Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

¿Ha notado con qué frecuencia el estado de una familia determina el éxito de sus miembros individuales?¿con qué frecuencia las personas fuertes provienen de familias fuertes?

La familia que proporciona un entorno sano, amoroso y unido para el crecimiento individual sirve como una base sólida sobre la cual el individuo puede construir. Además, la familia que está unida en sus esfuerzos puede lograr prácticamente cualquier objetivo que se establezca. Los miembros de una familia así se benefician de su interdependencia, permitiendo que todos prosperen.

Las enseñanzas bahá’ís señalan esto y atribuyen esa unidad familiar al “amor y acuerdo”.

Si el amor y la armonía se manifiestan en una sola familia, esa familia progresará, se volverá iluminada y espiritual; pero si la enemistad y el odio existen en su seno, la destrucción y dispersión son inevitables.- Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, pág. 159.

También es cierto que el proceso de desintegración en una familia se ve doblemente amplificado por la ausencia de unidad. Con cada generación sumida en divisiones y enemistades no resueltas, se desarrollan cada vez menos las relaciones interdependientes dentro de la familia. Una tormenta de autodestrucción puede comenzar si la enemistad no se reemplaza con amor y unidad. La familia extendida puede degenerarse en familias nucleares de mal funcionamiento, las que a su vez pueden deteriorarse en familias monoparentales fragmentadas, que luego pueden degenerar en individuos separados con poco o ningún sentido de familia. Puede tomar varias generaciones para que este proceso transcurra, pero si se deja que siga su curso, el final del linaje familiar es inevitable:

Considerad el efecto dañino de la discordia y la disensión en una familia; luego reflexionad sobre los favores y bendiciones que descienden sobre esa familia cuando existe la unidad entre sus distintos miembros. – Ibid., pág. 242.

Esforzaos por alcanzar una posición de amor absoluto el uno hacia el otro. Por la ausencia de amor, la enemistad aumenta. Por el ejercicio del amor, el amor se fortalece y las enemistades desaparecen. – Ibid., pág. 34.

Sin embargo, como señalan las enseñanzas bahá’ís, si en algún momento la unidad comienza a reemplazar a la enemistad, la familia puede comenzar a curarse y restablecerse a sí misma. El proceso destructivo se revierte a sí mismo, y los beneficios obtenidos pueden afectar a todos, desde el individuo hasta el mundo entero. Cuando se establece la unidad entre los cónyuges, la familia se une; donde hay familias unidas, puede haber cooperación dentro de la comunidad; y con la concordia establecida en la comunidad, puede haber paz y prosperidad en el mundo:

Ordenad vuestras vidas de acuerdo con el primer principio de la enseñanza divina: el amor. – Ibid. pág. 33.

Cuando améis a algún miembro de vuestra familia o a un compatriota, ¡que este amor sea como un rayo del Amor Infinito! ¡Que sea en Dios y por Dios! Dondequiera que encontréis los atributos de Dios, amad a esa persona, ya sea de vuestra familia o de otra. – Abdu’l-Bahá, La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 51.

La familia es el hogar y, según la creencia bahá’í, la estación del hogar ha sido elevada al nivel de un lugar de adoración. La familia es un lugar donde Dios debe ser mencionado y alabado a menudo.

La familia, entonces, está imbuida espiritualmente del potencial de santidad. El hogar puede convertirse en un lugar santo y sagrado si la familia adquiere y demuestra el amor a Dios, una reverencia por la paz y un aprecio por la alegría y la risa.

En un sentido, el hogar familiar es nuestra primera casa de adoración, templo, iglesia, sinagoga o mezquita, el primer lugar donde escuchamos acerca de Dios y presenciamos diariamente la aplicación práctica de nuestras creencias espirituales más íntimas. Ya sea arrodillado junto a nuestra cama, sentado en un rincón tranquilo o parado con las manos levantadas, es el lugar donde aprendemos a orar. La oración y la mención de Dios pueden hacer de cualquier hogar una casa de Dios:

Bendito es el sitio, y la casa, y el lugar, y la ciudad, y el corazón, y la montaña, y el refugio, y la cueva, y el valle, y la tierra, y el mar, y la isla y la pradera, donde se ha hecho mención de Dios y se ha glorificado Su alabanza. – Bahá’u’lláh, Oraciones Bahá’ís.

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