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Me senté en el suelo de la abarrotada sala de estar del artista David Villasenor y escuché cómo el señor Samandarí contaba la historia en persa de las ocasiones en que había estado en presencia de Bahá’u’lláh.

Conocí al hombre que había conocido a Bahá’u’lláh, el fundador de la Fe bahá’í.

Imagínese, si lo desea –  cómo sería estar en la presencia de alguien que conoció a un santo mensajero, como Cristo, Buda o Moisés. Como yo, usted querría empaparse de cada detalle de lo que esa persona vio, oyó y sintió. En aquel momento, Tarazu’llah Samandari era un hombre muy anciano de noventa y dos años, y su hijo Mihdi traducía para su padre.

Tarazullah Samandari
Tarazullah Samandari

El Sr. Samandari tenía diecisiete años cuando hizo el largo viaje desde Persia hasta la colonia penal turca de Akka, donde Bahá’u’lláh estaba encarcelado desde hacía más de veinte años. El viaje había durado muchas semanas, pero había valido la pena. Durante un período de seis meses había estado en compañía de la familia de Bahá’u’lláh, y en varias ocasiones había oído a Bahá’u’lláh revelar las palabras de Dios mientras dictaba tablas y oraciones.

Cada escena estaba allí como una fotografía en su mente aguda y clara. Mientras describía los eventos que había presenciado, incluía hasta los más pequeños detalles. Contó que en una ocasión Bahá’u’lláh le pidió que distribuyera rosas a todas las personas presentes; apreciaba el honor de haber prestado incluso este pequeño y sencillo servicio. Sus historias eran como pequeñas ventanas de tiempo hasta un lugar que podíamos ver a través de sus ojos. Él había visto a los primeros bahá’ís que venían a pie como peregrinos desde lejos en un esfuerzo por ser testigos por sí mismos del autor de las enseñanzas bahá’ís, que habían leído y adoptado como su religión. Durante los primeros años del encarcelamiento de Bahá’u’lláh, los peregrinos llegaban a la puerta de la prisión y rogaban ser admitidos. Esto dejaba a los guardias de la prisión desconcertados. No podían entender por qué alguien querría intentar entrar en la prisión.

Aquellos a quienes se les permitía entrar se quedaban durante semanas o meses en las condiciones más sucias y miserables sólo para estar cerca de Bahá’u’lláh, el mensajero de Dios. Las enfermedades en ese momento eran abundantes en la ciudad prisión, por lo que los peregrinos corrían el riesgo real de contraer algo fatal, y morir antes de poder salir. A veces los peregrinos eran rechazados y no se les permitía la entrada. Tenían que contentarse con estar de pie al otro lado del doble foso que rodeaba la ciudad, y ver solamente la mano de Bahá’u’lláh mientras les saludaba a través de la ventana enrejada de su celda. Con el corazón destrozado, volverían a pie los cientos de kilómetros de vuelta a sus tierras natales, habiendo visto sólo Su mano.

Mientras el Sr. Samandari describía lo que había visto, nosotros nos sentábamos envueltos en las imágenes de sus palabras. Había tenido la suerte de llegar en una época en que se permitía más libremente a la gente visitar a Bahá’u’lláh. Nos dijo que la personalidad de Bahá’u’lláh finalmente se ganó a los guardias y al propio gobernador de la ciudad penitenciaria. Reconocieron su inocencia, y aun sin el permiso de sus superiores gubernamentales, le permitieron vivir fuera de los muros de Akka.

A través de su traductor, el señor Samandarí describió humildemente la majestad y bondad de Bahá’u’lláh; los recuerdos de una época en que él era un joven de mi edad, diecisiete años. Cuando terminó, algunos de nosotros hicimos preguntas sobre cómo había sido ser un bahá’í durante el tiempo del mensajero de Dios. Habló del honor que tuvo al servir a Bahá’u’lláh tanto durante su vida como después, y que es el deber de todos responder a las necesidades de los tiempos en que viven y hacer lo que puedan como bahá’ís.

Me di cuenta entonces de que en cierto sentido no había perdido la oportunidad de conocer a Bahá’u’lláh. Ciertamente no había perdido la oportunidad de saber de él, ya que había leído sus libros y reconocido el origen divino de sus enseñanzas. Incluso había conocido a alguien que lo había conocido.  Y sobre todo, me había convertido en un bahá’í, reconociendo la verdad de las enseñanzas bahá’ís. No era importante que no hubiera visto a Bahá’u’lláh con mis propios ojos o escuchado los sonidos de su voz con mis propios oídos; sus palabras y enseñanzas eran lo que importaba. El mensaje seguía estando aquí aunque el mensajero de Dios ya se hubiera ido:

¡La luz es buena en cualquier lámpara en que brille! ¡Una rosa es bella en cualquier jardín en que florezca! ¡Una estrella tiene el mismo esplendor si brilla en el Este o en el Oeste! ¡Estad libres de prejuicios, sólo así podréis amar al Sol de la Verdad en cualquier punto del horizonte en que se levante! Entonces comprenderéis que si la Luz Divina de la Verdad brilló en Jesucristo, también brilló en Moisés y en Buda. El buscador fervoroso llegará a esta verdad. – Abdu’l-Bahá, La sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 159.

Alguien en la habitación preguntó sobre el fallecimiento de Bahá’u’lláh. La voz del Sr. Samandari se puso de repente triste cuando relató reflexivamente cuando estuvo entre los peregrinos visitantes y los bahá’ís residentes de los alrededores de Akka que fueron convocados a la presencia de Bahá’u’lláh mientras estaba enfermo en la cama, siendo atendido por su familia. Al encontrarse allí de joven hace tantos años, el Sr. Samandari entendió que Bahá’u’lláh estaba muriendo.

Hizo una pausa por un rato y luego repitió lo que Bahá’u’lláh había dicho a la afligida asamblea de devotos bahá’ís. La voz de Bahá’u’lláh era clara, pero más suave debido a la fiebre que había contraído. Habló de la importancia de la unidad. Por la forma en que hablaba el Sr. Samandari y sus humildes gestos, incluso antes de que las palabras fueran traducidas del persa, se hacía evidente el amor que él sentía por Bahá’u’lláh. Antes de excusarse y retirarse a dormir, el Sr. Samandari nos dio el mismo mensaje que Bahá’u’lláh le había dado: que debemos estar unidos y tratar de promover la unidad en el mundo.

Éste es el Día en que se han derramado sobre los seres humanos los muy excelentes favores de Dios, Día en que Su poderosísima gracia ha sido infundida en todo lo creado. Incumbe a todos los pueblos del mundo componer sus diferencias y, con perfecta unidad y paz, morar a la sombra del Árbol de Su cuidado y bondad. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pág. 2.

Esta serie de ensayos es una adaptación del libro de Joseph Roy Sheppherd The Elements of the Baha’i Faith, con el permiso de su viuda Jan Sheppherd.

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