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A lo largo de los anales de la historia registrada, a través de diversas civilizaciones, reinaba una concepción común de una deidad: un patriarca barbudo que surgió de sociedades dominadas por los hombres.

Mucho antes de que surgieran las religiones abrahámicas, la civilización egipcia tenía a Amun-Ra, los griegos tenían a Zeus y las culturas nórdicas adoraban a Odín. Antes de la aparición del monoteísmo, estos dioses patriarcales, de figura paterna, representaban al señor de los señores y al líder de los otros dioses y diosas. A menudo representados como un anciano sabio con una larga barba, los todopoderosos dioses patriarcales lanzaban rayos y arrancaban árboles en su ira.

Incluso durante las dispensaciones de los fundadores de las religiones monoteístas abrahámicas y las religiones no abrahámicas, gran parte de la humanidad siguió concibiendo a Dios como una figura paterna. En el judaísmo, Dios es conocido por muchos nombres como Señor de los ejércitos, Jehová, Yahvé y Gloria de Dios. Curiosamente, uno de los nombres de Dios en el judaísmo es el Padre Eterno:

¿Así pagáis a Jehová, Pueblo loco e ignorante? ¿No es él tu padre que te creó? Él te hizo y te estableció. – Deuteronomio 32: 6.

Incluso en el cristianismo, muchos conciben a Dios como “El Padre Eterno” y a Jesús como el Hijo de Dios:

Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. – 1er Juan 3: 1.

Esta concepción de Dios va más allá de las creencias abrahámicas. Muchas versiones de las religiones védicas, el hinduismo y el cudismo, también retratan al Señor como un patriarca. En el caso del hinduismo, a menudo a Dios se le llama Brahma, una de las muchas deidades masculinas que la Fe reconoce.

Esta tradición largamente imaginada de un Dios patriarcal nos ha seguido hasta la modernidad, e impulsó una rebelión y un eslogan: “¡Aplasten al patriarcado!” La imagen mental de una deidad masculina dura, tan antitética a los valores humanistas y feministas, ahora parece represiva, rígida e inhumana.

Las enseñanzas bahá’ís, sin embargo, ven a este Dios patriarcal como una reliquia de una época pasada, y nos piden a todos que abandonemos esta concepción por completo:

Es evidente para todo corazón perspicaz e iluminado que Dios, la Esencia incognoscible, el Ser divino, es inmensamente exaltado por encima de todo atributo humano, tal como existencia corpórea, ascenso y descenso, salida y retorno. Lejos está de su gloria el que lengua humana pueda apropiadamente referir su alabanza, o que corazón humano pueda comprender su misterio insondable. Él está y ha estado siempre velado en la antigua eternidad de su Esencia, y permanecerá en su realidad eternamente oculto a la vista de los hombres. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pág. 24.

Los bahá’ís no perciben a Dios como un padre literal, sino como una entidad que cumple el papel metafórico de una figura paterna para la humanidad, en el sentido de que Dios nos cría, nos protege y nos cuida de manera similar a un padre físico. La imagen patriarcal, entonces, es solo eso, una imagen, no una realidad. Todas las concepciones humanas de Dios, dicen las enseñanzas bahá’ís, están muy lejos de la esencia incognoscible de su ser. Incluso nuestro lenguaje revela su pobreza e insuficiencia al tener que usar pronombres como “Él” o “Ella” para referirnos al Creador, cuya realidad es incomprensible y no puede ser concebida por humanos, ni con nada visto o invisible:

En su esencia, la Naturaleza es la encarnación de mi Nombre, el Hacedor, el Creador. Sus manifestaciones están diversificadas por diferentes causas, y en esta diversidad hay signos para los hombres de discernimiento. – Bahá’u’lláh, Las Tablas de Bahá’u’lláh, pág. 94.

Las enseñanzas bahá’ís nos piden que nos elevemos por encima de todas las percepciones humanas incompletas y defectuosas del único Creador, y evolucionemos nuestra comprensión de una representación arcaica y físicamente tangible de una figura paterna patriarcal a una Deidad a la que solo podemos comenzar por tratar de comprender sus atributos espirituales de amor, bondad y compasión, solo por nombrar algunos. Aunque no podemos conocer aquella Esencia incognoscible, podemos entender, hasta cierto punto, sus nombres y atributos, las cualidades espirituales que todos intentamos desarrollar en nuestros propios corazones y almas:

¡Por tu gloria! Cada vez que elevo mis ojos hacia Tu cielo, me trae a la memoria Tu excelsitud y Tu sublimidad, y Tu incomparable gloria y grandeza; y cada vez que vuelvo mi mirada hacia Tu tierra, me siento compelido a reconocer las evidencias de Tu poder y las señales de Tu generosidad. Y cuando observo el mar, encuentro que me habla de Tu majestad, de la potencia de Tu fuerza, y de Tu soberanía y de Tu grandeza. Y cuando quiera que contemplo las montañas, me llevan a descubrir los emblemas de Tu victoria y los estandartes de Tu omnipotencia. – Bahá’u’lláh, Oraciones y meditaciones bahá’is, pág. 235.

Sobre la realidad del hombre, sin embargo, Él ha concentrado el esplendor de todos sus nombres y atributos y ha hecho a ésta un espejo de su propio Ser. De todas las cosas creadas sólo el hombre ha sido escogido para recibir tan grande favor y tan perdurable generosidad. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pág. 34.

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