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Esta semana marca el 150 aniversario de la llegada de Bahá’u’lláh a Tierra Santa, el último destierro de una serie de exilios decretados por dos monarcas.

Desde entonces, el área de Akka / Haifa se ha convertido en el centro espiritual y administrativo del mundo Bahá’ís, hogar de los sitios más sagrados de la comunidad Bahá’ís global.

“Este exilio fue un acto de opresión, injusticia y persecución, pero Bahá’u’lláh convirtió este acto de opresión en un viaje de toda la humanidad hacia la espiritualidad y la libertad”, explica Nader Saiedi, profesor de Estudios iraníes en la Universidad de California, Los Ángeles. “Este acontecimiento se convirtió en el principal punto de inflexión en la misión de Bahá’u’lláh y, en cierto sentido, un punto de inflexión en la historia cultural de la humanidad”.

Bahá’u’lláh fue desterrado de su tierra natal, Persia, en 1853, iniciando una serie de exilios. Los gobiernos persa y otomano pensaron que al enviar a Bahá’u’lláh a una prisión lejana, extinguirían la luz de su religión:

“Mirad cómo en esta Dispensación los inútiles y tontos han imaginado vanamente que con tales instrumentos como la masacre, el saqueo y el destierro pueden extinguir la Lámpara que la Mano del poder divino ha encendido, o eclipsar el Sol de eterno esplendor. ¡Hasta qué punto parecen haber ignorado la verdad que tal adversidad es el aceite que alimenta la llama de esta Lámpara! ¡Tal es la fuerza transformadora de Dios! Él cambia lo que Él desea; Él ciertamente tiene poder sobre todas las cosas…”. – Bahá’u’lláh, Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, p. 38.

El 12 de agosto de 1868, tropas otomanas rodearon la casa de Bahá’u’lláh en Edirne, conocida en ese momento como Adrianópolis, y las autoridades le anunciaron que había sido desterrado nuevamente. A dónde, no dirían. Casi dos semanas después, después de que Bahá’u’lláh y sus compañeros comenzaron su viaje, descubrieron su destino: Akka, una antigua ciudad prisión en la Palestina otomana, también conocida como Acre.

“Acre se convirtió para los otomanos, ante todo, en una prisión donde enviar a delincuentes y, además, un lugar de exilio de todo tipo de personas que ellos consideraban que debían vigilar. Los bahá’ís eran considerados entre estos últimos”, explica el profesor David Kushner, un historiador que se especializa en el Imperio Otomano.

Akka era una ciudad histórica que había pasado por las manos de varias civilizaciones y que durante algún tiempo había sido un centro destacado en la Palestina otomana. En 1868, sin embargo, los otomanos lo usaron como una colonia penitenciaria, una ciudad desolada donde Bahá’u’lláh fue enviado para ser olvidado:

“Por tal motivo se inclinaron por la prisión de ‘Akká, entonces especialmente reservada a los asesinos, ladrones y salteadores de caminos. A decir verdad incluían a Bahá’u’lláh dentro de esa clase de gente. Pero el poder de Dios se hizo manifiesto: su palabra fue promulgada y la grandeza de Bahá’u’lláh se tornó más evidente, porque fue desde esa prisión y bajo tales humillantes circunstancias como Bahá’u’lláh consiguió que Persia mudase su condición. Al desbordar a sus enemigos demostró que éstos no podían presentar resistencia a la Causa. Sus santas enseñanzas penetraron en todas las regiones; la Causa fue establecida”. -Abdu’l-Bahá, Contestaciones a unas Preguntas, pp. 52-53.

Miles de bahá’ís visitan la zona de Akka / Haifa cada año para peregrinar, lo cual representa un acto de devoción a la vida y las enseñanzas de Bahá’u’lláh.

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