El Fundador de cada gran religión es una Manifestación de Dios, un ser humano en el que se manifiesta tan plenamente la realidad divina como el sol que se refleja en el espejo. El Espíritu de Dios que se manifiesta en ellos es el mismo, pero su realidad humana es distinta. La palabra “Manifestación” se usaba ya en la Biblia (Epifanía), pero Bahá’u’lláh la aplica, con un nuevo sentido, a la especial condición de los Mensajeros Divinos.

“Estas Manifestaciones de Dios tienen, cada una de ellas, doble posición. Una es la posición de abstracción pura y unidad esencial. En este sentido, si las llamas a todas por un solo nombre y Les asignas los mismos atributos, no te apartas de la verdad. […]

“Si alguna de las Manifestaciones universales de Dios declarase: «Yo soy Dios», diría ciertamente la verdad y no cabría duda alguna de ello. Pues repetidamente se ha demostrado que, mediante su Revelación, sus atributos y nombres, se manifiestan en el mundo la Revelación de Dios, Sus nombres y Sus atributos”.

 “La otra posición es la de distinción, y perte­nece al mundo de la creación y a las limitaciones de esta. Al respecto, cada Manifestación de Dios tiene una individualidad distinta, una misión definidamente señalada, una revelación predestinada y limitaciones especialmente designadas. Cada una de Ellas es conocida por un nombre diferente, se caracteriza por un atributo especial, cumple una misión definida y a cada una le es confiada una revelación concreta”Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, XXII, 2, 8, 4.

Desde la perspectiva bahá’í, puede entenderse así la solemne contestación que Jesús dio a uno de sus apóstoles en la última cena: “Quien me ha visto a Mí ha visto al Padre”, Juan 4, 9. Cristo no afirmó que Él era Dios, sino que hablaba con Dios y Le pedía en oración humilde y sumisa. Había cosas que solo Dios Padre sabía, pero Cristo tenía una relación muy íntima y personal con Él: “Que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti”, Juan 17,21. El apóstol Juan había vivido con Cristo y, sin embargo, se afirma en la primera carta atribuida a su nombre: “A Dios nunca lo vio nadie; si nosotros nos amamos mutuamente, Dios permanece en nosotros y su amor es en nosotros perfecto”, I Juan 4,12.

Bahá’u’lláh, en una oración suya personal, escrita de su puño y letra, se refiere con toda claridad a las dos posiciones que tiene como Manifestación de Dios:

“Cuando contemplo, oh mi Dios, la relación que me une a Ti, Me siento impelido a proclamar a todas las cosas creadas: ‘¡En verdad, Yo soy Dios!’; y cuando considero Mi propio ser, ¡he aquí que lo encuentro más tosco que la arcilla!” Citado por Shoghi Effendi en La Dispensación de Bahá’u’lláh, pág. 32.

Para evitar cualquier confusión afirma en otro lugar:

“Algunos de entre vosotros han dicho: ‘Él es Quien ha pretendido ser Dios’. ¡Por Dios! Esta es una grave calumnia. Yo no soy sino un siervo de Dios que ha creído en Él y en Sus signos. […] Mi lengua y Mi corazón, y Mi ser interior y exterior atestiguan que no hay Dios sino Él, que todos los demás han sido creados por Su mandato y modelados por la acción de Su voluntad.” Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, CXIII, 18.

La realidad histórica es que no ha habido una Manifestación única de Dios ni su Palabra se ha revelado solo en un pueblo. Dios ha enviado su Mensaje de tiempo en tiempo, adaptándose a las gentes que lo iban a recibir y escogiendo un Mensajero de etnia, carácter y cultura diferentes.

“… el grado de revelación de los Profetas de Dios en este mundo debe, sin embargo, diferir. Cada uno de ellos ha sido el Portador de un Mensaje bien diferenciado y ha sido comisionado para revelarse a Sí mismo mediante hechos determinados. Es por esta razón que parecen variar en su grandeza. […] Por lo tanto, es claro y evidente que cual­quier variación aparente en la intensidad de su luz no es inherente a la luz misma, sino que debe ser atribuida más bien a la receptividad variante de un mundo que siempre cambia”.

En el mismo texto Bahá’u’lláh precisa los objetivos principales de estos Seres Elegidos por Dios para ayudarnos a conocerle y vivir según su plan:

“Dios tiene dos propósitos al enviar a Sus Profetas a la humanidad. El primero es liberar a los hijos de los hombres de la oscuridad de la ignorancia y guiarlos a la luz del verdadero entendimiento. El segundo es asegurar la paz y tranquilidad del género humano y proveer todos los medios por los cuales éstas puedan ser establecidas”- Ibídem, XXXIV, 5.

Precisando más ese “verdadero entendimiento”, dice:

“El propósito de Dios al crear al hombre ha sido y siempre será el de permitirle reconocer a su Creador y alcanzar Su Presencia. Todos los Libros celestiales y las importantes Escrituras divinamente reveladas dan testimonio inequívoco de este muy excelente objetivo, de esta meta suprema.” Ibidem, XXIX, 1.

Aunque son varios los caminos para conocer a Dios y relacionarnos con Él, queda claro que el mejor es a través de Sus Manifestaciones o Mensajeros Divinos. Fuera de Ellos nos arriesgamos a crear un Dios según nuestra imaginación y adorar nuestra propia fantasía.

“Cada uno de Ellos es el Camino de Dios que conecta este mundo con los reinos de lo alto y el Estandarte de Su verdad para todos los que están en los rei­nos de la tierra y del cielo. Ellos son las Mani­festaciones de Dios entre las gentes, las prue­bas de Su Verdad y los signos de Su Gloria”- Ibidem, XXI.

Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

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