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¿Hacia dónde se apresuran las naciones y los gobiernos a medida que desarrollan sus capacidades para matar a un mayor número de personas con bombas cada vez más grandes, destruyendo más y más propiedades y riquezas?

¿Qué están buscando? ¿Es el control total de su población y sus propias fronteras? ¿O es expansión y dominación sobre otros pueblos y territorios? ¿Quieren presumir de derechos, o provocar miedo, o simplemente demostrar su supuesta superioridad?

De manera absurda, las naciones que desarrollan mayores medios de destrucción dicen que solo lo hacen para “Proteger nuestra soberanía nacional y mantener nuestra integridad contra las incursiones extranjeras”. Este proceso contraproducente significa que a medida que una nación aumenta sus capacidades para hacer la guerra, otras naciones aumentan su capacidad para seguir el ritmo, de ahí el absurdo término “carrera de armamentos”.

¿Pero quién podría ganar una carrera como esa?

Esta mentalidad es antigua. La historia nos ofrece mil ejemplos de guerras entre facciones y naciones. Con el fin de evitar la invasión y desalentar las acciones de agresión de otros, las naciones construyeron sus ejércitos y su poder militar. El poder militar, visto como un signo de fortaleza y no de debilidad, poder y control sobre las personas y los recursos, sino como una fuente de orgullo y seguridad nacional, ha generado hoy una falsa sensación de seguridad. Los actos terroristas han desafiado ese falso sentido de seguridad, al estallar en cualquier lugar, incluso en centros comerciales, hoteles, escuelas, bares de barrio y clubes de baile o reuniones públicas. Como siempre ha sido el caso, no importa cuánto tratemos de prepararnos, los eventos imprevistos siempre serán así: imprevistos. Todo lo que podemos hacer es reaccionar.

Irónicamente, a eso se reduce la carrera armamentista: a una reacción. “Si me bombardeas o me invades, yo te golpearé más fuerte”.

Muchos intentos han intentado ralentizar esta carrera mortal. Los Tratados de Reducción de Armas Estratégicas (START) de la década de 1990 entre Rusia y Estados Unidos hicieron historia como   acuerdos bilaterales sobre reducción y limitación de armas estratégicas ofensivas. Los tratados prohibieron a sus signatarios desplegar más de 6,000 ojivas nucleares sobre un total de 1,600 misiles balísticos intercontinentales (ICBM) y bombarderos. Nota: ¡sólo 6,000!

El tratado START I expiró el 5 de diciembre de 2009. El 8 de abril de 2010, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el presidente ruso, Dmitry Medvedev, firmaron en Praga el tratado de reemplazo “Nuevo START”. Tras su ratificación, este entró en vigor el 26 de enero de 2011.En 1986, desde un máximo de 70,300 armas nucleares activas, a partir de 2018 existen aproximadamente 14,485 ojivas nucleares en el mundo, por lo que los tratados lograron reducciones significativas.

Pero todos seguimos temiendo a los miles de armas nucleares aún existentes y listas para ser utilizadas. En el 2019, seis estados nacionales han confirmado poseer armas nucleares y al menos cuatro más probablemente las poseen, pero no lo han dicho públicamente. El mundo entero está observando atentamente los armamentos de Corea del Norte actualmente y el desarrollo de nuevas capacidades en estados como Irán es también una preocupación.

Pero tener armas nucleares no es nada reconfortante cuando nos damos cuenta de lo que hace esa devastación, como claramente lo demuestran las fotos de las bombas nucleares de la Segunda Guerra Mundial que cayeron sobre Nagasaki y Hiroshima en Japón. Solo en Hiroshima murieron 80.000 hombres, mujeres y niños. La devastación total abarcó alrededor de dos millas de diámetro con incendios resultantes en 4.4 millas cuadradas y esa fue una bomba primitiva en comparación con el enorme poder destructivo de hoy.

Por lo tanto, usted y yo, y todos los ciudadanos preocupados del mundo, debemos solicitar a sus representantes, legisladores y gobiernos que reduzcan este desarrollo de armas bajo la falsa apariencia de “protección”. Mientras nuestros gobiernos no se desmilitaricen y desarmen, otros también continuarán la carrera.

Las enseñanzas bahá’ís tienen mucho que decir sobre estos importantes temas de la abolición de la guerra y el desarme:

Nuestro propósito, mediante la amorosa providencia de Dios -exaltada sea Su gloria- y Su excelsa misericordia, es abolir de la faz de la tierra, por medio de la fuerza de Nuestra expresión, todas las disputas, la guerra y el derramamiento de sangre. – Bahá’u’lláh, La epístola al hijo de lobo, pág. 34.

Los escritos bahá’ís proscriben muchos medios para abolir el conflicto, empezando por el individuo, extendiéndose a la familia, tribu, ciudad y nación. La causa fundamental de esta acumulación de armas es la desconfianza y el miedo, y hasta que nos esforcemos por conocernos y escucharnos, no podemos esperar encontrar compromiso y unidad, ni a nivel individual ni a nivel entre las naciones. Todos deberíamos instar a la diplomacia y la consulta en todos los niveles de funcionamiento intergubernamental.

Nuestro objetivo unido debe ser la paz universal, como describió Abdul-Bahá:

Las contiendas, disputas y matanzas cederán su puesto a la paz, la veracidad y la concordia… La colaboración y la unión echarán raíces, y la guerra será finalmente abolida…las contiendas serán sometidas al veredicto final y absolutamente justo de un tribunal general, representativo de todas las naciones y reinos…La paz universal plantará su tienda en el centro de la tierra, y el Bendito Árbol de la Vida crecerá frondoso hasta abrazar con su sombra a Oriente y Occidente. Fuertes y débiles, ricos y pobres, sectas irreconciliables y naciones enfrentadas al igual que el lobo y el cordero, el leopardo y el cabrito, el león y el becerro, se conducirán entre sí con el mayor amor, amistad, justicia y equidad. El mundo se llenará de ciencia, de conocimientos sobre la realidad de los seres y sus misterios, y del conocimiento de Dios. – Abdu’l-Bahá, Contestación a unas preguntas, pág. 89.

¿Cómo llegamos a ese punto? Hablaremos de este crucial objetivo en la segunda parte de esta serie.

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