Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Mi madre y yo aprendimos, cuando empezamos a investigar la Fe Bahá’í, que Bahá’u’lláh había traído un nuevo conjunto de enseñanzas que contenían las respuestas a los problemas del mundo moderno.

Eventualmente, cuando pude conseguir algunos libros bahá’ís y leerlos por mí mismo, encontré las explicaciones de Bahá’u’lláh sobre las necesidades espirituales y sociales de la humanidad extraordinariamente profundas y perspicaces.

Mi libro favorito de Bahá’u’lláh se titula “Las palabras ocultas”, es una pequeña compilación de breves aforismos morales llenos de sabiduría ética, una destilación de la guía espiritual de todas las revelaciones del pasado:

¡OH HIJ O DEL ESPÍRITU! L o más amado de todo ante Mi vista es la Justicia; no te apartes de ella si Me deseas y no la descuides para que Yo pueda confiar en ti. Con su ayuda verás con tus propios ojos y no por los ojos de otros, y conocerás con tu propio conocimiento y no mediante el conocimiento de tu prójimo. Pondera en tu corazón cómo te corresponde ser. En verdad, la justicia es Mi ofrenda a ti y el signo de Mi amorosa bondad. Tenla pues ante tus ojos. – Bahá’u’lláh, Las palabras ocultas, pág. 27.

¡OH VOSOTROS MORADORES DEL MÁS ALTO PARAÍSO! Proclamad a los hij os de la certeza que en los reinos de santidad, cerca del paraíso celestial, ha aparecido un nuevo jardín, alrededor del cual circulan los habitantes del reino de lo alto y los moradores inmortales del exaltado paraíso. Esforzaos, pues, por alcanzar esa posición, para que de sus anémonas desenmarañéis los misterios del amor, y de sus frutos eternos aprendáis el secreto de la divina y consumada sabiduría. ¡Solazados son los ojos de quienes entran y moran en él! – Ibid., pág. 63.

Leí y releí los muchos pasajes de Las Palabras Ocultas. Ahora las cosas parecían tener sentido. Cuando empecé a usar en la escuela lo que estaba aprendiendo en casa, mis profesores deben haber pensado que tuve un trasplante de cerebro. Recuerdo la expresión de asombro en la cara de una profesora de inglés cuando me pidió que usara la palabra “justicia” en una oración.

“Más allá de un vago ideal -respondí-, es difícil saber cómo es la justicia en una época tan cargada de tiranía. La justicia sólo puede ser posible entre personas libres de prejuicios de raza, nacionalidad y género. En cierto modo, la injusticia nos ciega ante la realidad de la justicia. En su ausencia, nos vemos obligados a adivinar cómo podría ser. Creo que la gente se equivoca al pensar que se trata de un producto. La justicia en sí misma no es un fin, es el medio para lograr cosas mayores, es el medio para ver y comprender las cosas por nosotros mismos”.

La maestra no estaba acostumbrada a escuchar tales respuestas de la boca de un estudiante tan aburrido, deslucido y aparentemente despistado – yo.

En el silencio que siguió a mi respuesta, olvidé decirles que la razón por la que tenía estos pensamientos era porque había estado leyendo libros de Bahá’u’lláh. Afortunadamente, la campana de la clase sonó entonces.

La escuela nunca fue la misma después de eso, y los maestros ya no eran aburridos. De repente me interesé por sus ideas. De hecho, todo el proceso educativo tenía ahora sentido, y empecé a comprender que la educación no se encontraba exclusivamente en las escuelas. En última instancia, los maestros no enseñan a los estudiantes, hacen que los estudiantes se enseñen a sí mismos.

Yo tenía doce años en ese momento. De repente, un día, en medio de mi clase de ciencias, me di cuenta de que mi educación era mi propia responsabilidad y que no había límites en el mundo, excepto los que me imponía a mí mismo por descuidar mis estudios. Esto también se aplicaba a mi educación espiritual. Esta comprensión me llevó a muchos otros acerca de mí y de la vida que me esperaba; tener doce años se convirtió en una época de maravillas y descubrimientos.

En ese momento, no sabía lo que quería ser, qué profesión o carrera seguir. Un día quise ser artista, al día siguiente científico, y al día siguiente otra cosa. Esta diversidad de intereses no me preocupaba realmente, me parecía normal que los niños de doce años vacilaran entre las profesiones futuras de un minuto para otro.

Sin embargo, en aquel entonces me preocupaba por ser inconsistente con mis intereses religiosos, ya que había empezado a tomarme en serio la religión. Me di cuenta de que las religiones no son como las profesiones; la gente no debería cambiarlas sólo porque quiera un cambio. Sabía que creía en las enseñanzas de Bahá’u’lláh, y sabía que quería ser un bahá’í más que cualquier otra cosa.

Pero yo era joven y me preguntaba si cambiaría de opinión más tarde. Decidí esperar e investigar de nuevo a otras religiones antes de convertirme en bahá’í, y si después de más investigación y comparación, todavía creía en Bahá’u’lláh, sabría que podría convertirme en un bahá’í sincero.

Mirando hacia atrás, ahora puedo ver que fue una decisión madura. Pero en ese momento creo que estaba influenciado por algo que mi madre me señaló. Ella me dijo que la Fe Bahá’í era una religión de creyentes. Los niños no nacen automáticamente en la religión o se espera que sigan ciegamente las opciones religiosas de sus padres. No hubo bautismo ceremonial. Los descendientes decidían por sí mismos si y cuándo querían convertirse en bahá’ís. Esto significaba que, aunque mi madre se había convertido en bahá’í, todavía podía elegir mi propia religión.

Consideré esto y decidí esperar hasta que fuera mayor antes de registrarme como bahá’í, para estar seguro de que estaba adoptando una religión porque yo mismo creía en ella, independientemente de mi madre. Había leído en los escritos de Bahá’u’lláh que la edad de madurez comenzaba a los quince años. Decidí esperar hasta entonces para tomar mi decisión.

Esta serie de ensayos es una adaptación del libro de Joseph Roy Sheppherd Los Elementos de la Fe Bahá’í, con permiso de su viuda Jan Sheppherd.

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