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Empecé a escribir canciones a los doce años y en ese momento ya era consciente de una doble experiencia que ocurría dentro de mí durante este proceso.

Una parte intentaba escribir inteligentemente, para rimar, para ser interesante. Otra parte era simplemente “ser”, hacer espacio para la quietud profunda, escuchar, ser honesto, hablar lo que quería que se hablara. Las canciones que fluyeron a través de mí fueron las historias de mi vida, una forma de eliminar el dolor y encontrar la curación. Inconscientemente en ese momento, estaba escuchando con mi corazón y mi alma las canciones del espíritu:

“¡Oh amigo Mío! Escucha con alma y corazón los Cánticos del Espíritu y atesóralos como a tus propios ojos”. – Bahá’u’lláh, Los siete valles, p. 37.

Mi madre dejó nuestra familia cuando yo tenía diez años. No había Dios en nuestro hogar, ni espiritualidad, al menos nada intencional o nombrado. Mis padres eran personas muy buenas, que estaban hacían bien en el mundo, pero carecían de aquel elemento que los uniría durante  las pruebas más profundas: un vínculo espiritual.

Por alguna razón, incluso cuando era niña creía en Dios, místicamente, como un océano hecho de amor. Me sentí muy agradecida por esto, aunque lo guardé para mí misma por muchos años. Alrededor de la edad de dieciocho años empecé a comprender que las pruebas que se nos presentaban eran en realidad como regalos disfrazados: regalos del Creador diseñados para ayudar a nuestras almas a crecer y desarrollarse. Esto cambió todo para mí y me ayudó a entender que todo nos conduce hacia el Amado:

“¡Oh hermano! No en todo el mar hay perlas, ni toda rama florece, ni tampoco trinará el ruiseñor sobre todas ellas. Esfuérzate, entonces, para que -antes que el Ruiseñor del Paraíso Místico se retire al Jardín de Dios y vuelvan los rayos del Alba Celestial al Sol de la Verdad- quizás en este cúmulo de polvo del mundo mortal, puedas aspirar una fragancia del Jardín Sempiterno y vivir para siempre a la sombra de las gentes de esta Ciudad. Y cuando hayas llegado a este estado sublime y alcanzado este poderosísimo Plano, verás al Amado y te olvidarás de todo lo demás”. – Ibid., p. 21.

Durante mi juventud, cada vez que compartía mis canciones, me sentía obligada a tomarme un momento para calmarme, para calmarlo todo, para que algo más hermoso que pudiera crear pudiera fluir a través de mí. No entendía el porqué de esta práctica; era completamente intuitiva, guiada por lo que yo llamaría misterio o gracia. Este método de escucha o meditación sería lo que guiaría mi canto y lo que me animaría a saciar mi creciente curiosidad sobre la espiritualidad inherente a todas las religiones del mundo:

“La meditación es la llave que abre las puertas de los misterios. En ese estado, el ser humano se abstrae; en esa actitud se aísla de todos los objetos que le rodean; en este estado subjetivo se sumerge en el océano de la vida espiritual, y puede descubrir los secretos de las cosas en sí mismas”. – Abdu’l-Bahá, La sabiduría de Abdu’l-Bahá, pp. 211-212.

Esta práctica meditativa me ayudó a aprender que en el fondo todas esas religiones estaban profundamente conectadas. Cuando tenía veintitantos años, después de mucho tiempo de búsqueda, encontré la Fe Bahá’í, mientras cantaba en un proyecto cinematográfico. Las enseñanzas bahá’ís de revelación progresiva, de la unidad esencial de todas las religiones, resonaron profundamente en mi espíritu.

¡OH VOSOTROS MORADORES DEL SUPREMO PARAÍSO!
Proclamad a los hijos de la certeza que en los reinos de santidad, cerca del paraíso celestial, ha aparecido un nuevo jardín alrededor del cual circulan los habitantes del reino en lo alto y los moradores inmortales del exaltado paraíso. Esforzaos entonces por alcanzar aquel sitio para que de sus anémonas desentrañéis los misterios del amor y aprendáis el secreto de la divina y consumada sabiduría de sus eternos frutos. ¡Solazados sean los ojos de quienes entran y habitan allí! – Bahá’u’lláh, Las palabras ocultas, p. 27.

En estas sagradas escrituras encontré la fuente, la inspiración, la emanación de las verdaderas canciones del espíritu, la encarnación del amor y la curación. Muchas de mis canciones nacen de la herida que tuve durante mi infancia. Muchos son sobre el amor.

A veces me pregunto sobre las historias de esta Tierra, las historias en mis canciones. ¿Debo cantar sobre el amor para sanar las heridas o, por el anhelo de mi alma de estar unida al Bienamado? Tal vez esos anhelos son en realidad solo uno. Una cosa es segura: cada una de ellas serán suavizadas y transformadas por las canciones del espíritu.

“En verdad, hemos hecho de la música una escala para vuestras almas, un medio por el cual puedan ascender al dominio de lo alto…”. – Bahá’u’lláh, El Libro Más Sagrado, p. 59.

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