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La más antigua de las instituciones humanas, la familia, siempre ha estado con nosotros, profundamente grabada en nuestra psique social.

En todo el mundo, la unidad familiar aparece en muchas formas diferentes, pero a pesar de las variaciones, todas tienen el mismo propósito: satisfacer nuestra necesidad básica de pertenencia.

La familia forma una compleja red de relaciones unidas por el amor mutuo y la reciprocidad de confianza, basadas en un pacto de promesas ofrecidas y mantenidas, además de la voluntad de compartir lo que tenemos entre nosotros.

En el mejor de los casos, la familia se sostiene a sí misma mediante el intercambio de bondades, a menudo demasiado pequeñas para ser notadas y demasiado grandes para ser olvidadas. Ese intercambio de bondades nutre los lazos familiares, unifica su propósito y fomenta su amor creciente.

Cada familia es diferente, y cuando está a la altura de su verdadera naturaleza, tiene el potencial de convertirse en una familia excepcional. La resonancia única de cada familia proviene de la individualidad armoniosa de sus miembros. Las enseñanzas bahá’ís dicen que la familia es un coro en el que cada uno de nosotros nos turnamos para cantar la melodía del solista y la armonía del coro:

Cuando hay unidad en una determinada familia, observad con qué facilidad se conducen los asuntos de esa familia, cómo progresan sus miembros, cómo prosperan en el mundo. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 209.

La familia es una nación en miniatura. Simplemente agrandad el círculo del hogar y tendréis la humanidad. Las condiciones que rodean a la familia rodean a la nación. Las condiciones que rodean a la familia rodean a la nación. Los acontecimientos de la familia son los acontecimientos en la vida de la nación. – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, pág. 171.

Desde el inicio de los tiempos, la institución de la familia nos ha permitido identificar quiénes somos por nuestras relaciones con los demás. Los términos que encontramos dentro de ella son inclusivos y recíprocos: somos llamados “hijo” o “hija” porque llamamos a otros “madre” y “padre”. Es lo mismo entre tías y sobrinas, tíos y sobrinos, hermanos y hermanas, esposas y esposos. Estas relaciones han sido formalizadas por cada cultura del mundo en estructuras complejas de parentesco que sirven para definir nuestros derechos y responsabilidades sociales. A lo largo de los siglos, los sistemas sociales que han surgido de estos parentescos pueden haber cambiado, pero la unidad familiar sigue siendo la base del orden social y la estabilidad.

La institución de la familia es un don de Dios, cuyo propósito es proporcionarnos los cimientos para la sociedad y un entorno propicio para el crecimiento espiritual continuo. Por estas razones, la familia se considera sagrada en todas las religiones; es una institución sagrada para el establecimiento del amor y la afinidad en el mundo. El compromiso espiritual inherente en el matrimonio forma el núcleo de la familia. Las enseñanzas bahá’ís explican que cuando el esposo y la esposa se vuelven hacia Dios, la Palabra de Dios los acerca y fortalece su relación, produciendo resultados poderosos.

El vínculo matrimonial tiene implicaciones sociales, materiales y espirituales de gran alcance, tanto en sus obligaciones como en sus recompensas.

Más allá de la noción de la legitimación de una relación a largo plazo o un mero contrato legal entre dos personas, el verdadero matrimonio expresa la unidad que une a ambas partes entre sí y con todos los demás miembros de la familia. El compromiso sagrado del matrimonio se extiende más allá del amor, el honor y el respeto que mostramos hacia nuestra pareja; es la voluntad de participar en el bienestar de toda la familia, independientemente de su estructura.

La institución del matrimonio no puede ser aislada de la institución de la familia. Los votos que hacemos al primero se aplican igualmente al segundo. Estamos casados con el destino de nuestro cónyuge, los hijos que criamos y los hijos de nuestros hijos. Nuestras vidas se vinculan y se entrelazan a medida que nos nutrimos mutuamente. Esto sucede con la familia entera. En muchas ocasiones nos encontramos contribuyendo a la buena fortuna de nuestros hermanos y suegros, incluso las relaciones distantes en los márgenes de nuestro árbol genealógico. De cualquier manera en que estemos relacionados, compartimos las vidas de los demás.

Los mayores beneficios que podemos obtener al ser parte de una familia son más espirituales que materiales; de hecho, algunos pueden argumentar que tener una familia puede ser una pérdida para nuestro bienestar material. Estamos bendecidos con la oportunidad de afectar y ser afectados por las vidas de nuestros familiares. La familia es un proyecto continuo de desarrollo social, económico y espiritual. Y, como veremos en los siguientes ensayos, es el modelo y el componente básico de comunidades y naciones por igual.

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