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El otro día, mientras hacía las compras, el hijo de otra persona estalló en una rabieta total justo en frente de mi carrito de compras. Dio un gran espectáculo.

Esto fue lo que vi: el niño, un pequeño y lindo niño de unos cuatro o cinco años, quería una caja de cereales Cocoa Puffs. Su madre dijo que no. “¿Azúcar puro para el desayuno?” dijo ella, “no lo creo, cariño. No es bueno para ti”. El niño suplicó y suplicó. Ella sonrió y negó con la cabeza. Entonces, se puso a llorar. Comenzó a gritar, en el volumen más alto que sus diminutos pulmones podían producir, llenando toda la tienda. Su madre trató de callarlo, en vano. Él se arrojó al suelo y se revolvió como si estuviese sufriendo un tormento físico, gritando a gran volumen, tirando cajas de cereales de los estantes, haciendo que su enojo y su infelicidad fueran evidentes para todos.

De repente, mientras trataba de bloquear el increíble ruido que el descompensado niño producía, mi mente lo vio cuarenta años en el futuro, como un líder político o un general cuya ira irracional estaba llevando a una nación entera a la guerra.

Los adultos también tienen rabietas, ya sabes, pero cuando los ponemos a cargo de millones de personas, sus colapsos crean mucho más daño.

De todos modos, mi repentina e inesperada visión me hizo reflexionar, durante todo el día y durante la noche, sobre la naturaleza de la racionalidad humana.

Somos seres racionales, claro, pero todos tenemos poderosos impulsos emocionales, irracionales, también, como lo demuestra ampliamente la rabieta del niño de los cereales. Si sobrevivimos a las rabietas de nuestra propia infancia y nos convertimos en adultos maduros y sensibles, aprendemos a evaluar de manera consciente y racional los hechos de una situación y a ignorar esos impulsos. Pero nadie se escapa de ellos por completo; si quiere una prueba, simplemente lea un periódico o vea las noticias. Verá a los supuestos adultos actuando de manera completamente irracional todos los días, acciones que ocasionan daños a sí mismos o a los demás.

Es por eso que las instituciones fundamentales de la civilización humana son necesarias: los gobiernos, el estado de derecho y los sistemas religiosos, para ayudarnos a actuar de forma racional, sin que perjudiquemos a nadie. Sin esas instituciones civilizadoras, la humanidad podría descender de nuevo al caos y la barbarie tribal. Una reciente entrevista en el New York Times con el científico de Harvard y renombrado autor Steven Pinker me recordó este hecho. El entrevistador le preguntó: “Entonces, ¿necesitamos instituciones como el gobierno para que nos ayude a actuar racionalmente?”, Pinker respondió:

Ninguno de nosotros estamos cerca de ser perfectos. Los científicos mismos no son completamente racionales. Podemos establecer instituciones que brinden una mayor racionalidad de lo que cualquiera de nosotros es capaz de hacer individualmente, como la revisión por pares, como la libertad de expresión, como una prensa libre, como la prueba empírica, normas e instituciones que nos hagan más racionales colectivamente que cualquiera de nosotros individualmente. – El Dr. Steven Pinker, en una entrevista con Karen Weintraub, ” Steven Pinker piensa que el futuro se ve brillante: el psicólogo de Harvard dice que no es un optimista de ojos brillantes. Es solo que los datos no mienten “, The New York Times, 19 de noviembre de 2018.

Después de leer aquella reflexiva entrevista, además del último libro del Dr. Pinker, Enlightenment Now, comencé a contemplar la facultad racional humana, y encontré este pasaje asombroso de Bahá’u’lláh:

Considera la facultad racional con que Dios ha dotado la esencia del hombre. Examínate a ti mismo y observa cómo tu movimiento y quietud, tu voluntad y propósito, tu vista y oído, tu olfato y poder de expresión, y todo aquello que esté en relación con tus sentidos físicos o percepción espiritual, o los trascienda, procede de la misma facultad y deben su existencia a ella. Están tan íntimamente ligadas a ella, que si en menos de un abrir y cerrar de ojos, su relación con el cuerpo humano se interrumpirá, cada uno de estos sentidos cesaría inmediatamente de ejercer su función y sería privado del poder de manifestar los signos de su actividad. Es indudablemente claro y evidente que cada uno de los medios anteriormente mencionados ha dependido y continuará dependiendo para su propio funcionamiento de esta facultad racional, que debe ser considerada como un signo de la revelación de Aquel quien es el soberano Señor de todo. Mediante su manifestación, todos estos nombres y atributos han sido revelados y por la suspensión de su acción todos son destruidos y perecen…

Si ponderares en tu corazón, desde ahora hasta el fin que no tiene fin, concentrando toda la inteligencia y entendimiento que las más grandes mentes han logrado en el pasado o lograrán en el futuro, esta Realidad sutil y divinamente ordenada, este signo de la revelación del Dios Viviente y Todo Glorioso, aun así no comprenderás su misterio ni podrás valorar su virtud. Habiendo reconocido tu impotencia para lograr un entendimiento adecuado de aquella Realidad que mora dentro de ti, admitirás prontamente la inutilidad de los esfuerzos que intentes tú o cualquiera de las cosas creadas, en sondear el misterio del Dios Viviente, el Sol de gloria que no se desvanece, el Antiguo de los días sempiternos. Esta confesión de impotencia, que finalmente la contemplación madura debe impulsar cada mente a hacer, es en sí la cima del entendimiento humano y marca la culminación del desarrollo del hombre. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pág. 86-87.

“Considera la facultad racional”, dice Bahá’u’lláh, y luego “… admitirás prontamente la inutilidad de los esfuerzos … en sondear el misterio”.

Nuestra facultad racional, nuestra habilidad exclusivamente humana para aplicar la lógica, el pensamiento de nivel superior y el juicio moral a nuestras motivaciones y acciones, trasciende los sentidos. Alimenta nuestra conciencia, define nuestra realidad humana e ilumina nuestras almas, aun cuando no tengamos forma de poder comprenderla o entenderla por completo. La capacidad de actuar racionalmente nos define como humanos.

Todos poseemos esta notable realidad interior, esta alma racional. Las enseñanzas bahá’ís nos piden que las usemos para nuestro propio beneficio y para el beneficio de la humanidad.

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