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Tendemos a pensar que el prejuicio y la animosidad racial son puramente deficiencias sociales, pero también indican una grave deficiencia espiritual.

Esta afirmación puede parecer controvertida para algunos, pero muchos de nosotros la sentimos y la vivimos. La opresión construida en nuestra realidad social tiene un profundo impacto en lo que somos. Nuestro acceso a recursos como educación estable, atención médica de calidad y sensible, agua limpia y alimentos nutritivos están profundamente influenciados por el racismo.

Pero ¿qué hay de las cosas que borran la línea entre quienes somos socialmente y quienes somos en nuestro núcleo, o en nuestra alma? Los componentes espirituales de quienes somos, como nuestras actitudes sobre el amor, la generosidad y la confianza, o nuestra tendencia a ser inclusivos o críticos, también están profundamente influenciados por la raza y el racismo. Un ejemplo gigante: la supremacía blanca se opone directamente a la interconexión de la humanidad.

Cuando empezamos a darnos cuenta de que la raíz del racismo no solo es social, sino que vive en las venas y el corazón de nuestra sociedad, queda claro que las políticas y estructuras cambiantes solo pueden llevarnos hasta el momento. Se necesita hacer una gran cantidad de trabajo para erradicar el racismo en espacios organizativos y sistémicos, pero tampoco podemos descuidar la crisis espiritual que representa.

Shoghi Effendi, el Guardián de la Fe Bahá’í, describió el cambio que se requiere de nosotros para abordar el racismo de manera eficiente:

Un esfuerzo tremendo es requerido por ambas razas si su perspectiva, maneras y conducta deberán reflejar, en esta época ensombrecida, el espíritu y las enseñanzas de la Fe de Bahá’u’lláh. Desechando una vez por todas la doctrina falaz de la superioridad racial, con todos los males, confusión y miserias que la acompañan y dándole la bienvenida y alentando la mezcla de las razas, y derribando las barreras que ahora las dividen, cada una de ellas debe esforzase, día y noche, por cumplir con sus responsabilidades particulares en la tarea común que con tanta urgencia se les enfrenta. – Shoghi Effendi, El advenimiento de la justicia divina, pág. 39.

Los detalles de cómo se desarrolla el racismo en la sociedad ciertamente importan, pero el racismo tiene efectos tanto físicos como espirituales. Los investigadores han encontrado disparidades persistentes de salud en las comunidades marginadas, incluso controlando factores como la clase, la educación y el estatus social, lo que indica que el racismo influye en la salud física de las personas negras. Pero las políticas racistas, las actitudes y las agresiones pequeñas también afectan las partes menos tangibles de quienes somos. Aparte de la presión que ejerce la desigualdad socioeconómica y el racismo sobre las comunidades negras y marrones, el racismo también representa para las personas blancas obstáculos para el crecimiento espiritual.

Una sociedad racista enseña a las personas actitudes y creencias que contradicen directamente el ser más empáticos, justos y orientados hacia la unidad. Si bien estos obstáculos pueden superarse, de manera similar a la forma en que algunas personas de raza negra y marrón rompen el status quo, esto requiere un esfuerzo que no sería necesario si el racismo se aminorara.

Abdu’l-Bahá, el hijo del fundador de la Fe Bahá’í, habló del propósito espiritual de nuestras vidas en estos términos:

…debe prepararse en este mundo para la vida en el más allá. Todo aquello que necesita en el mundo del Reino lo debe obtener aquí. Así como se preparó en el mundo de la matriz adquiriendo las fuerzas necesarias para esta esfera de la existencia, del mismo modo las fuerzas necesarias de la existencia divina deben ser potencialmente obtenidas en este mundo. ¿Qué podrá necesitar en el Reino que trascienda la vida y las limitaciones de esta esfera mortal? Ese mundo futuro es un mundo de santidad y esplendor; por consiguiente, es necesario que en este mundo él adquiera esos atributos divinos. – La promulgación a la paz universal, pág. 239.

Si nuestra sociedad condiciona a poblaciones, razas y clases de personas enteras para creer que son superiores a otras, eso crea una barrera que nos impide alcanzar un estado de amor y santidad. Ignorar una historia de violencia, esclavitud y la explotación flagrante también nos impide curarnos. Hasta que todos reconozcamos nuestra historia y la desigualdad vivida, las heridas permanecerán abiertas, y muchos de nosotros seguiremos sintiéndonos atrapados en las profundidades de la ira o la confusión, que nos impiden desarrollar un amor genuino el uno por el otro.

Por supuesto, podemos rastrear la mayoría de los problemas sociales a cierta falta de comprensión o aceptación de un principio espiritual. La creciente brecha entre ricos y pobres, por ejemplo, proviene principalmente de la enfermedad espiritual de la codicia. El sexismo, la xenofobia y las luchas violentas se relacionan con la incapacidad de las personas para ver cuán intrínsecamente conectados estamos los unos con los otros. Las enseñanzas bahá’ís dicen:

La diversidad en la familia humana debería ser causa de amor y armonía, como lo es en la música donde diferentes notas se funden logrando un acorde perfecto. Si os encontrarais con personas de diferente color y raza que vosotros, no desconfiéis de ellas y no os encerréis en vuestro caparazón de convencionalismo sino, por el contrario, estad alegres y mostradles bondad. Pensad que son como rosas de diferentes colores, creciendo en el hermoso jardín de la humanidad, y regocijaos de hallaros entre ellas. – Abdu’l-Bahá, La sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 73.

Cuando se trata del tema de la raza, tenemos un largo camino por recorrer. Incluso si no nos llegamos a beneficiar de una recuperación total en tiempo de nuestras propias vidas, tenemos la responsabilidad de promover el trabajo por el mayor tiempo posible.

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