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Siempre sospeché que nuestro mundo necesitaba algo extraordinario para poder ser reparado, algo sin precedentes, algo nuevo y aún sin descubrir, algo hermoso que pueda mitigar sus costumbres destructivas.

Así que, afligidos por la guerra en Vietnam, perplejos por el flagelo del racismo en los Estados Unidos y consternados por la falta de amabilidad en la política estadounidense, mi novia y yo, por ilógico que parezca, viajamos en nuestras bicicletas a Portland, Maine, y , como los hippies de aquellos tiempos, buscamos una solución, una forma de cambiar el mundo, como lo diría la ambientalista Laura Sewall, y allí, por primera vez hicimos reverencia a una autoridad espiritual, nos convertimos en bahá’ís y nos casamos, en 1971. Con nuestro equilibrio trastornado, fuimos revolucionados:

El equilibrio del mundo ha sido trastornado por la vibrante influencia de este más grande, este nuevo Orden Mundial. La vida ordenada de la humanidad ha sido revolucionada por la acción de este único, este maravilloso Sistema, nada que se le parezca ojos mortales jamás han presenciado. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, pág. 71.

Para Sewall, el encuentro con la belleza motiva nuestro deseo de cambiarnos a nosotros mismos y a nuestro mundo, y estoy de acuerdo. Lo sentí en mí mismo.

Por ejemplo, el experimentar la belleza en Maine de una ballena franca emergiendo de Small Point, un gran cormorán que vuela a través de Kennebec, o la canción de los túrdidos en los pinos broncos, si posee belleza, esta irrumpe en nuestra conciencia imponiendo su voluntad sobre la nuestra. Ella dice que es así como nuestra relación con la belleza del mundo natural se convierte en el principio autoritario que nos dirige. Al enfocarnos solo en la belleza nosotros mismo nos volvemos hermosos: “No nos equivocamos sobre el camino en el que estamos. Estamos caminando por el camino de la belleza y no hay vuelta atrás “. – Laura Sewall, La vista y la sensibilidad , pp. 117-19.

Si expandiéramos nuestras mentes para incluir la belleza de los seres humanos, aquellos que al principio nos podrían parecer extraños, aquellos cuyo color de piel, nacionalidad, religión o estatus económico no son iguales a nosotros, entonces ellos también ocuparían un lugar más bello y más significativo dentro de nuestra conciencia.

De esta manera, todos y cada uno de los “otros”, los llamados extraños a nuestras vidas habituales ya sean las criaturas de la naturaleza, los moradores de los apartamentos urbanos del otro lado del planeta o los nómadas que recorren el desierto, se convierten en habitantes en nuestros corazones y objeto de nuestra mirada amorosa. Así “nos convertimos en el mundo dentro del que estamos”, es la forma Sewall de decirlo. – Ibid., pág. 263.

Así mismo, al convertirme en bahá’í, asimilé la belleza de esta Fe y dejé espacio para ella en mi conciencia. De hecho, los bahá’ís se refieren a Bahá’u’lláh, el mensajero divino que enunció sus principios, como “la Bendita Belleza”, el objeto ideal y último de nuestra adoración. Por lo tanto, haber invitado a Bahá’u’lláh a mi corazón era invitar a la belleza, el amor, la bondad, la justicia, así como a la autoridad espiritual que sus enseñanzas encarnan, para establecer el campo energético de mi identidad. Como él sugirió:

Vuelve tu vista hacia ti mismo para que me encuentres dentro de ti, fuerte, poderoso e independiente de todo. – Bahá’u’lláh, Las Palabras Ocultas, pág. 7.

De esta manera, así como William James describió la conversión religiosa pura:

… los lugares centrales en la conciencia de un hombre, el grupo de ideas a las que se dedica, y desde el que trabaja, lo llaman el centro habitual de su energía personal ahora ocupan un lugar central, y aquellos objetivos religiosos forman el centro habitual de su energía – Las variedades de la experiencia religiosa, p. 162.

Esos lugares centrales, que Bahá’u’lláh describió como los “nombres” y “atributos” de Dios, abarcan todo lo que los teólogos y filósofos, buscadores y santos siempre han entendido como virtud: misericordia, bondad, compasión, amor, paciencia, tolerancia. etc. Entonces, al convertirme en bahá’í, intercambié los elementos desorganizados y fungibles de mi psique juvenil por aquellos más ordenados, más bellos, más virtuosos y más centrales.

Recuerdo pasear por las calles de Portland, durante ese frío enero, luego de haberme convertido en bahá’í, envuelto en un sentimiento de intenso amor por cada persona anónima que pasaba por la calle, cada rostro era un mapa del corazón, cada copo de nieve un prisma, cada gorrión un águila durante un mes de euforia y conciencia expandida. Sentí el mismo éxtasis que Sewall describe en sus brillantes encuentros con la belleza como “señales que corren por los poros de mis astas”. – Laura Sewall,  La vista y la sensibilidad , pág. 63.

Pronto soñaría que una de las figuras centrales de la Fe bahá’í, venerado y difunto, me estaba enseñando a volar. Saboreé la alegría y la emoción de un alma despertada, con certeza.

Desde entonces, he aprendido que vivir una vida bahá’í significa intercambiar lo que es habitual por lo que es sagrado, lo que es frío para lo que es caliente, y que en eso radica la reforma de nosotros mismos y de nuestro mundo, que incrustada en cada conversación, cada momento, en la voz del agua que fluye, y detrás de todas las apariencias, brilla destellos del reino de la belleza, y una entrada al fuego y la luz, y una invitación a ser más cálidos, más iluminados y más hermosos, si nos atrevemos a hacerlo.

Pero la razón por la que les estoy diciendo todo esto es para recordarles que además de las bendiciones que el amor de Dios nos puede otorgar misericordiosamente, es la fuerza del esfuerzo individual, junto con la obediencia en las leyes y ordenanzas de la Bendita Belleza, lo que nos ayudará a convertir a nuestro mundo y a nosotros mismos en seres más hermosos. De hecho, el filósofo bahá’í William Hatcher advirtió que los beneficios de la espiritualidad:

…no son experiencias fortuitas que casualmente podemos obtener del universo. Deben ser buscados conscientemente y practicados tan diligentemente como cualquier disciplina científica o académica. El método científico, el uso consciente, sistemático, organizado y dirigido de nuestras facultades mentales, debe emplearse si queremos tener éxito en el desarrollo de la espiritualidad. – William Hatcher, “La ciencia de la religión“,  Asociación Canadiense de Estudios sobre la Fe Bahá’í, Volumen 2, 1977, p. 43.

No digo esto en un tono moralista, sino como un grito desde el corazón, al centro de nuestras vidas cotidianas. Quiero que sepas que desde aquella medianoche en la casa de un bahá’í, hace muchos años atrás, cuando mi novia y yo nos convertimos en bahá’ís y nos casamos, nunca he mirado atrás. Quiero que lo sepas para que en tu búsqueda día a día, minuto a minuto por la belleza nunca languidezca, seas bahá’í o no.

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