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Todas las religiones del mundo hacen referencia a las virtudes humanas esenciales, y nos piden enseñarlas a nuestros hijos:

Todo niño debe ser educado en las cosas del espíritu, para que encarne todas las virtudes y llegue a ser una fuente de gloria…- Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 109.

Una educación en base a las virtudes humanas internas se puede dar de diferentes formas. El aprendizaje espiritual no es un proceso que se adapte solo a un entorno de aula, ya que es una experiencia de aprendizaje que nunca se detiene. Se enseña más por lo que hacemos que por lo que decimos. Los padres y otros miembros de la familia, que son los primeros maestros de sus hijos, brindan un ejemplo que ellos seguirán fácilmente, y hay mucho que pueden hacer para crear oportunidades de aprendizaje.

Una educación formal en un aula con maestros como mentores y ejemplares es otro medio por el cual los niños pueden aprender y aplicar las muchas virtudes de Dios en sus propias vidas. Sin embargo, el primer y más importante papel de los padres, de acuerdo con las enseñanzas bahá’ís, es el de enseñar a los niños a trabajar y esforzarse, al darles una idea de cómo lidiar con las dificultades de la vida que inevitablemente enfrentarán como adultos:

Mientras los niños se hallen todavía en su infancia, alimentadlos en el pecho de la gracia celestial, criadlos en la cuna de toda excelencia, educadlos en el abrazo de la munificencia. Haced que obtengan provecho de toda clase de conocimiento útil. Dejadles participar en todo oficio o arte nuevo, extraordinario y maravilloso. Educadlos en el trabajo y el esfuerzo, y acostumbradlos a las privaciones. Enseñadles a dedicar la vida a cosas de gran importancia, e inspiradles a emprender estudios que han de beneficiar a la humanidad. -Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 98.

Si estamos tratando de criar a nuestros hijos espiritualmente, el acostumbrarlos a las dificultades tiene un gran impacto en su carácter. Esto puede ser una noción novedosa y quizás incluso sorprendente para muchos padres. Lo último que queremos para nuestros hijos es verlos sufrir o conocer la tristeza; nos duele ver sufrir a nuestros hijos. Sin embargo, hay una sabiduría innegable en este principio bahá’í.

Quizás la persona más sabia es la que ha crecido apreciando y entendiendo lo que significa luchar en la vida. Tener demasiados privilegios sin ganarlos o recibir demasiadas cosas sin tener que trabajar por ellas impide que una persona adquiera empatía y evita que se alcancen ciertas percepciones que se obtienen al hacer sacrificios personales.

Para los niños, aprender que no todas las peticiones son respondidas favorablemente y que no todos los caminos se transitan fácilmente es una valiosa lección espiritual. Después de todo, crecer es en sí mismo una lucha. Una buena analogía que ilustra este principio se puede ver en el bebé que está tratando de aprender a sentarse por su cuenta. El padre puede ayudar amorosamente al bebé a sentarse apoyándolo con almohadas o haciendo que se equilibre con su propio cuerpo. Cuando el padre hace esto, el bebé está de hecho “sentado”, pero el desarrollo necesario es que el bebé aprenda y desarrolle la fuerza física para hacerlo él mismo. Esto no es una hazaña simple. Se requieren meses de desarrollo físico, práctica y frustración antes de dominar esta habilidad, una que los adultos más capaces físicamente dan por sentado. Aunque inevitablemente habrá caídas y contratiempos en el camino, y aunque sería más fácil y menos doloroso para el bebé darse por vencido y dejar de intentarlo, los padres saben que este es un logro físico importante, aunque desafiante. Si el niño se da por vencido en esta etapa, no está dispuesto a soportar la frustración ni a esforzarse por dominar la habilidad, su desarrollo y otros logros importantes del desarrollo físico se detendrán, como gatear, pararse, caminar, etc., estos serán casi imposibles alcanzar.

Por lo tanto, es muy valioso darse cuenta de que algunas lecciones son muy difíciles de aprender, algunas metas no son alcanzables y el sufrimiento tiene su lugar. Si los niños no aprenden esto, no estarán preparados para la realidad inesperada, desafortunada e inevitable de la tragedia y la pérdida en sus propias vidas. Esto hará que sea mucho más difícil para ellos crecer más allá de su condición espiritual actual para desarrollar las virtudes latentes dentro de sus almas.

Quizás la lección más difícil de aprender para los padres es no satisfacer todos los caprichos o antojos de sus hijos, sino inculcar un sentido apropiado de la necesidad de hacer sacrificios y luchar en sus vidas. Sin embargo, esta noción debe equilibrarse con la moderación, ya que la intención no es forzar a los niños a sufrir de forma irrazonable, sino ayudarlos a darse cuenta de que la decepción y la lucha son partes normales y necesarias del proceso de crecimiento y mejora espiritual:

… así con una visión clara estaremos capacitados para esforzarnos en nuestro camino hacia lo alto, progresando constantemente en los senderos de la virtud y la santidad y convirtiéndonos en los instrumentos de luz para el mundo. – La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 110.

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