Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Aunque he leído este pasaje de las enseñanzas bahá’ís muchas veces, un día la frase “el corazón humano -que es el recipiente de la luz de Dios” llamó mi atención profundamente:

Cuán a menudo ha errado el corazón humano -que es el recipiente de la luz de Dios y el asiento de la revelación del Todo Misericordioso- de Aquel quien es la Fuente de esa luz y el Manantial de esa revelación. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los escritos de Bahá’u’lláh, pág. 98.

Esa noche, mientras meditaba, reflexioné sobre esa mística frase de Bahá’u’lláh. En mi meditación, veía mi mente quieta y mi corazón solo como un instrumento para el reflejo de aquello que recibe. Después de meditar, mi corazón descansaba en el centro de algún tipo de poder, rodeado de misericordia y amor, ambos atributos y nombres de Dios.  

Sentí el poder de esos atributos y me dije “si puedo poner mi corazón en este estado de calma, entonces también puedo reflejar algo de Dios y encontrar la fuerza para amar a los demás”. Me dejé sumergir en el poder de ese espíritu por un tiempo y pude sentir mi corazón abrirse con nueva energía.  

En mi experiencia, muchas veces cuando mi corazón siente y refleja algo, empiezo a usar mi mente para intentar expresarlo, sin embargo, siento que nunca logro expresarlo bien. Soy consciente de que nuestras mentes y el lenguaje que usamos para transmitir nuestros pensamientos tienen límites, especialmente cuando se trata de expresar lo que hay en nuestro corazón. Es por eso que a veces me siento frustrada cuando espero que alguien me entienda, que sepa lo que hay en mi corazón. Del mismo modo, me doy cuenta de que no podré saber completamente lo que se refleja en los corazones de otras personas, porque tienen las mismas limitaciones que yo.  

Según Buda: “El corazón sabe lo que el cuerpo no tiene conciencia. Todo lo que aprendemos a través de nuestro cuerpo no nos enseña sobre el corazón”. Si tratamos de acercarnos al corazón de una persona solo con nuestro intelecto, nunca podremos alcanzarlo. Si tratamos de acercarnos al deseo de Dios para nosotros solo con nuestra mente, tampoco podemos entenderlo. Las enseñanzas bahá’ís dicen que el significado de las palabras de Dios solo puede reflejarse a través de un “corazón limpio y una mente pura”:

Es muy fácil leer las Sagradas Escrituras, pero sólo con un corazón limpio y con una mente pura puede uno comprender su verdadero significado. Pidamos ayuda a Dios para que nos permita entender los Libros Sagrados. Oremos para tener ojos que vean, oídos que oigan, y corazones que anhelen la paz. – Abdu’l-Bahá, La sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 77.

Al día siguiente, mientras caminaba por el parque con mi hijo pequeño, le pregunté “¿qué es lo que tu corazón está reflejando ahora mismo?”. Él dijo: “Brisa, pájaros cantando…”. Luego pregunté “¿qué siente tu corazón?” Él dijo: “Alegría, felicidad …”, “¿Sientes aprecio?”, pregunté. “Sí”, dijo.

Si almaceno recuerdos y sentimientos de aprecio en mi alma, regalos de Dios, entonces tendré suficiente para contentarme, pero solo si reflexiono sobre el significado espiritual de las cosas. Si observo los sentimientos que tengo en mi corazón, comienzan a surgir preguntas para mí misma, y esas preguntas me llevan obtener significado. Cuando observo más profundamente, encuentro que mis sentimientos me muestran a qué estoy apegada y me ayudan a ver el significado espiritual oculto en aquella reflexión. Para mí, los eventos diarios son como una lámpara, y el significado espiritual dentro de ellos es como la luz que brilla en la lámpara. Realmente vivo mi vida cuando descubro los significados espirituales ocultos en mis propios sentimientos, y vuelvo mi corazón completamente hacia el Sol de la Verdad:

…cuando una persona no abre su corazón y su entendimiento a la bendición del espíritu, sino que vuelve su alma hacia las cosas materiales, hacia la parte corpórea de su naturaleza, entonces cae de su elevada posición y llega a un estado inferior al de los seres del reino animal. …Si, por el contrario, la naturaleza espiritual del alma ha sido fortalecida hasta el punto de someter bajo su dominio al lado material, entonces el ser humano se aproxima a lo Divino; su condición humana se glorifica y las virtudes de la Asamblea Celestial se manifiestan en él; irradia la Misericordia de Dios, y estimula el progreso espiritual de la humanidad, por cuanto se convierte en una lámpara que ilumina su camino. – Abdu’l-Bahá, La sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág.127.

Existe un poder que purifica el espejo del polvo y transforma su reflejo en intenso brillo y esplendor para que las sensibilidades espirituales puedan purificar los corazones y los dones celestiales los santifiquen. ¿Qué es el polvo que oscurece el espejo? Es el apego al mundo, la avaricia, la envidia, el amor por el lujo y la comodidad, la soberbia y el deseo egoísta; éste es el polvo que impide el reflejo de los rayos del Sol de la Realidad en el espejo. Las emociones naturales son censurables y son como el óxido que priva al corazón de las bondades de Dios. Pero la sinceridad, la justicia, la humildad, el desprendimiento y el amor por los creyentes de Dios purificarán el espejo y lo harán radiante mediante los rayos reflejados del Sol de la Verdad. – Abdu’l-Bahá, La promulgación a la paz universal, pág. 256.

Según tengo entendido, nuestra mente ejerce libre albedrío cuando tomamos nuestras decisiones. Podemos elegir volver nuestros corazones hacia Dios o volverlos hacia nuestros egos. Para mí, nuestras almas se parecen a un lienzo que pintamos con nuestras vidas. El corazón refleja la imagen que debemos pintar sobre él. Nuestras mentes pueden decidir si volvemos nuestros corazones hacia Dios para reflejar lo que Él nos ha ordenado, o si volvemos nuestros corazones hacia nosotros mismos para pintar lo que nosotros deseamos. Si seguimos la voluntad de Dios, “…el corazón es el trono en que está centrada la Revelación de Dios, el Todomisericordioso”. –  Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pág. 58.

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