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Hace treinta y ocho años, decidí emigrar a Canadá cuando mi país natal, Irán, adoptó una nueva ley que exigía el uso del hijab islámico.

Llegó un memorándum a mi oficina que comunicaba que todas las mujeres debían observar el uso de “el apropiado hijab” a partir del próximo sábado, el primer día de la semana laboral en Irán. ¡Nunca me había vestido con poca modestia, pero, estando en el año 1980, no me iba a cubrir cuando Tahirih, una de las primeras creyentes de mi religión, se había quitado el velo en la década de 1840!

Afortunadamente, Canadá estaba aceptando inmigrantes y me recibió con los brazos abiertos. Me dijeron que no tendría problemas en encontrar trabajo como programadora de computadoras y que podría elegir vivir en cualquier parte del “Gran Norte Blanco”. Elegí Vancouver, y es grandioso, pero no blanco; en cambio, es verde, exuberante y hermoso.

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 Vancouver no decepcionó. Obtuve un trabajo en un par de semanas y me instalé en mi nueva vida como una mujer soltera de 24 años en un nuevo país. Un par de años más tarde, me casé con un canadiense y crie a mi familia en esta querida tierra.

Por supuesto, nunca es fácil instalarse en un lugar desconocido. Lo sabía porque lo había hecho antes, como estudiante de intercambio durante un año en una granja de Illinois. También había ido a una Universidad Adventista del Séptimo Día en Beirut, Líbano durante dos años, y había terminado mis dos últimos años de universidad en Riverside, California. Adaptarse a nuevos países, idiomas, culturas y pueblos nunca está exento de desafíos, ¡pero también puede ser muy estimulante!

No solo trabajé, me casé y tuve hijos aquí en Canadá, sino que también me involucré conscientemente en mi comunidad local. Cuando mis hijos estaban en la escuela y el distrito escolar enfrentaba tensiones raciales en la comunidad estudiantil, trabajé como voluntaria bahá’í para ayudar a enfrentar y resolver estos desafíos. Mi comunidad bahá’í y yo organizamos un taller de danza bahá’í para realizar presentaciones en escuelas secundarias, realizando bailes relacionados con el racismo y otros problemas que desafían a nuestros jóvenes. Ayudé a organizar campamentos de diversidad para los estudiantes entre otras estrategias para la educación de nuestros jóvenes. Ayudé en la formación del premio anual de Unidad en Diversidad, el cual era abierto a toda la comunidad, dando un reconocimiento a las personas y organizaciones que realizaban contribuciones a la construcción de lazos de unidad entre los diversos grupos. Trabajé con nuestros centros comunitarios para que se vuelvan más accesible a las diversas culturas de nuestro municipio. El servicio a mi comunidad local se convirtió en una parte importante de mi vida canadiense, y traté en todo momento de servir con el objetivo de promover la unidad de la humanidad, aquel principio bahá’í que había visto reflejado en mi vida tan claramente.

También siempre he creído en el libre albedrío y lo considero un regalo del Creador, que nadie me puede quitar. He elegido libremente ser una ciudadana del mundo en lugar de estar atada a cualquier país. Mi patriotismo no se limita a un solo lugar, a un conjunto de fronteras que alguien dibujó en un mapa; en cambio, mi patriotismo es para todo el mundo.

Amo Canadá, y si me preguntas de dónde soy, te diré: Canadá. Si luego me miras con ojos dudosos, te diría que nací en Irán, pero ahora soy canadiense. Sorprendentemente, en el proceso de mudarme y vivir en Canadá, no he perdido mi amor por Irán ni por ningún otro país en el que haya vivido. Me encanta los Estados Unidos y el pueblo estadounidense, su honestidad y franqueza. Amo a mi familia americana. Me encanta el Líbano y el pueblo libanés, uno de los puebos más cálidos que he conocido.

Mis viajes a través de diferentes lugares me han convencido de que “la Aldea Global”, un término acuñado por el pensador y futurista canadiense Marshal McLuhan en la década de 1960, finalmente ha llegado. Bahá’u’lláh, el profeta y fundador de la Fe Bahá’í, lo declaró en la década de 1860:

No debe enorgullecerse quien ama a su patria, sino más bien quien ama al mundo entero. La tierra es un solo país, y la humanidad sus ciudadanos. – Bahá’u’lláh, Las Tablas de Bahá’u’lláh, pág. 111.

Canadá celebró el 150 aniversario del nacimiento de su Federación hace dos veranos. En ese primero de julio, tuve el honor de hablar en la celebración de la ceremonia de juramento de ciudadanía de mi ciudad natal para 60 nuevos ciudadanos. Terminé mi discurso con las siguientes palabras:

Hoy, ha comenzado una nueva aventura. Se está convirtiendo en parte de este mágico experimento de construir la Aldea Global. Entonces, conozca a extraños, pruebe cosas nuevas y haga nuevos amigos, especialmente con aquellos que son diferentes a usted. Todos tenemos la oportunidad de reinventarnos en este glorioso país, ser nuevas personas, pensar de nuevas maneras, aprovechar nuestras nuevas libertades y crear un país y, en última instancia, un mundo libre de prejuicios, racismo y sesgos de cualquier clase. ¡Qué maravillosa aventura!

Se dice que “el hogar es donde está el corazón”. Mi corazón está con este glorioso planeta, en cada rincón, en cada país, haya estado allí o no. La tierra es mi hogar dulce hogar. Y también es el tuyo.

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