Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Todos estamos siempre en busca de felicidad. No existe ningún ser viviente en este mundo que no quiera sentirse feliz. Pero lo cierto es que no es fácil alcanzar por completo esta condición y muchas veces esta búsqueda nos puede conducir a la ansiedad y desesperación.

Caminando por un centro comercial muy popular en mi ciudad, vi un anuncio que me llamó mucho la atención, este decía “El X (nombre del centro comercial) te quiere feliz”. Esto se quedó grabado en mi mente por mucho tiempo y me puse a pensar cómo actualmente el consumismo es un gran disfraz de felicidad. Cuando me compro unos zapatos nuevos estoy animada por un día o dos, cuando consigo un celular de última generación, esto me anima tal vez por una semana, pero eventualmente este sentimiento se va desvaneciendo y finalmente se convierte en un sinsentido, en algo vacío. Entonces, buscamos otra cosa que pueda hacer resurgir aquel sentimiento.

La ansiedad generalizada que impera en nuestra sociedad está basada en una frustración colectiva al no poder alcanzar por completo aquella verdadera felicidad, como si esta se escapara entre nuestros dedos.

Vivimos expectantes por alcanzar una concepción errónea de felicidad. Nuestra sociedad actual nos dice que la riqueza es felicidad, que el consumismo es felicidad, que una idea irreal de amor romántico es felicidad. Vivimos esforzándonos por alcanzar un mero espejismo de lo que es felicidad.

¿Entonces qué es la felicidad? ¿Cómo podemos llegar a alcanzarla?

Abdu’l-Bahá, el hijo de Bahá’u’lláh quien fue el fundador de la Fe Bahá’í, siempre preguntaba a las personas que lo visitaban “¿Eres feliz?”, Él decía “¡Sé feliz!”. Y cuando alguien albergaba tristeza en su corazón por alguna desdicha, Él decía: “¡Olvídalas! Cuando tu corazón está lleno del amor de Dios, no cabrá la tristeza, sólo el amor y felicidad”.

Si queremos alcanzar una verdadera y duradera felicidad, entonces, debemos poner nuestras esperanzas solo en Dios. El amor a Dios es aquella llave que abre la puerta espiritual que conduce hacia la felicidad.

“La felicidad espiritual es la verdadera base de la vida del hombre, puesto que la vida fue creada para la felicidad, no para la tristeza; para el placer, no para el dolor. La felicidad es vida, la tristeza es muerte. La felicidad espiritual es la vida eterna. Es una luz a la que no sigue la oscuridad… Esta gran bendición y precioso don pueden ser obtenidos por el hombre únicamente por medio de la guía de Dios… Esta felicidad no es sino el amor de Dios”. – Abdu’l-Bahá, DA J/; p. 23.

Cuando amamos a Dios todo se vuelve más fácil. Cuando nos olvidamos de Él, por el contrario, todo se ve gris. La ansiedad y desilusión inunda nuestro ser, sin que entendamos completamente por qué. Cada pequeño problema se ve gigantesco, cada desilusión se siente como la más grande. En cambio, cuando tenemos a Dios en nuestro corazón, nos sentimos invencibles.

“Armado con el poder de Tu Nombre, nada podrá dañarme, y con Tu Amor en mi corazón, no podrán en modo alguno alarmarme todas las aflicciones del mundo”. – Bahá’u’lláh, Oraciones Bahá’ís, p. 102.

Debemos amar a Dios primero para poder encontrar felicidad en esta vida terrenal. Todos esos lujos y aficiones nunca nos llenarán por completo, siempre sentiremos que algo nos falta. Es con el amor a Dios que podremos encontrar tranquilidad y paz espiritual. Y luego de esto podremos reflejar este amor en nuestro comportamiento y en cómo amamos a los demás, en cómo amamos a nuestros padres, hermanos, amigos, esposos; seremos más comprensivos con los errores de otros, seremos más empáticos, más humildes y buscaremos el bienestar de todos. Nos preocuparemos por la naturaleza y por contribuir con acabar con el sufrimiento de los más desafortunados. Porque el amor de Dios se refleja en amor por la humanidad.

Personalmente, pude percibir lo que yo creo que es la felicidad espiritual a los 15 años cuando comencé a dar clases bahá’ís para niños en un pequeño barrio cerca de mi casa. A pesar de las dificultades que mi vida podía tener, cada vez que iba a enseñar a niños sobre el amor, la bondad, la paciencia, al ver cómo se desarrollaban interiorizando estos principios tan fundamentales para la mejora del mundo, mi alma era reanimada. Sentía felicidad. Aquella felicidad verdadera que tan ansiosamente buscamos. Entendí en aquel momento que la felicidad verdadera es la felicidad espiritual, una que está basada en el amor a Dios y que encuentra expresión en el servicio a la humanidad.

Ningún bien material puede reemplazar aquellas sonrisas que uno recibe al ayudar a otros. Aprender a amar a la humanidad a través del amor a Dios es felicidad. Nunca nada nos llenará más que ese amor.

A pesar de todas las distracciones con las que somos bombardeados todos los días, aquella grandiosa realización no puede ser olvidada.

¡Oh amados del Señor! Esforzaos por llegar a ser las manifestaciones del amor de Dios, las lámparas de la guía divina que brillen en medio de los linajes de la tierra con la luz del amor y la concordia. – Abdu’l-Bahá, Selecciones de los escritos de Abdu’l-Bahá, p. 23.

Como Abdu’l-Bahá nos aconseja, debemos esforzarnos por convertirnos en “las manifestaciones del amor de Dios” en esta tierra, es así como podremos encontrar un propósito más grande esta vida. Es así que encontraremos verdadera felicidad.

1 Comentario

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  • DSch Maldonado
    5 days ago
    Muy buen artículo, me encantó 💓.