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Nuestro destino y éxito como sociedad dependen en gran medida de la actitud que tomemos hacia el desarrollo y el bienestar de nuestros hijos.

Criar hijos es potencialmente una de las experiencias más desafiantes y gratificantes de la vida. Si bien muchos dirán que la crianza de los niños es extremadamente difícil, la mayoría también señalará rápidamente, al igual que las enseñanzas bahá’ís, que todos estos desafíos valen el esfuerzo, el dolor, la frustración y el sacrificio:

Entre los más grandes de todos los servicios que el hombre tiene posibilidad de ofrecer a Dios Todopoderoso está la educación e instrucción de los niños… – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 101.

Esta aparente contradicción sugiere la profundidad y el alcance del amor presente entre padres e hijos, así que exploremos las responsabilidades particulares que enfrentan los padres cuando se esfuerzan por criar a sus hijos espiritualmente.

Los padres son responsables de crear un entorno en el que sus hijos puedan prosperar y crecer. Cumplir incluso los requisitos básicos para garantizar el sustento físico y la comodidad de un niño puede ser una tarea abrumadora en sí misma. Sin embargo, los padres también están obligados a crear condiciones favorables para un crecimiento intelectual y emocional saludable, para que sus hijos tengan la mejor oportunidad de alcanzar su máximo potencial como seres humanos.

Pero la responsabilidad más importante y de mayor alcance que tienen los padres es fomentar el desarrollo espiritual de sus hijos. Empoderados con las herramientas adecuadas para progresar espiritualmente, los niños florecerán y se convertirán en adultos felices, capaces y amorosos que comprenden su propósito en la vida, lo que significa que criar a los niños espiritualmente es uno de los mejores servicios que podemos ofrecer.

Esto implica enseñar a los niños el amor y la reverencia por Dios, la disciplina espiritual y la obediencia, y un sentido de moral y virtud. También implica acostumbrarlos a las dificultades y empoderarlos con las herramientas educativas y espirituales que necesitan para tener éxito en la vida. Ni los padres ni las comunidades pueden ignorar estas responsabilidades sin consecuencias graves.

Estas responsabilidades hacia los niños no son exclusivas de la relación padres-hijos. Si bien la responsabilidad principal de criar a los hijos es de los padres, la responsabilidad de la educación y la crianza de los niños también se extiende a la comunidad. Los padres no pueden tener éxito en sus esfuerzos para criar a sus hijos si la comunidad donde residen no les brinda las herramientas y el apoyo que necesitan, ni pueden tener éxito si la comunidad bombardea a sus hijos con mensajes conflictivos que socavan los esfuerzos de los padres.

Nuestros hijos constantemente observan y absorben nuestro ejemplo y actitudes. Después de todo, pasan prácticamente todas sus horas observando y aprendiendo. Lo que hacemos o dejamos de hacer como comunidad afecta el futuro de nuestros hijos y, como resultado, el futuro de la sociedad:

Los niños son el tesoro más precioso que puede poseer una comunidad, pues en ellos reside la promesa y garantía del futuro. Portan la semilla del carácter de la sociedad futura, semilla que en gran parte deriva su molde de lo que los adultos que constituyen la comunidad hacen o dejan de hacer con respecto a ellos. Son un fideicomiso que ninguna comunidad puede descuidar con impunidad.

Un amor omnímodo hacia los niños, la forma de tratarlos, la calidad de la atención que se les dispense, el espíritu de la conducta adulta hacia ellos – todos estos se cuentan entre los aspectos vitales que reclama esa actitud. El amor exige disciplina, el valor de acostumbrar a los niños a las dificultades, a no dar rienda suelta a sus caprichos, a no dejarlos enteramente a su albur. Debe mantenerse una atmósfera en la que los niños sientan que pertenecen a una comunidad y comparten su propósito. – La Casa Universal de Justicia, A los bahá’ís del mundo, 21 de abril de 2000.

Las enseñanzas bahá’ís dicen que la primera responsabilidad de criar a los hijos espiritualmente es enseñarles el amor y la reverencia hacia Dios, la base esencial para el desarrollo espiritual. Desde la edad más temprana, los niños se beneficiarán enormemente al ver a sus padres recurrir a Dios en busca de sustento y orientación espiritual. Enseñar a los niños a tener un profundo amor y reverencia por Dios asegura que querrán actuar de acuerdo con su voluntad y no solo la suya. Cuanto antes se alimente la idea de volverse a Dios en los niños, más profunda y natural será esa conexión.

Los escritos bahá’ís señalan repetidamente el valor de enseñar a los niños en la edad más temprana a amar a Dios y recordarlo:

…desde el comienzo mismo, los niños deben recibir educación divina y continuamente debe hacérseles recordar a su Dios. Que el amor de Dios llene su ser interior, mezclado con la leche de la madre. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 97.

Que procuren día y noche establecer en sus hijos la fe y la certeza, el temor de Dios, el amor hacia el Bienamado de los mundos y todas las buenas cualidades y características. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 95.

…los padres están en una situación crítica para conformar el desarrollo espiritual de sus hijos. Nunca deben subestimar su capacidad para moldear el carácter moral de sus hijos. Porque ejercen una influencia indispensable a través del ambiente del hogar que crean conscientemente. – La Casa Universal de Justicia, para los bahá’ís del mundo, abril de 2000.

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