Las opiniones y puntos de vista expresados en este artículo pertenecen al autor únicamente, y no necesariamente reflejan la opinión de BahaiTeachings.org o de alguna institución de la Fe Bahá'í.

Algunas personas le temen a la posibilidad de un gobierno global. Todo lo que tiene que hacer para confirmar esta suposición es buscar en internet “gobierno mundial” y verá los resultados.

Su temor se basa posiblemente en una potencial pérdida de la agencia individual y la libertad personal. Un gobierno más extenso daría como resultado más leyes y más opresión, dirían algunos.

Pero ¿qué pasaría si un sistema de gobierno global funcionara sin dictados excesivamente centralizados y controladores? ¿Qué pasaría si funcionara como un grupo federado de Estados-nación, cada uno independiente de la misma manera que lo están actualmente los países, pero cediendo sus poderes de guerra a un organismo mundial? Esa es la visión y el objetivo principal de la Fe bahá’í, la unidad mundial:

¡Oh gobernantes de la Tierra! Reconciliaos entre vosotros, para que no necesitéis más de armamentos salvo en la medida en que lo exija la protección de vuestros territorios y dominios. Cuidado, no sea que desestiméis el consejo del Omnisciente, el Fiel.

Manteneos unidos, oh reyes de la Tierra, pues con ello la tempestad de la discordia será acallada entre vosotros y vuestros pueblos encontrarán descanso, si sois de aquellos que comprenden. Si uno de entre vosotros tomare armas contra otro, levantaos todos contra él, pues esto no es sino justicia manifiesta…

Los instrumentos que son esenciales para la protección inmediata, la seguridad y la salvaguardia de la raza humana han sido confiados a los gobernantes de la sociedad humana, y están en su poder”. – La Proclamación de Bahá’u’lláh, pp. 13-14.

Con ese fin, Bahá’u’lláh envió cartas y tablas a los gobernantes y reyes del mundo durante la segunda mitad del siglo XIX, y los amonestó a que cesen en sus prácticas de guerra, esclavitud, impuestos excesivos por armamento y opresión. Él entregó un nuevo y divino edicto de paz a la elite gobernante del mundo, diciéndoles que deben deponer sus armamentos, resolver sus diferencias y establecer la unidad entre las naciones formando un parlamento mundial.

Sin embargo, esos gobernantes persistieron en su desunión, y en rápida sucesión después del fallecimiento de Bahá’u’lláh, como predijeron los escritos bahá’ís, el mundo pronto se enfrentó entre sí en sus dos guerras más devastadoras y ruinosas. La única forma de salir de esos sangrientos baños de sangre globales dijo Abdu’l-Baha, es la unidad internacional:

“Durante seis mil años han estado las naciones odiándose entre sí, es hora de ponerle freno. La guerra debe cesar. Unámonos y amémonos y aguardemos a ver los resultados. Sabemos que los efectos de la guerra son malos. Pues bien, pongamos a prueba la paz, a modo de experimento, y si la paz arroja malos resultados, ¡entonces podremos decidir volver a nuestro inveterado estado de guerra! En todo caso concédase que hagamos el experimento. Si comprobamos que la unidad nos trae Luz, prosigamos. Durante seis mil años hemos estado hollando el camino de la izquierda; probemos ahora el camino de la derecha. Hemos transcurrido muchos siglos en la oscuridad, avancemos ahora hacia la luz”. – ‘Abdu’l-Bahá en Londres, pp. 62-63.

Como una forma de llegar a ese estado de unidad y detener toda guerra, la Fe bahá’í ofrece a la humanidad un plan muy definido y detallado para la paz. Los bahá’ís de todo el mundo promueven y trabajan hacia la visión espiritual que guía ese plan de paz integral. El Guardián de la Fe bahá’í, Shoghi Effendi, describió espléndidamente lo que los bahá’ís esperan y confían que será el desarrollo de este Plan de paz Bahá’í y lo que las Naciones Unidas y sus sucesores llegarán a ser:

“Que no haya malentendidos. El principio de la Unicidad de la Humanidad- eje en torno al cual giran todas las enseñanzas de Bahá’u’lláh- no es un mero brote de sentimentalismo ignorante o una expresión de esperanzas vagas y piadosas. SU llamamiento no ha de identificarse meramente con el renacer del espíritu de hermandad y buena voluntad entre los hombres, ni tampoco aspira tan solo a fomentar la colaboración armoniosa entre los pueblos y naciones. Sus implicaciones son más profundas, sus postulados mayores que cualquiera de los que se Les permitió presentar a los Profetas de antaño. Su mensaje se aplica no solo a la persona, sino que se refiere primordialmente a la naturaleza de las relaciones esenciales que deben vincular a todos los Estados y naciones como miembros de una sola familia humana. No constituye simplemente el enunciado de un ideal, sino que está inseparablemente vinculado a una institución capaz de encarnar su verdad, demostrar su validez y perpetuar su influencia. Implica un cambio orgánico de la estructura de la sociedad actual, un cambio tal como el mundo jamás ha experimentado. Constituye un desafío, audaz y universal a la vez, a las gastadas consignas de los credos nacionales, credos que han vivido su día y que, en el transcurso normal de los sucesos, según lo forma y lo controla la Providencia, deben abrir paso a un nuevo evangelio, fundamentalmente diferente de lo que el mundo ha concebido hasta ahora e infinitamente superior a ello. Requiere nada menos que la reconstrucción y la desmilitarización del conjunto del mundo civilizado, un mundo orgánicamente unificado en todos los aspectos esenciales de su existencia, maquinaria política, aspiraciones espirituales, comercio y finanzas, escritura e idioma y con todo, infinito en la diversidad de las características nacionales de sus unidades federales. – Shoghi Effendi, El Orden Mundial de Bahá’u’lláh, p. 78.

Shoghi Effendi pasó a describir, en detalle, cómo podría ser concebida una federación pacífica de naciones:

“Debe necesariamente desarrollarse una forma de Superestado mundial, a favor del cual todas las naciones del mundo han de ceder voluntariamente toda prerrogativa de hacer la guerra, ciertos derechos de recaudar impuestos y todos los derechos de mantener armamentos, salvo con la finalidad de mantener el orden interno dentro de sus respectivos dominios. Dicho estados ha de incluir en su ámbito un poder ejecutivo internacional con capacidad para imponer autoridad suprema e incontrovertible a todo miembro recalcitrante de la mancomunidad; un parlamento mundial cuyos miembros sean elegidos por los habitantes de los respectivos países y cuya elección sea confirmada por sus respectivos gobiernos, y un tribunal supremos cuyos dictámenes tengan efecto obligatorio aun en los casos en que las partes interesadas no decidan voluntariamente someter el caso a su consideración. Una comunidad mundial en la cual todas las barredas económicas sean derribadas de forma permanente y se reconozca definitivamente la interdependencia del capital y el trabajo; en la cual sea acallado para siempre el clamor del fanatismo y el conflicto religioso; en la cual sea finalmente extinguida la llama de la animosidad racial; en la cual un código único de derecho internacional- producto de un juicioso análisis de los representantes federados del mundo- sea oficialmente aprobado por la intervención instantánea y coercitiva de las fuerzas conjuntas de las unidades  federadas; y, finalmente, una comunidad mundial en la cual el furor de un nacionalismo caprichoso y militante se haya transmutado en una perdurable conciencia de ciudadanía mundial: así es como se presenta, en líneas muy generales, el Orden previsto por Bahá’u’lláh, Orden que llegará a ser considerado el más hermoso fruto de una era en lenta maduración”.- Ibid, pp. 74-75.

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