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Mi mente siempre está llena de actividad, tomando estímulos, analizando, imaginando, planificando y decidiendo, pero a menudo siento la necesidad de calmarla por un momento para encontrar paz interna.

Mi cerebro ocupado puede ser difícil de calmar, así que cuando quiero concentrarme en mis pensamientos, necesito encontrar silencio. A medida que aprendía más sobre la meditación como una herramienta terapéutica para mi experiencia personal, escuché a muchas personas comentar sobre lo difícil que les resultaba enfocar sus pensamientos.

Con la difusión de las redes sociales y las diferentes tecnologías, la atención es cada vez más estrecha; los educadores a nivel nacional son testigos del aumento de los problemas de déficit de atención entre sus estudiantes; la sobreestimulación afecta todo, desde la forma en que operamos en los lugares de trabajo hasta la forma en que dormimos, y nuestras vidas se han moldeado profundamente por la estimulación llamativa y acelerada del Internet. Pero cuanto más complejos se vuelven nuestros problemas, más nos podemos beneficiar del silencio meditativo, aunque a muchos de nosotros nos resulta difícil permanecer en silencio durante un período prolongado de tiempo.

Las enseñanzas bahá’ís explican:

…el signo del intelecto es la contemplación, y el signo de la contemplación es el silencio, puesto que es imposible para una persona hacer dos cosas al mismo tiempo: no puede hablar y meditar a la vez. – Abdu’l-Bahá, La sabiduría de Abdu’l-Bahá, pág. 210.

Podemos encontrar claridad intelectual al meditar. Incluso bajo presión, tomarse un momento para concentrarse profundamente y meditar sobre un tema en particular nos permite abrir nuestras mentes para encontrar una solución. Aunque conversar con otros sobre un problema puede ayudar, la deliberación silenciosa nos brinda algo especial. Quizás, cuando no nos enfocamos en hablar, podemos lidiar con nuestros pensamientos y sentimientos en su forma cruda. En una conversación, los límites de nuestro lenguaje nos distraen, al igual que la presión de tratar de expresarnos claramente y leer cómo reaccionan los demás ante nosotros.

Al infundir nuestra rutina diaria con energía meditativa, también ayudamos a silenciar nuestro ego, que nubla nuestra mente con sus pensamientos más ruidosos. A medida que mejoramos al movernos en silencio, la cantidad de pensamientos egocéntricos que tenemos disminuirá, lo que significa menos cosas para resolver cuando intentemos acceder a la inspiración de la fuente divina a través de la meditación:

Descartemos todos los pensamientos egoístas; cerremos los ojos a todo lo que existe en la tierra y no demos a conocer nuestros sufrimientos ni nos quejemos por los agravios. Más bien, olvidémonos de nosotros mismos y, apurando el vino de la gracia celestial, proclamemos nuestro regocijo y perdámonos en la belleza del Todoglorioso. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá, pág. 177.

Esto puede sonar intimidante para alguien nuevo en la meditación, o para cualquiera que intente integrar una energía más meditativa en su vida. Cambiar los patrones de pensamiento lleva tiempo, por lo que si la meditación solo fuera beneficiosa para silenciar completamente los pensamientos que nos distraen, casi ninguno de nosotros se beneficiaría mucho con eso.

En lugar de esperar vaciarnos por completo de pensamientos sin sentido cuando meditamos, podemos perdonarnos y dejar que los pensamientos fluyan dentro y fuera de nosotros sin juzgar. En lugar de tratar de no tener ningún pensamiento, podemos despejar nuestras mentes dándonos el permiso de dejar que los pensamientos existan. Cuando meditamos, dejamos de vincular nuestros pensamientos a la emoción o al significado; simplemente reconocemos aquellos pensamientos que nos distraen y los dejamos desvanecerse. Eso nos permite enfocar nuestras mentes en “el secreto de las cosas que no se ven:”

Medita profundamente para que te sea revelado el secreto de cosas invisibles, aspires una fragancia espiritual imperecedera y reconozcas el hecho de que, desde tiempo inmemorial, el Todopoderoso ha probado a Sus siervos y continuará probándoles hasta la eternidad, a fin de que la luz sea distinguida de las tinieblas; la verdad, de la falsedad; lo justo, de lo injusto; la guía, del error; la felicidad, del infortunio; y las rosas, de las espinas. – Bahá’u’lláh, El libro de la certeza, pág. 12.

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