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La noticia del destierro de Bahá’u’lláh se extendió por Bagdad como una tormenta de arena.

La comunidad babi se reunió, muy angustiada por el hecho que el corazón de su comunidad, Bahá’u’lláh, que los dejaría. La casa de Bahá’u’lláh era demasiado pequeña para todos los visitantes que se reunían para verlo por última más. Además, el flujo constante de visitantes supone una carga adicional para la esposa de Bahá’u’lláh, Navvab, mientras trataba de empacar y prepararse para el viaje. Un hombre prominente de Bagdad ofreció su jardín privado fuera de la ciudad como un lugar donde Bahá’u’lláh podría reunirse con los visitantes.

Este jardín similar a un parque a orillas del río Tigris, más tarde llamado el Jardín de Ridvan (que significa “Paraíso” y se lee como Rez-ván) por los seguidores de Bahá’u’lláh, se convertiría en uno de los más sagrados y venerados lugares en el mundo bahá’í: el lugar donde comenzó la Fe bahá’í.

El 22 de abril de 1863, Bahá’u’lláh salió de su casa en Bagdad por última vez, caminando hacia el río que cruzaría en su camino hacia el jardín Ridvan. Los observadores recuerdan esta escena como emotiva y memorable. La gente llenaba las calles. Algunos subieron a los tejados para echar un último vistazo a Bahá’u’lláh. En el centro de este torbellino, la figura calmada de Bahá’u’lláh caminó a pie entre la multitud.

Sus seguidores se reunieron en el Jardín de Ridvan, a las puertas de Bagdad, durante doce días. Aun cuando Bahá’u’lláh aún no había compartido con nadie la naturaleza de su experiencia transformadora en el Pozo Negro de Teherán diez años antes, muchos habían reconocido su posición profética por sí mismos. Ellos pudieron ver esta rara cualidad en la espontánea efusión de su poderoso discurso y escritura, que parecía provenir de una sabiduría innata y superior, en su calma y dignidad frente a los elogios de notables o intentos de asesinato por parte de enemigos, y en la profunda resonancia espiritual que sintieron en su presencia, un amor radiante que los inspiró hacia los más altos estándares de moralidad y amabilidad.

Ahora, en ese jardín con fragancia de rosas y lleno con el canto primaveral de ruiseñores que Bahá’u’lláh anunció la naturaleza de su misión a unos pocos seguidores. El anuncio causó gran alegría a quienes ya lo habían sentido, y un renovado sentido de propósito para los exiliados.

Entrada al Jardín del Ridvan en Baghdad

Cada mañana, en el jardín de Ridvan, los jardineros recogían rosas y las apilaban en el centro de la tienda de Bahá’u’lláh. En gestos de amistad, Bahá’u’lláh le daría una rosa a cada visitante y otros para que los llevaran a sus amigos y seguidores en Bagdad.

Los ruiseñores cantaban durante las noches mientras anidaban entre los rosales. Bahá’u’lláh comparó sus hermosas canciones y su atracción por las rosas con la devoción apasionada de una vida vivida al servicio de Dios. Por amor a las rosas, observó, los ruiseñores cantan sus canciones más hermosas en la hora más oscura. De la misma manera, aquellos que aman a Dios y su creación ofrecerán sus dones a la humanidad, a pesar de la oscuridad que los rodea:

“Di: El Todomisericordioso ha venido investido de poder y soberanía. Mediante su poder se han estremecido los cimientos de la religión, y el Ruiseñor de la Expresión ha gorjeado su melodía sobre la más alta rama del auténtico entendimiento. Verdaderamente el que estaba oculto en el conocimiento de Dios y es mencionado en las Sagradas Escrituras ha aparecido”. – Bahá’u’lláh, Las Tablas de Bahá’u’lláh, p. 69.

En el bello, poético y elevado lenguaje de Bahá’u’lláh, la conciencia de que había surgido una nueva Fe global comenzó a brillar en el pequeña grupo de seguidores cautivados de Bahá’u’lláh.

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