Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

En una fría y tranquila mañana de primavera en Denver, mis amigos de octavo grado y yo nos dirigimos al centro de la ciudad para participar en un proyecto de servicio en el que íbamos a llevar comida a las personas sin hogar. Ese día, conocí a María.

Mary y yo tuvimos una profunda conversación mientras ella descansaba sobre un pedazo de cartón con solo un trapo debajo de su cabeza.

Nuestra conversación surgió como resultado de mi fe en las enseñanzas bahá’ís y su énfasis en el servicio a los demás, y debido a esta poderosa advertencia de Bahá’u’lláh: “El mérito del hombre reside en el servicio y la virtud, y no en la pompa de las riquezas y la opulencia”– Las Tablas de Bahá’u’lláh, pág. 91. Mis amigos y yo recientemente formamos una organización sin fines de lucro llamada Helping the Homeless Colorado , y estábamos tratando de hacer todo lo posible por ayudar a las personas sin hogar.

Recuerdo vívidamente acercarme a Mary con dos sándwiches de pavo y queso en la mano. Cuando me presenté, ella se levantó y me sonrió. Le pregunté si podía almorzar con ella. Ella con mucho gusto aceptó. Me senté en el pavimento junto a ella, pero inmediatamente sacó una toalla de su bolso y me ofreció que me sentara en su lugar.

homeless helping

Mientras las dos disfrutábamos nuestra comida, saqué la lista de preguntas que planeaba hacerle a las personas que conociera ese día. Ella contestó alegremente todas mis preguntas. Habiéndola conocido solo durante veinte minutos, me sentí muy bien acogida por ella. Siempre recordaré la actitud amable y agradable de Mary, pero mientras conversábamos, me di cuenta de algo extraordinario. Había llegado a aquel encuentro con la idea preconcebida de que porque ella vivía en las calles, no sería capaz de mantener una conversación genuina conmigo. Estaba muy equivocada.

Le hice dos preguntas a Mary. Sus respuestas cambiaron para siempre la forma en que veía a las personas indigentes. Lo primero que quería saber era: ¿cómo te quedaste sin hogar?  y segundo,  ¿qué desearías que el mundo supiera sobre ti?

Cuando le hice la primera pregunta, se detuvo y miró mi cara curiosa. Luego, con un sentimiento de vergüenza, compartió conmigo que había vivido en la calle su vida entera. Aún recuerdo los escalofríos que sentí por toda mi columna. Mary me dijo que su madre había estado huyendo de la violencia doméstica cuando ella nació. Huyendo de un padre abusivo, su madre trató de llevar a la joven Mary a un lugar mejor. Pero, a través de todas las dificultades, su madre nunca pudo darle un hogar o una buena vida a su hija.

Mary me dijo que con su madre en constante movimiento y tratando de encontrar lugares donde poder vivir, no pudo asistir a la escuela con tanta diligencia como le hubiese gustado. Con el paso de los años, se le hizo aún más difícil mantenerse al día con sus estudios, y al perder la esperanza de un futuro mejor, abandonó la escuela secundaria y comenzó a perder el contacto con su madre. Con las lágrimas en los ojos, compartió conmigo que su madre había muerto por una sobredosis de drogas cuando Mary tenía solo 19 años. Treinta años después, debido a la falta de educación y recursos, ella todavía considera a las calles como su hogar.

Estaba llorando al final de su historia. Dejando atrás nuestras emociones en ese momento, ella contestó mi segunda pregunta: “Quiero que el mundo sepa que no soy negligente”, dijo.

Mary me dijo que todos asumimos lo peor de ella y de la comunidad de personas indigentes, que hemos fracasado como sociedad en nuestro trato hacia las personas sin hogar y no los hemos tratado de la manera en que deberíamos tratarlos: como personas.

Vivimos en un mundo lleno de responsabilidades y expectativas, y en vista de esto, algunos se han vacunado contra el sufrimiento humano. La idea de una persona parada en el frío, una madre soltera que cuida a sus hijos en un parque, o una adolescente que solo cuenta con el sofá de sus mejores amigos como refugio, ya no nos desconcierta.

Como sociedad, afirmamos tener conocimiento absoluto sobre los pobres. Pero, en realidad, solo tenemos conocimiento de los problemas que ellos crean, en lugar de las soluciones que podríamos construir.

Ninguno de nosotros puede elegir dónde comienzan nuestras vidas. La vida de María comenzó de una manera que ella no pudo elegir. Nunca podría comprender las experiencias que ella tuvo que atravesar cuando era niña, simplemente porque nuestras vidas tomaron caminos muy diferentes. Crecí en una familia que me apoyaba, y ella creció en una familia abusiva. Por lo tanto, no tengo derecho a reclamar un conocimiento absoluto sobre ella y su comunidad. No puedo etiquetar a las personas indigentes ni considerarlas en ningún sentido inferior a un humano.

Pero considero que es mi trabajo apoyar a más personas como Mary, porque ella es parte de mi comunidad, por lo tanto, es mi responsabilidad cuidarla. Ella es un miembro de mi familia, la familia humana:

Todos los seres humanos pertenecen a una misma familia; la corona de la humanidad descansa sobre la cabeza de cada persona.

A los ojos del Creador, todos Sus hijos son iguales; Sus bondades se derraman sobre todos. Él no favorece a esta nación o a aquella otra, todas por igual son Sus criaturas. Siendo así, ¿por qué hacemos divisiones, separando a una raza de la otra? ¿Por qué creamos barreras de superstición y de tradición que provocan discordia y odio entre la gente?

La única diferencia que existe entre los miembros de la familia humana es de grado…Otras son como enfermos, y deben ser tratadas con cuidado y cariño. Ninguna es mala ni perversa. No debemos sentir repulsión hacia estos pobres niños. Debemos tratarles con gran bondad… – Abdu’l-Bahá, La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 169.

Para mí, la vida de mi amiga María refleja nuestra sociedad. El odio que nos expresamos unos a otros nos destruye, pero el amor que fomentamos unos en otros nos construye. Si queremos crecer juntos como sociedad, debemos trabajar juntos y cuidarnos unos a otros. Mi trabajo con las personas indigentes no es, y nunca debería ser, exclusivo. Es nuestro deber como humanos cuidar a otros humanos sin importar dónde se encuentren en la vida.

Así que le pido a cualquiera que lea este artículo que considere esto: la próxima vez que vea a una persona sin hogar, lo desafío a que ignore sus nociones preconcebidas. Le insto a que se tome el tiempo para preguntar sobre su historia y aprender sobre su vida, pero lo más importante es que le pido que escuche.

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