar o lastimar a otros porque no habría imperfecciones, ni peligros, ni riesgos. Las elecciones morales que enfrentamos en este mundo nos dan la capacidad de desarrollarnos espiritualmente.

La lucha y el sufrimiento profundizan el alma. El mundo en que vivimos, donde nos encontramos con problemas, retos y dificultades, tiene las condiciones necesarias para provocar el desarrollo espiritual de la condición humana.

Las enseñanzas bahá’ís ven este mundo como un taller, como un lugar donde pruebas y ensayos nos preparan para la existencia espiritual eterna que todos, un día, encontraremos. En una carta a una madre que perdió a un hijo, ‘Abdu’l-Bahá escribió:

¡Oh bienamada sierva de Dios! Aunque la pérdida de un hijo es, en verdad, algo desgarrador y está más allá del límite de lo que un ser humano puede soportar, alguien que sabe y comprende tiene la seguridad de que el hijo no ha sido perdido sino que, más bien, ha pasado de éste a otro mundo, y que le encontrará en el dominio divino. Esa reunión será para la eternidad, mientras que en este mundo la separación es inevitable y causa un ardiente dolor. – Selección de los escritos de ‘Abdu’l-Bahá, página 267.

‘Abdu’l-Bahá describe la pérdida de un niño como una dificultad que excede la resistencia humana, lejos de ser proporcional o justa. Cuando nos enfrentamos a terribles tragedias como ésta, experimentamos el enorme dolor que puede existir en este mundo material. Tal sufrimiento, con su carácter aleatorio y su dolor abrumador, tiene un propósito: ara el suelo del alma y nos prepara para lo eterno.

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