Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

El mes pasado, dos amigos, una joven pareja de esposos que esperan el nacimiento de sus dos primeros bebés (¡gemelos, dice el ultrasonido!), me preguntaron: “¿Deberíamos criar a nuestros hijos con una religión?”.

Qué pregunta tan profunda, pensé, mientras comenzaba a pensar cómo darles una buena respuesta. No tengo idea de por qué me lo preguntaron a mí, tal vez porque he ayudado a criar a cuatro hijos, o porque escribo sobre espiritualidad de forma regular, o tal vez porque justo estaba hablando con ellos aquel día.

De hecho, luego pensé que tal vez le estaban haciendo esa pregunta a todos los que conocen sobre ese tema vital. Si es así, puedo entender por qué: es probablemente una de las cosas más importantes que los futuros padres pueden preguntar.

Esta es su historia: tanto la esposa embarazada como su esposo no tienen una creencia en particular. Fueron criados por padres agnósticos o ateos, cada uno de ellos es como tantas personas hoy en día, no creyentes, no religiosos, no afiliados. En la jerga de los encuestadores, ellos son: “Nons”, personas que afirman no tener conexión religiosa alguna. No hay ninguna presión de los padres o abuelos para llevar a sus hijos a ninguna iglesia, sinagoga, templo o mezquita, y, sin embargo, se preguntan seriamente si el darle a su bebé aun no nacido algún tipo de educación espiritual temprana los ayudará a convertirse en felices y competentes niños, adolescentes y adultos. En realidad, están haciendo algo maravilloso: pensar de manera responsable y concienzuda sobre el futuro bienestar moral, espiritual y psicológico de sus hijos.

Mis amigos no tienen una afiliación religiosa formal, pero eso no significa que sean irreligiosos. Ambos creen en la existencia de algún tipo de Creador. Ambos oran, a su manera, y sé, por conversaciones anteriores, que ambos piensan profundamente en los aspectos místicos de la vida.

El esposo, un científico investigador, a menudo encuentra cosas en su trabajo que no puede explicar lógicamente, por lo que comprende y acepta completamente que algo existe más allá de este plano físico mortal. La esposa, una mujer con conciencia espiritual y activista por la justicia social, con mucha empatía por la difícil situación de los oprimidos, cree firmemente en el espíritu humano. Supongo que podrías llamarlos espirituales, pero no religiosos, aunque ese término parece algo cliché actualmente. Son mucho más de lo que sugiere el término: cada uno tiene una buena mente, un buen corazón y un espíritu inquisitivo.

Sin embargo, antes de contarte cómo planeo responderlas, te invito a pensar en tu propia respuesta a su pregunta. ¿Qué dirías?

Mientras consideraba cómo responder, me di cuenta de que realmente necesitaba tomarme en serio su pregunta y no solo responder de inmediato, así que les pregunté a mis amigos si podía pensarlo un momento y escribir mi respuesta. Esta serie de ensayos es mi respuesta.

La religión como código moral

Comencemos mirando hacia atrás: hasta hace poco, y durante la mayor parte de la historia registrada de la humanidad, las personas transmitieron sus creencias religiosas a la próxima generación como algo natural. Los padres esperaban que los hijos heredaran sus creencias y luego las transmitieran a sus propios hijos. De esa manera, en lugar de un descubrimiento espiritual o una elección personal, la religión se convirtió gradualmente en una herencia generacional, una tradición cultural que los niños adoptaron automáticamente sin mucha reflexión independiente o resistencia, una parte de su educación y cultura que realmente no cuestionaron.

La religión heredada que no es cuestionada puede causar muchos problemas, pero ese sistema funcionó de alguna manera. ¿Por qué? Porque en el pasado, aquella educación religiosa exhaustiva generalmente llevaba algo importante dentro de sí: un código moral. Junto con su formación religiosa, los niños aprendieron pautas morales, un conjunto claro de límites, una forma de distinguir lo correcto de lo incorrecto. Aprendieron que tenían un alma. Aprendieron sobre un Ser Supremo que prometió recompensas y consecuencias por las buenas y malas acciones. También aprendieron que su alma finalmente dejaría este mundo y sería llamado a rendir cuentas en el próximo.

Finalmente, esto se extendió mucho más allá de lo personal. Gradualmente, aquellos valores que se enfatizaron en su formación religiosa se convirtieron en valores tribales, culturales o incluso nacionales, que finalmente llegaron a los sistemas legales y gubernamentales formalizados. Las leyes y la cultura europeas, por ejemplo, provienen original y principalmente de la influencia del cristianismo, a pesar de que actualmente su influencia ha disminuido.

Esta es la conclusión: todo niño necesita un código moral. Los especialistas en desarrollo, los educadores y los psicólogos infantiles están universalmente de acuerdo: los niños quieren saber la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. Todo niño necesita límites y pautas de comportamiento. Anhelan poseer una estructura cuando son jóvenes, y se tambalean sin ella. Requieren una definición clara de cómo actuar, y sin ella, “se rebelarán”, lo que significa que probarán los límites para ver con qué pueden salirse con la suya.

Entonces, ¿no pueden los padres, incluso si son de aquellos “Nons”, simplemente enseñar a sus hijos el código moral por el que ellos se rigen?

Las enseñanzas dicen que inculcar un código moral en nuestros hijos debe que ir más allá de solo poner su confianza en el código que ellos mismos han adoptado de su propia educación y cultura. Eventualmente, los niños en crecimiento preguntarán por qué deben seguir la guía que reciben de sus padres. “Porque lo digo yo” podría funcionar para algunos niños pequeños, pero por lo general no convence a nadie que tenga más de cinco o seis años. Los niños necesitan una autoridad superior, una superior a la meramente humana, una fuente divina de lo que es correcto. Los niños se benefician al saber que sus padres también hacen todo lo posible para seguir una ley moral más elevada.

Es por eso que las enseñanzas bahá’ís recomiendan que cada niño debe recibir una educación “en los asuntos del espíritu”.

¿Qué significa eso? Desde una perspectiva bahá’í, esa cita llama a los padres a reconocer que sus hijos tienen alma y que se concentren en criarlos como seres espirituales:

Por lo que respecta a tu pregunta acerca de la educación de los niños, te corresponde nutrirlos en el seno del amor de Dios e impulsarlos hacia las cosas del espíritu, para que vuelvan el rostro hacia Dios; que sus modales se ajusten a las reglas de la buena conducta y que su carácter no sea inferior al de nadie; que hagan suyas todas las virtudes y cualidades meritorias de la humanidad; que adquieran conocimiento profundo de las diversas ramas del saber, a fin de que desde el comienzo mismo de la vida se conviertan en seres espirituales, habitantes del Reino, enamorados de los perfumados hálitos de la santidad, y reciban una educación religiosa, espiritual y del Dominio Celestial. Ciertamente, rogaré a Dios que les conceda un resultado feliz en este quehacer. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 108.

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