Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

“Ustedes, los bahá’ís”, un famoso autor estadounidense una vez me dijo burlonamente, “¿cuándo abandonarán este tema de la unidad y se darán cuenta de que el conflicto y la violencia entre humanos nunca terminarán?”.

Él tenía un punto: uno sombrío, oscuro y pesimista, sí, pero aparentemente racional. Cualquier persona con un poco de conocimiento sobre la historia humana registrada sabe que nuestro pasado no es bonito. Si calificas las perspectivas de un futuro pacífico y armonioso evaluándolo con la historia pasada de la humanidad, las cosas no parecerían muy prometedoras. Cada lugar de la Tierra, las propias enseñanzas bahá’ís admiten, alguna vez se ha manchado de rojo con la sangre de los hombres, y la historia demuestra que el pasado ha sido un registro de incesantes guerras.

Constantemente hemos logrado desarrollar conflictos aparentemente irresolubles, donde los grupos tribales enfrentados entre sí no podían resolver sus diferencias, y donde esas diferencias arraigadas finalmente llevaron al derramamiento de sangre, la matanza y el genocidio.

En muchos lugares hoy, este tipo de conflictos humanos intratables persisten. Ya sea que estén en la etapa verbal o activamente violenta, aún no hemos logrado encontrar una solución. Recientes investigaciones   muestran que la nación estadounidense, solo por dar un ejemplo, está actualmente más políticamente polarizada que en cualquier otro momento desde la Guerra Civil. Varios de esos estudios muestran que la clase media moderada —en algún momento un grupo dominante en la vida social y política estadounidense— ha disminuido dramáticamente.

En Israel y Palestina, aún vemos la intratable división entre estos dos pueblos que se resiste a encontrar solución durante más de medio siglo. Tan arraigada que ahora tiene un nombre, el conflicto palestino-israelí inicialmente surgió a finales del siglo IXX y principios del siglo XX de los movimientos nacionalistas judíos y árabes, cada uno decidido a ganar la soberanía de su pueblo en el Medio Oriente.

Esos dos ejemplos bien conocidos de conflictos persistentes encabezan la lista de muchos, muchos otros en todo el mundo: la guerra en curso en África Central, las disputas no resueltas entre musulmanes y budistas en el sudeste asiático, el odio étnico que aún persiste en los Balcanes, las revueltas contra la opresión en América Latina, brotes de terrorismo en casi todas partes, etc., etc.

Entonces, con el objetivo de comprender las causas raíz y las posibles soluciones de estos conflictos, los estudiosos han comenzado a examinarlos, intentando obtener algún conocimiento sobre cómo estas comienzan y se mantienen a lo largo del tiempo. En cada caso, la investigación encuentra previsiblemente una gran medida de desconfianza mutua entre los grupos, lo que genera divisiones profundas sobre cuestiones básicas. Cuando esa desconfianza se solidifica en la conciencia de cualquier grupo, inevitablemente genera hostilidad y conflicto.

En sociedades políticamente polarizadas como los Estados Unidos, y en regiones asoladas por la guerra y los conflictos como el Medio Oriente, la investigación también muestra que cada lado tiende a tener una enorme cantidad de escepticismo recíproco sobre las intenciones fundamentales de la otra parte. Esa divergencia, que la ciencia ha comenzado a llamar “Asimetría de atribución de motivos” (MAA por sus siglas en inglés), significa que cualquier parte dada en un conflicto cree que la motivación de la otra parte proviene del odio, mientras que sus propios motivos provienen del amor.

Esta cuestión de motivos va directamente al corazón de todos los conflictos entre personas. En cada uno de esos conflictos, los grupos dentro y fuera luchan, ya sea ideológicamente o con armas. Según un extenso estudio, publicado en el   “Los procedimientos de la Academia Nacional de Ciencias”, cada lado invariablemente tiende a ver sus propias acciones como amorosas y las acciones del otro lado como detestables:

Cinco estudios en culturas que involucraron a 661 demócratas y republicanos estadounidenses, 995 israelíes y 1,266 palestinos brindan evidencia no identificada previamente de un sesgo fundamental, lo que llamamos la “asimetría de atribución de motivos”, que conduce a un conflicto humano aparentemente intratable. Estos estudios muestran que en los conflictos intergrupales políticos y etnoreligiosos, los adversarios tienden a atribuir la agresión de su propio grupo al amor por su grupo más que al odio y atribuir la agresión del otro grupo al odio por ellos más que al amor por su grupo.La asimetría de atribución de motivos del amor contra el odio el cual genera un conflicto insoluble

Los científicos conocen este fenómeno como “sesgo atribucional”. Tendemos a ver nuestros propios motivos como buenos, y atribuimos los motivos de aquellos que se oponen a nosotros como algo malo. El sesgo atribucional, que en realidad es solo otra forma de prejuicio, hace que los conflictos sean mucho más difíciles de resolver. ¿Cómo podemos superar ese sesgo? El amplio estudio de Princeton concluyó que: “…reconocer este sesgo atribucional y la forma de reducirlo puede contribuir a reducir el conflicto humano a escala global”. – Ibid.

Primero, entonces, debemos reconocer el sesgo atribucional en nosotros mismos, y luego comenzar a reducirlo. Las enseñanzas bahá’ís brindan algunas recomendaciones claras para lograr exactamente eso:

El hombre debe ser justo. Debemos poner a un lado la parcialidad y el prejuicio. Debemos abandonar las imitaciones de nuestros ascendientes y antepasados. Debemos investigar nosotros mismos la realidad y ser objetivos. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 344.

Los líderes de los gobiernos y de todas las autoridades serían más eficaces en sus esfuerzos por resolver los problemas del mundo si primero identificaran los principios morales involucrados y luego trataran de ser guiados por ellos.

El dilema primordial que hay que resolver es cómo el mundo actual, con su intrínseca pauta de conflicto, puede cambiarse por un mundo en el que prevalezcan la armonía y la cooperación. – La Casa Universal de Justicia, pág. 17.

El legado perdurable del siglo XX ha consistido en que forzó a los pueblos del mundo a verse como miembros de una sola raza humana, y al mundo como la patria común de esa misma raza. Pese a la violencia y conflictos que aún ensombrecen el horizonte, aquellos prejuicios, que parecían consustanciales a la naturaleza de la especie humana, hacen quiebra por todas partes. Con su precipitación van cayendo las barreras que por largo tiempo dividieron a la familia del hombre convirtiéndola en una Babel de identidades incoherentes de origen cultural, étnico o nacional. El que un cambio tan fundamental haya ocurrido en tan breve período—casi de la noche a la mañana en la perspectiva del tiempo histórico—sugiere la magnitud de las posibilidades futuras. – La Casa Universal de Justicia, Carta a las Autoridades Religiosas del Mundo, pág. pág. 1.

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