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Atravesé un momento oscuro, estuve a la deriva y vagando por los caminos de la ilusión durante el invierno pasado, sin hacer caso de los muchos signos que Dios me dio para volver y presenciar la antigua belleza de todo lo que existe.

Así que decidí ayunar, sentí que aquello me conduciría a algo más importante en la vida, o al fracaso. No sabía a dónde iba ni qué buscaba exactamente, pero necesitaba volver a amar, necesitaba una idea real de qué es el hogar, necesitaba encontrar la manera de dominar las condiciones y las pruebas del yo. Necesitaba encontrar la forma de liberarme de mis historias de trauma infantil que me definían y crear una nueva historia para mí.

Cuando decidí ayunar, acepté mi destino: que o bien podría salvar mi vida o sería la muerte para mí. Aunque mi enfoque ingenuo estaba en las modalidades físicas del ayuno, la intención era espiritual. Muchos de mis compañeros me han considerado una persona espiritual, pero poco sabía de la profundidad oceánica de la verdadera espiritualidad, sus cualidades, virtudes y atributos que nacen de la sumisión a nuestro Creador:

“…porque este ayuno físico es símbolo del ayuno espiritual. Este ayuno conduce a limpiar el alma de todos los deseos egoístas, a adquirir atributos espirituales, a ser atraído por las brisas del Todomisericordioso y a encenderse con el fuego del amor divino”. – Abdu’l-Bahá, Pasaje de los escritos de Abdu’l-Bahá, p. 53.

Durante ese tiempo, un anciano, quien conocí en una cabaña de sudación en que se hace un ritual de sudor llevado a cabo por nativos americanos, constantemente dejaba caer perlas de sabiduría en nuestras conversaciones. Durante su travesía espiritual en la India, recibió el título de swami. Swami significa profesor o maestro y él era un verdadero yogui más allá de los límites del Yoga estadounidense. Me dijo que no estaba realmente en ayunas, ya que mi única condición era abstenerme de alimentos sólidos. Solo ingeriría líquidos, agua, zumo recién exprimido, té, etc. De las muchas sugerencias que él me dio durante mi búsqueda de la verdad, las que tomé fácilmente fueron el estudio del Cantar de Dios revelado en los Vedas, conocido como el Bhagavad Gita. También estudié el libro “Autobiografía de un yogui”.

Durante el tiempo de ayuno, encontré un lugar decente donde vivir en un tráiler en la propiedad de personas muy generosas y amorosas que apenas me conocían: una oración contestada por la Ceremonia de sudor de los nativos americanos y una gran mejora de una reciente etapa de indigencia. Sin embargo, no tenía las facilidades para mis cubrir necesidades de baño y ducha, así que visitaba un café local casi todos los días durante un año y veía a gente conocida allí.

Fue durante este tiempo de mi ayuno intencional cuando conocí a un bahá’í y me sumergí en el océano de todos obsequios de la Fe bahá’í.

Después de un par de semanas de ayuno, me encontraría con un hermano espiritual y amigo que cambiaría mi vida. El 1 de marzo de 2017, conocí a un grupo de caballeros mayores, a los que los dueños del café de llamaban “los muchachos”. El primer miembro de este grupo se convertiría en mi hermano bahá’í, el Dr. Ed Bauman. Aunque había visto a este individuo alto y amable durante un año, recién nos conocimos cuando leía “Autobiografía de un yogui” y meditaba. Nos conectamos rápidamente en una elevada conversación sobre la naturaleza espiritual. El 2 de marzo, escuché la palabra Bahá’í por primera vez, en referencia al ayuno bahá’í que comenzó ese día, y mi alma se incendió.

Ese fuego se encendería, crecería y daría lugar a gloriosas bendiciones y cambios en mi vida. En cuestión de semanas ya estaría asistiendo a devociones espirituales, reuniones y comenzaría el proceso de aprendizaje estudiando el libro bahá’í Reflexiones sobre la vida del Espíritu.

A lo largo de todo, seguí ayunando. Terminé mi ayuno al finalizar el ayuno bahá’í de 19 días, con esto mi ayuno duró al menos 40 días. Rompí el ayuno en compañía de mi nueva comunidad comiendo 20 arándanos. Era Naw Ruz, una antigua celebración persa y bahá’í de Año Nuevo en el primer día de primavera, y un momento muy alegre para mí cuando rompí mi ayuno por primera vez en mi vida en comunidad con otros. Me enamoré de tantos aspectos de esta Fe y de la comunidad Bahá’í. Me tocó el corazón, mientras una y otra vez revelaba verdades mayores.

En la Pascua de 2017, convoqué a una ceremonia de sudor. “Llamar al sudor” se hace al llevar tabaco como una ofrenda a mi familia. Le di mi ofrenda a un anciano y compartí mis intenciones de “llamar al sudor”.

A este ritual de sudor en particular, invité a mis nuevos amigos bahá’ís, el Dr. Ed Bauman y su esposa Chris. Llegué temprano y comencé la preparación para el fuego ceremonial, mientras también caía en cuenta que sería la persona encargada del fuego en la ceremonia. Algunas personas nuevas estarían presentes. Un caballero con un terrible cáncer de garganta estaría suplicando humildemente al Creador dentro de la cabaña de sudor. Este hombre era conocido por mis amigos bahá’ís, una afortunada validación de un día bendito. Mientras me había preparado para el servicio de ser la persona encargada del fuego, me avisaron antes de la ceremonia que también sería yo quien vertería el agua, un gran honor y bendición. Verter el agua significa que estás pensando en todos los que están allí, así como en todos los elementos que dieron lugar a esta ceremonia, incluido Dios. Fue un tremendo refuerzo en mi camino hacia el Creador al ser invitado a verter agua.

Declaré mi fe en Bahá’u’lláh y me convertí en bahá’í una semana después, el 21 de abril de 2017, un día antes de mi cumpleaños. Ese día da inicio a la celebración bahá’í del Ridván, que significa “paraíso”, es un momento especial en la Fe Bahá’í, y marca de mi renacimiento en una verdad, realidad y causa más grande.

La mayoría de los excelentes cambios en mi vida se producirían tan pronto como comenzara a escuchar el mensaje de Bahá’u’lláh y aprender a decir su nombre. Era como ver la luz temprano en la mañana, tan brillante que tienes que entrecerrar los ojos para poder ver, mientras te pones las manos sobre las cejas como si fuesen unos visores para tener una mejor visión. El nombre de Bahá’u’lláh no fue fácil de decir al principio; tuve que acostumbrarme a la luz.

En ese proceso, mi vista interior se expandió a una visión mundial y gracias a la generosidad de Bahá’u’lláh pude ver en el amanecer y en la oscuridad.

Tendría más rituales de sudor como bahá’í antes de que la cabaña necesitara ser reconstruida. Cada vez que era yo quien “llamaba al sudor”, la revelación de los escritos bahá’ís se hizo más profunda en mí. Nuevas pruebas y tribulaciones se presentarían desde el principio, poniendo a prueba mi constancia y firmeza mientras esto validaba la sabiduría y el poder, el verdadero remedio y la salvación que la Fe Bahá’í contiene en sus escritos y actividades.

Tengo ganas de hacer otra ceremonia de sudor, pero fuera del ritual en sí, he encontrado verdadero consuelo y auténtica libertad en ser bahá’í, al someter mi voluntad personal a la fuerza de voluntad divina. Convertí mi “no” al Creador en un “sí”, un “sí” que cumpliré con las leyes y obligaciones establecidas en la dispensación más reciente del Creador. Hoy soy bahá’í y eso continuará hasta el día de mi muerte, y cuando haga aquella transición, espero seguir siendo bahá’í.

Un amigo bahá’í persa dijo el día que declaré “Me estoy convirtiendo en bahá’í”: “Que todo el mundo se ilumine con la luz de esta gloriosa revelación”.

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