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Una historia de los primeros días de la Fe baha’i relata una conversación entre un musulmán rico y conocedor y un pobre, casi analfabeto seguidor de Bahá’u’lláh y su precursor, el Bab. El primer hombre, que busca devolver al otro al Islam ortodoxo, según se informa, preguntó:

 ¿Cómo es posible que, pese a  todo mi conocimiento, no he conseguido apreciar la validez del mensaje del Báb, en tanto que, una persona analfabeta, como tú, pretende haber reconocido la verdad de su misión? – citado por Adib Taherzadeh en La Revelación de Bahá’u’lláh, volumen 2, pp. 33-34.

Ante esto, según se dice, el Bahá’í recogiendo un manojo de arena respondió:

 Sin embargo, un hombre de saber; es como una joya preciosa a la que se retiene en un estuche, que a su vez se encierra en una habitación, y que cuando el Sol se levanta, permanece en la oscuridad. – Ibid, p. 34.

La persona a la que se le atribuyen estas palabras, llamada Hashim Khan, adquirió una visión especial sobre la forma en que un mensaje divino penetra en la sociedad. Él vio que las enseñanzas de Dios al principio tienen el mayor impacto en aquellos cuyos corazones son puros y cuyas mentes no han sido saturadas por una educación espiritualmente incoherente. Entendió que el conocimiento que los educadores divinos tratan de enseñar se refiere principalmente a la relación del alma con el Creador, y no al funcionamiento del mundo material o la información transmitida por otros.

En el tiempo de Bahá’u’lláh, muchas almas reflejaron el poder de su revelación -es decir, la guía espiritual contenida en sus escritos- como granos de arena a la luz de la mañana. Entre los más distinguidos se encontraba un hombre llamado Shaykh Salman.

Antes de la existencia de los teléfonos, el correo electrónico, las redes sociales o incluso un servicio postal moderno, Shaykh Salman prestó el servicio inestimable de entregar mensajes a pie entre Baha’u’llah, que vivía en el exilio, y sus seguidores, la gran mayoría de los cuales , en ese momento, vivía en Irán. Durante décadas, él llevaría cartas a Bahá’u’lláh. Y Bahá’u’lláh le confiaría sus respuestas escritas, que según las enseñanzas bahá’ís, son la Palabra revelada de Dios para nuestro tiempo. Sheik Salman viajaba de ciudad en ciudad entregando estos mensajes sagrados y reuniéndose con los bahá’ís de cada lugar.

Uno de sus contemporáneos escribió sobre él:

Visitar esta gran alma es una alegría inmensurable para cualquiera de los creyentes. Aunque era analfabeto y su estilo de vida era extremadamente simple, él era la esencia de la inteligencia y el conocimiento. Cada vez que los amigos se enredaban con una pregunta difícil, él era capaz de responder la pregunta y explicar el asunto en discusión en palabras sencillas. Nunca presenciamos en él el más mínimo rastro de ego, que se desliza tan insidiosamente en los corazones de los hombres. – Haji Mirza Haydar Ali, Stories from the Delight of Hearts, p. 133.

Viajar a pie distancias tan largas es, sin duda, sumamente duro. Una persona que lo acompañó en uno de estos viajes fue un hombre llamado Haji Muhammad-Tahir. Él recordó que Shaykh Salman le pedía que le leyera los mensajes. Mientras se los leía, Shaykh Salman descubría a quién estaba dirigido cada uno de los mensajes. Luego de saber para quien eran los mensajes, Haji Muhammad-Tahir escribiría el nombre del destinatario en cada uno.

Shaykh Salman tenía una comprensión increíble de las enseñanzas de Bahá’u’lláh, así como del carácter y la vida interior de las personas que conoció. Tenía un don especial para conectar ambos. Él no conocía mucho de libros, a excepción de los que él entregaba. Pero su percepción de la realidad espiritual de las personas y de las situaciones a su alrededor era extraordinaria. Esto se evidencia en el hecho de que Bahá’u’lláh, en cierta medida, se basaba en el juicio de Shaykh Salman para decidir quién de Irán tendría el privilegio de encontrarse personalmente con él en Tierra Santa.

La vida y las acciones de Shaykh Salman son testimonio de lo que Bahá’u’lláh escribió en el Libro de la Certeza:

La comprensión de Sus palabras [la palabra de Dios] y la percepción de la melodía de las Aves del Cielo [los mensajeros de Dios] de ningún modo dependen de la erudición humana. Dependen solamente de la pureza del corazón, castidad del alma y libertad de espíritu. Esto lo prueban quienes hoy día, sin conocer una letra de las normas establecidas del saber, ocupan las sedes más eminentes del conocimiento, y el jardín de sus corazones se adorna, mediante las lluvias de la gracia divina, con las ro- sas de la sabiduría y los tulipanes del entendimiento. ¡Bienaventurados los sinceros de corazón por su participa- ción de la luz de un Día poderoso!- Bahá’u’lláh, El Libro de la certeza, pp 137-138.

El ejemplo de Shaykh Salman da lugar a algunas consideraciones sobre nuestro propio tiempo y nuestras propias sociedades. Ninguna generación antes que nosotros ha sido bendecida como lo somos hoy con los frutos de la educación. La UNESCO -la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura- estima que la tasa de alfabetiismo mundial supera actualmente el 86%. Las comunidades que hasta hace poco tiempo no soñaban con tener su propia escuela, ahora pueden brindar formación académica a sus hijos. La difusión de la educación ha abierto innumerables puertas para la realización del potencial humano.

Pero a medida que la humanidad profundiza en los beneficios que provienen de la educación formal, no debemos olvidar que el estudio por sí solo no refina nuestro carácter, ni necesariamente nos da una visión especial de la dimensión espiritual de la existencia. Bahá’u’lláh nos llama a tener pureza de corazón, castidad del alma y libertad de espíritu. La vida y las acciones de Shaykh Salman nos permiten vislumbrar la profundidad del conocimiento que proviene de recorrer ese camino.

Independientemente de nuestro nivel educativo, nos preguntarnos: ¿somos joyas preciosas encerradas en una caja? ¿O somos granos de arena esperando el amanecer?

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