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John Stuart Mill, uno de los filósofos más importantes del siglo XIX, creía que “la mayor felicidad de la mayoría debería ser el principio rector de la conducta”.

La idea de Mill se ha convertido desde entonces en el mantra básico de la socialdemocracia.

Sin embargo, desafortunadamente, desde el siglo XIX, el capitalismo, el liberalismo y el comunismo han logrado producir una gran cantidad de infelicidad, al mismo tiempo que no han podido evitar el desarrollo de la corrupción desenfrenada. Esto abre la puerta una vez más al fascismo, que se alimenta de la infelicidad y el descontento y conduce a la esclavitud del cuerpo, la mente y el alma.

En este sentido, podríamos prestar atención a la advertencia de Mill: “Los hombres malos no necesitan nada más para alcanzar sus fines, que hombres buenos que observan y no hacen nada”.

Retrocediendo un poco en el tiempo, aprendiendo de la filosofía de Immanuel Kant, que no tenía tiempo para el utilitarismo, podemos comenzar a ver el panorama general con un poco más de claridad. Él pensaba que poner el énfasis solo en la felicidad humana era una comprensión errada de la naturaleza de la moralidad.

Desde el punto de vista de Kant, la base de nuestro sentido de lo bueno o lo malo, lo correcto o lo incorrecto, depende de nuestra conciencia de que los seres humanos son agentes libres y racionales a quienes se les debe dar el respeto apropiado a su naturaleza. Kant creía que a través de la democracia y la cooperación entre las naciones, la paz eterna no solo podía lograrse, sino que era inevitable. Él dijo: “a través de la democracia (derechos humanos) y la cooperación entre las naciones, la paz eterna no solo (puede) lograrse sino que (es) inevitable“.

Sin embargo, desde su época, la democracia y los derechos humanos se han visto obstaculizados de lograr su pleno desarrollo y aún no han demostrado ser eficaces a nivel mundial, ya que las leyes justas aún están lejos de aplicarse universalmente.

Las enseñanzas bahá’ís declaran que una paz universal verdadera y duradera solo puede lograrse adecuadamente en la verdadera fe al establecer un pacto universal inviolable que se extienda a toda la humanidad sobre la base de la ciudadanía mundial, un gobierno mundial verdaderamente representativo y un sistema de la justicia global. La visión bahá’í de ese inevitable futuro estado de la sociedad trasciende las ideas religiosas actuales, las perspectivas culturales, la política y la economía, es una que produce prosperidad para todos y protege el medio ambiente. Sin embargo, para lograr tal estado de cosas, se requiere una fe real, no solo en Dios sino en una aceptación común de la unidad orgánica de la humanidad, que solo puede surgir del amor universal.

Desde esta misma perspectiva básica, Soren Kierkegaard, un filósofo existencial del siglo XIX, declaró que el caballero de la fe es una persona que deposita su fe en sí misma y en Dios:

…cuando el corazón se llena de amor, entonces el ojo nunca se engaña; por amor cuando da, no examina el regalo, sino que su ojo está dirigido hacia el Señor. Cuando el corazón está lleno de envidia, entonces el ojo tiene el poder de invocar la impureza incluso en lo puro; pero cuando el amor habita en el corazón, entonces el ojo tiene el poder de impulsar lo bueno en lo impuro; este ojo no ve el mal sino solo la pureza, que ama y lo alienta al amarlo. Ciertamente hay un poder en este mundo por medio de el cual las palabras pueden convertir el bien en mal, puesto que hay un poder en lo alto que convierte el mal en bien; ese poder es el amor que cubre una multitud de pecados.

Esto resuena bien con la perspectiva bahá’í. En las palabras de Abdu’l-Bahá:

…considerad el avance material del hombre… escuelas y colegios, hospitales, instituciones filantrópicas, academias científicas y templos filosóficos han sido fundados, pero mano a mano con estas evidencias de desarrollo, se han incrementado la invención y producción de medios y armas para la destrucción humana. – La promulgación a la paz universal, pág. 126.

Otro principio integral bahá’í —la completa igualdad de mujeres y hombres— ayudará a impulsar nuestro progreso hacia un mundo pacífico. Simone de Beauvoir, una de las filósofas femeninas más influyentes del siglo XX, expresó ese principio con gran sentimiento:

El día en que sea posible que la mujer ame no en su debilidad, sino en su fortaleza, no para escapar de sí misma sino para encontrarse a sí misma, no para humillarse sino para afirmarse; en ese día el amor será para ella, mientras el hombre será una fuente de vida y no un peligro mortal.

En esta búsqueda de la paz, el reconocimiento de la verdadera fuente de vida trae una sensación de asombro. Tan diversas como pueden ser nuestras ideas filosóficas, una fuerza arde más intensamente en nuestro medio, trasciende todos nuestros pensamientos individuales, reflexiones filosóficas, sueños, esperanzas y ambiciones, planes y acciones y nos lleva a un estado más trascendente: el poder de la oración y meditación, que reconoce la verdadera naturaleza de la humanidad y que actúa como un combustible natural para el espíritu humano:

No sé, oh mi Dios, qué fuego es el que Tú encendiste en Tu dominio. La tierra no podrá nunca nublar su resplandor ni el agua apagar su llama. Todos los pueblos del mundo son impotentes para resistir su fuerza. Grande es la bendición de quien se ha acercado a él y ha oído su fragor. – Bahá’u’lláh, Oraciones Bahá’ís, pág. 71.

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