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Nuestras experiencias físicas aquí en la Tierra limitan nuestra capacidad de concebir un Creador.

Dependiendo del idioma que hablemos, nuestro término particular para Dios probablemente tenga asociaciones con palabras raíz como fuerte, grandioso, elevado, resplandeciente, o espíritu.

Independientemente de la palabra que designemos para el Creador, hasta cierto punto tenemos que antropomorfizar a Dios, es decir, referirnos a Dios con el pronombre Él y visualizarlo como humano, para comenzar a entenderlo.

Las sagradas escrituras de la mayoría de las religiones nos dicen que fuimos creados a imagen de Dios. Quizás nos miremos en un espejo y luego imaginemos cómo sería Dios. Pero se nos pide que miremos más profundamente, más allá de la realidad meramente material:

“…pero el cuidado de las cosas inferiores de la vida no debería monopolizar todos los pensamientos y aspiraciones del ser humano. Las ambiciones del corazón deberían elevarse hacia una meta más gloriosa, y la actividad mental debería ascender a niveles superiores. Todas las personas deberían tener en su alma la visión de la perfección celestial, y preparar en ella la morada de la inextinguible munificencia del Espíritu Divino”. – Abdu’l-Bahá, La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 128.

Para hacer esto, podemos mirar dentro de nosotros mismos y encontrar una capacidad de bondad y amor, o tal vez a medida que experimentamos el amor incondicional y la compasión de un padre u otro ser querido, comenzamos a entender que Dios representa la fuente máxima de compasión y amor bondadoso, que dios es amor.

Las sagradas escrituras de casi todas las religiones se refieren a Dios como omnipotente, omnisciente y omnipresente, como todopoderoso y quien está en todas partes al mismo tiempo. Entender lo que significan estos conceptos es más difícil que simplemente mirarse en un espejo, porque no hay nadie en la Tierra que tenga esas cualidades. Estos conceptos son más difíciles de entender porque son abstracciones; para entenderlos mejor necesitamos relacionarlos con cosas dentro de nuestra propia experiencia a través del uso de la analogía, como lo hace la gran literatura, la poesía y las enseñanzas bahá’ís:

Estas condiciones humanas pueden compararse con la matriz de la madre de la cual un niño ha de nacer a este espacioso mundo exterior. Al comienzo el infante encuentra que es difícil reconciliarse con su nueva existencia. Llora como si no quisiera separarse de su angosta morada y se imagina que la vida está restringida a ese espacio limitado. Es reacio a dejar su hogar, pero la naturaleza lo fuerza dentro de este mundo. Habiendo llegado a sus nuevas condiciones, descubre que ha pasado de la oscuridad a una esfera de resplandor; de un ambiente restringido y tenebroso ha sido transferido a un ambiente espacioso y agradable Su alimento era la sangre de la madre; ahora descubre comida deliciosa para disfrutar. Su nueva vida está llena de brillo y belleza. Mira con asombro y se deleita con las montañas, las praderas y los verdes campos, los ríos y las fuentes, las estrellas maravillosas; respira la atmósfera revivificadora; y luego alaba a Dios por librarse de la prisión de su estado anterior y lograr la libertad de un nuevo reino. Esta analogía expresa la relación del mundo temporal con la vida del más allá – la transición del alma del hombre desde la oscuridad e incertidumbre a la luz y realidad del Reino eterno. – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, pág. 68.

Aun cuando describir una abstracción con una analogía tiene sus limitaciones, las parábolas y las alegorías, los símiles y las metáforas son nuestro único medio de entender las cosas abstractas que están más allá de nuestro ámbito de experiencia.

Por ejemplo, las sagradas escrituras de muchas religiones a menudo describen a Dios como una figura paterna. Esto es fácil de entender para las personas que pertenecen a una estructura social basada en el patriarcado. Es algo familiar para nosotros. Sin embargo, también podemos ver más allá de este tipo de analogía, y darnos cuenta de que Dios no es hombre ni mujer, y al menos podemos comenzar a imaginar a Dios sin género.

A medida que maduramos, aprendemos a ver las limitaciones inherentes de nuestros entendimientos anteriores. Cuando éramos niños y escuchábamos que Dios tenía el mundo entero en sus manos, era razonable que asumiéramos que Dios era grande, realmente grande. Más tarde, cuando aprendimos la diferencia entre las analogías figurativas y los significados literales de las palabras, llegamos a comprender que Dios no es ni grande ni pequeño, que Dios no tiene tamaño.

Hombre y mujer, grande y pequeño son como los conceptos de arriba y abajo. Sólo se aplican al universo físico. La realidad de Dios es infinitamente mayor que estas. Las analogías, sin embargo, sirven a un propósito. Son los puntos de partida de la comprensión. Aquí en el mundo físico, comenzamos un proceso de aprendizaje y descubrimiento que durará mientras el alma perdure, durante toda la eternidad .En ese proceso, aprendemos a acercarnos más a la belleza espiritual que encontramos en nuestra concepción del Creador:

Por tanto, sabemos que la cercanía a Dios es posible a través de la devoción a Él, a través de la unión con la humanidad y por el amor benevolente hacia todos; depende de la investigación de la verdad, de la adquisición de virtudes loables, del servicio en la causa de la Paz Universal y de la santificación personal. En una palabra, acercarse a Dios exige el sacrificio de sí mismo, la renunciación y el perderlo todo por Él. Cercanía es semejanza. – Abdu’l-Bahá, La Promulgación a la Paz Universal, pág. 162.

En las enseñanzas bahá’ís , Bahá’u’lláh nos dice que Dios es, en última instancia, incognoscible, que nunca podemos comprender completamente a nuestro Creador. Dios no puede ser definido por nadie más que Dios. Podemos saber algo de su creación, pero no importa cuánto entendamos, Dios es infinitamente más grande que los pensamientos de toda la creación.

Esta es una lección importante de humildad para nosotros. Como se observa en todas partes en la naturaleza, las cosas inferiores nunca pueden entender las cosas superiores a ellas. Las rocas no pueden comprender la naturaleza de las plantas, las plantas no pueden comprender la naturaleza de los animales, los animales no pueden comprender la naturaleza de los humanos y los humanos no pueden comprender la naturaleza de Dios. Pero aún así estamos en la Tierra con un propósito, y siempre hemos necesitado formas de contemplar a nuestro Creador. Con sus vidas, sus enseñanzas y sus acciones, los profetas de Dios nos enseñan acerca de las cualidades o atributos de Dios, lo que nos permite trascender algunas de las limitaciones de las definiciones y analogías.

¡Oh tú que vuelves el rostro hacia Dios! Cierra los ojos a todo lo demás y ábrelos al dominio del Todoglorioso. Pídele solamente a Él cuanto desees; solicítale sólo a Él todo lo que requieras. Con una mirada Él otorga cien mil esperanzas, de un vistazo Él cura cien mil enfermedades incurables, con un gesto Él pone bálsamo en toda herida, con una ojeada Él libra los corazones de los grillos del dolor. Él hace lo que hace y ¿qué recurso tenemos nosotros? Él lleva a cabo Su Voluntad, Él ordena lo que desea. Así que es mejor que inclines la cabeza en sumisión y deposites tu confianza en el Señor Todomisericordioso. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los Escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 40.

Cuenta con Dios; confía en Él. Confía en Él. Alábale y recuérdale continuamente. Él, ciertamente, transforma la dificultad en tranquilidad, la pena, en consuelo, y el afán, en completa paz Él, en verdad, tiene dominio sobre todas las cosas. – Ibid., pág. 134.

Cuando una persona dirige su rostro a Dios encuentra el sol por doquier. – Abdu’l-Bahá, La Sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 17.

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