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“Sobre la más íntima realidad de cada cosa creada, Él ha derramado la luz de uno de Sus nombres, y la ha convertido en depositario de la gloria de uno de Sus atributos. Sin embargo, en la realidad del hombre Él ha concentrado el esplendor de todos Sus nombres y atributos y ha hecho de ella un espejo de Su propio Ser”.

“Estando así cerrada la puerta del conocimiento del Anciano de Días ante la faz de todos los seres, la Fuente de gracia infinita ha hecho que […] aparezcan del dominio del espíritu aque­llas luminosas Joyas de Santidad, en la noble forma del templo humano, y sean reveladas a todos a fin de que comuniquen al mundo los misterios del Ser inmutable y hablen de las sutilezas de Su Esencia imperecedera. Estos Espejos santificados, estas Auroras de antigua gloria, son todos y cada uno los Exponentes en la tierra de Aquel que es el Astro central del universo, su Esencia y su Propósito último”- Pasajes de los Escritos de Bahá’’u’lláh, XXVII, 2 y XIX, 2.

En esta cita Bahá’u’lláh resume los tres niveles distintos y complementarios por los que el hombre puede conocer a Dios: a través de las cosas creadas, hallándole en el interior de uno mismo y de las demás personas, pero sobre todo a través de esos Seres tan especiales que Dios ha querido escoger para manifestar más plenamente su divinidad y transmitir su Palabra. Bahá’u’lláh Les llama por eso “Manifestaciones de Dios”, aunque también se les ha aplicado los títulos de “Mensajero de Dios”, “Hijo de Dios”, “Avatar” o “Profeta”.

Lo mismo que cada cosa refleja algún color de la luz, así también refleja un atributo de Dios. Los seres humanos somos como charcos de agua donde se puede vislumbrar la belleza del Sol. Pero hay unos espejos tan puros que en verdad podemos ver al Sol en ellos. El Sol no baja de su excelsitud, pero de alguna forma está en el espejo.

Bahá’u’lláh se refiere así a los tres métodos por los que podemos conocer a Dios:

1) A través de las cosas:

“Todo lo que hay en los cielos y en la tierra es prueba directa de la revelación en sí de los atributos y nombres de Dios, ya que en cada átomo están atesoradas las señales que dan testimonio elocuente de la revelación de aquella Muy Grande Luz. […] «Ninguna cosa he percibido sin percibir a Dios dentro de ella, a Dios antes de ella o a Dios después de ella»”- Ibídem, XC.

2) A través de uno mismo:

“Esto, en grado sumo, es aplicable al hombre, quien, entre todas las cosas creadas, ha sido investido con el manto de tales dones y señalado para la gloria de tal distinción. Pues en él se hallan revelados potencialmente todos los atributos y nombres de Dios en un grado que no ha sido superado ni excedido por ningún otro ser creado”. […] Así El ha dicho: «El hombre es Mi misterio, y Yo soy su misterio». […] «Ha conocido a Dios quien se ha conocido a sí mismo» – Ibídem, XC.

3) A través de los Mensajeros de Dios:

“Y de todos seres humanos son las Manifestaciones del Sol de la Verdad los más perfectos, los más distinguidos y los más excelsos. Es más, todos excepto estas Manifestaciones viven por la acción de Su Voluntad, y se mueven y existen por las efusiones de Su gracia”- Ibídem, XC.

Estas tres formas posibles de conocer a Dios explican por qué los seres humanos han conectado con la divinidad a través de esquemas y prácticas religiosas tan distintas.

  • A través de las cosas: las religiones originarias, como el animismo, el chamanismo y las múltiples formas con que los pueblos más primitivos han reverenciado lo divino que encuentran en el sol, las estrellas, el rayo, las aguas y en toda la naturaleza, a la que luego han personalizado, a su manera, en espíritus o dioses, y han representado con imágenes (ídolos) o fetiches.
  • A través de uno mismo: las religiones oceánicas conectan con lo trascendente a través de la meditación y el conocimiento de uno mismo como en muchas corrientes de la India, en el budismo y también en tantas formas de espiritualidad interior que hoy lo buscan sin intermedio de las religiones.
  • A través de la revelación de Dios a un ser especial, que en las religiones proféticas se considera un Profeta, un Hijo de Dios, un Mensajero, como en el zoroastrismo, judaísmo, cristianismo, islam, Fe bahá’í, y también los Avatares del hinduismo.

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