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Como escritora, siempre estoy buscando ideas, aunque rara vez tengo que buscar muy lejos.

Ser curioso tiene sus recompensas, ya que interesarme por las personas, los lugares y los eventos me mantiene involucrada y en un modo continuo de aprendizaje.

Parece que estoy en una noble esfuerzo, considerando esta cita de Albert Einstein:

Lo importante es nunca dejar de hacer preguntas. La curiosidad tiene su propia razón de ser. Uno no puede dejar de estar asombrado cuando contempla los misterios de la eternidad, de la vida, de la maravillosa estructura de la realidad. Nunca pierdas la santa curiosidad.

En la cita de Einstein, la frase “santa curiosidad” me llamó la atención. La curiosidad, ¿santa? Tuve que examinar bien esta idea y, como era de esperar, encontré referencia de esta idea dentro de las enseñanzas bahá’ís.

Quizás, ante todo, podemos considerar el principio de la investigación independiente de la verdad. Abdu’l-Bahá escribió:

…cada uno debería ver con sus propios ojos, escuchar con sus propios oídos e investigar la verdad por sí mismo para seguir la verdad en vez de la ciega aquiescencia e imitación de creencias ancestrales. – La promulgación a la paz universal, pág. 442.

Esto no significa que deba rechazar todo lo que se me ha dicho, pero sí me anima a considerar la fuente de las ideas, a decidir por mí misma lo que es verdadero y a responsabilizarme de mis propios pensamientos y creencias.

Otro principio relacionado nos pide que consideremos la época histórica de las ideas. Mientras que las verdades espirituales son eternas, las enseñanzas sociales avanzan y progresan a través del tiempo. Abdu’l-Bahá dijo: Las exigencias de la hora presente demandan nuevos métodos de solución; los problemas mundiales no tienen precedente”. – Ibid., pág. 155.

Cuando considero cómo ha cambiado el mundo a lo largo de los años (sin mencionar los siglos), tiene sentido que la orientación, y esto incluye la orientación religiosa, deba renovarse y replantearse para que sea relevante y aplicable. Como bahá’í, creo que Dios guía a la humanidad a través de una sucesión de Mensajeros Divinos, siendo Bahá’u’lláh el último:

Así como el cuerpo del hombre necesita vestidura para cubrirse, asimismo el cuerpo de la humanidad debe ser necesariamente adornado con el manto de justicia y sabiduría. Su atavío es la Revelación que Dios le ha concedido. Cada vez que este atavío haya cumplido su propósito, el Todopoderoso de seguro lo renovará. Porque cada edad requiere una medida adicional de la luz de Dios. Cada Revelación divina ha sido enviada de modo que corresponda a las circunstancias de la época de su aparición. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pág. 42.

La investigación cerebral ofrece evidencia de que el rasgo de la curiosidad, especialmente cuando se practica durante toda la vida, contribuye tanto a la salud cerebral como a la resistencia a la demencia temprana. Eso me hace pensar que estamos programados para pensar y nunca dejar de crecer. Si bien esto todavía se está investigando, ofrece una razón más para cultivar la curiosidad como un hábito de por vida.

Cuando se considera a gran escala, encontramos que la curiosidad fomenta la creatividad, la ciencia, la innovación y las artes. Un ejemplo simple podría ser un ingeniero que diseña una nueva técnica; un químico que descubre las propiedades de una sustancia; un artista que trabaja con nuevos materiales; y un cineasta que prueba nuevas cámaras y luces. Verdaderamente la lista es interminable.

En una escala más pequeña e individualizada, la curiosidad puede generar nuevas amistades, por ejemplo, conocer nuevos vecinos. Puede introducir nuevas aficiones e intereses externos, ya que intento cosas nuevas y me pueden resultar agradables. Puede ofrecer ideas nuevas, ya que leo nuevos autores o escucho una estación de radio diferente. La curiosidad me mantiene humilde, ya que soy testigo de lo que hacen los demás y lo aprecio.

La curiosidad también abre mi mente a nuevas interpretaciones y percepciones. Esto puede suceder al releer un libro o volver a ver una película. Con frecuencia me aparece un detalle o una pista que anteriormente se había pasado por alto. Darme cuenta de que este es el caso, me mantiene en un estado de aprendizaje continuo. No hay tal cosa como “haber acabado”; siempre hay más que aprender y entender.

Las enseñanzas bahá’ís dejan claro que el propósito último de la educación es reconocer las realidades, trabajar hacia la unidad y experimentar la comunión con todos los pueblos. Más allá de las cosas educativas o entretenidas que puedo aprender, ¿qué puedo usar para el bienestar de los demás? Esa pregunta merece más consideración y es lo suficientemente sagrada incluso para Einstein.

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